Habían pasado varios meses desde aquella noche en el jardín.
Y, por primera vez en mucho tiempo, la vida de Valentina había dejado de parecer una carrera contra el pasado.
La investigación contra Thomas y Charles había terminado.
Las empresas habían recuperado la estabilidad.
Victoria había comenzado a recuperar su salud.
Richard había aprendido, poco a poco, a ser padre.
Mariana seguía ocupando el lugar que siempre había tenido en la vida de Valentina.
Y Alexander…
Alexander seguía sobreviviendo a Sebastián y Gabriel.
Aunque, según él, cada día era más difícil.
—No entiendo por qué necesitamos cuatro personas para organizar una boda —dijo Alexander.
Gabriel levantó la mirada.
—Porque no es una boda cualquiera.
—¿Qué tiene de diferente?
Sebastián respondió con absoluta seriedad:
—Es la boda de nuestra hermana.
Alexander suspiró.
—Eso no explica nada.
—Lo explica todo.
Valentina, sentada en el sofá, intentaba no reír.
—Déjalo, Alexander.
—Tu familia me está extorsionando.
Gabriel se llevó una mano al pecho.
—Qué palabra tan fea.
—Me pidieron que pagara la cena de todos.
—Eso no es extorsión.
Sebastián añadió:
—Todavía.
Alexander lo miró.
—¿Todavía?
Los dos hermanos comenzaron a reír.
Valentina negó con la cabeza.
—No sé por qué aceptaste casarte conmigo.
Alexander la miró.
—Por ti.
Después miró a sus futuros cuñados.
—No por ellos.
—¡Oí eso! —gritó Gabriel.
La boda fue pequeña.
No por falta de dinero.
Valentina podría haber organizado una ceremonia digna de la familia más poderosa de Nueva York.
Pero no quería eso.
Quería algo sencillo.
Familia.
Amigos.
Las personas que habían formado parte de su historia.
Mariana fue quien la acompañó hasta el altar.
Victoria estaba esperando al frente.
Richard estaba junto a ella.
Cuando Valentina apareció, los tres se miraron.
Mariana lloró.
Victoria también.
Richard intentó mantenerse serio.
No pudo.
Alexander, por su parte, olvidó por completo que había cientos de personas observándolo.
Solo podía verla a ella.
Valentina avanzó.
Cuando llegó frente a él, Alexander tomó sus manos.
—Estás hermosa.
—Tú también.
—Estoy nervioso.
—Yo también.
—Perfecto.
Ella sonrió.
—¿Por qué?
—Porque significa que esto importa.
La ceremonia fue sencilla.
Sin grandes discursos.
Sin protocolos interminables.
Solo palabras honestas.
Cuando llegó el momento de los votos, Alexander tomó las manos de Valentina.
—Te prometo que nunca voy a intentar decidir quién eres.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Te prometo que nunca volveré a pensar que tengo que ser alguien diferente para merecerte.
Alexander sonrió.
—Te prometo escucharte.
—Y yo prometo discutir contigo cuando estés equivocado.
Él soltó una carcajada.
—Eso ya lo haces.
Todos rieron.
Valentina continuó:
—Te prometo elegirte.
Alexander la miró profundamente.
—Yo también te elegiré.
Y cuando finalmente se besaron, la familia entera comenzó a aplaudir.
Gabriel gritó:
—¡Ya era hora!
Sebastián le dio un golpe en el hombro.
—Cállate.
—Estoy emocionado.
—Estás haciendo el ridículo.
—Es mi talento.
Durante la recepción, Richard se acercó a Valentina.
—¿Puedo bailar con mi hija?
Ella sonrió.
—Claro.
Mientras bailaban, Richard permaneció unos segundos en silencio.
—¿Qué pasa?
—Estaba pensando.
—Eso siempre es peligroso.
Richard sonrió.
—Pensaba en todo lo que me perdí.
Valentina apoyó la cabeza sobre su hombro.
—No puedes cambiarlo.
—Lo sé.
—Pero puedes estar aquí ahora.
Richard cerró los ojos.
—Gracias por darme esa oportunidad.
—Gracias por aprender a ser mi papá.
Richard la abrazó.
—Te quiero, hija.
—Yo también te quiero, papá.
A unos metros, Victoria observaba la escena.
Mariana se acercó.
—¿Estás bien?
Victoria sonrió entre lágrimas.
—Sí.
—¿Segura?
—Por primera vez en veinticuatro años.
Mariana tomó su mano.
—Entonces valió la pena.
Victoria la miró.
—Nunca podré pagarte lo que hiciste.
Mariana negó.
—No tienes que hacerlo.
—Salvaste a mi hija.
Mariana sonrió.
—Y tú me permitiste ser su madre durante veinticuatro años.
Las dos se abrazaron.
Valentina las observó desde lejos.
Y sonrió.
No necesitaba elegir.
Tenía dos madres.
Dos historias.
Una familia enorme.
Y un corazón suficientemente grande para todas.
Más tarde, Alexander encontró a Valentina en el jardín.
—¿Te estás escondiendo?
—Un poco.
—¿De quién?
—De tus futuros suegros.
Alexander se sentó junto a ella.
—Te entiendo.
Valentina apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Eres feliz?
—Muchísimo.
—¿Incluso con mi familia?
Alexander fingió pensarlo.
—Eso es más complicado.
Ella le dio un pequeño golpe.
—¡Alexander!
Él rió.
—Sí. Incluso con tu familia.
Valentina lo miró.
—¿Y sabes qué descubrí?
—¿Qué?
—Que tenía miedo de que cuando descubriera mi verdadera familia dejara de pertenecer a la que me crió.
Alexander tomó su mano.
—Pero no pasó.
—No.
Ella miró hacia la casa.
Allí estaban Mariana, Richard, Victoria, Sebastián, Gabriel, Mia y Daniel.
Todos hablando.
Todos riendo.
Todos juntos.
—Porque una familia no siempre empieza con la sangre.
Alexander besó su frente.
—A veces empieza con alguien que decide quedarse.