La hija que nunca debió existir

Capitulo extra. El pequeño jefe de la familia

La paz había durado exactamente tres meses.

Tres meses desde la boda.

Tres meses desde que Valentina y Alexander habían comenzado oficialmente su vida como marido y mujer.

Tres meses en los que todo había sido relativamente tranquilo.

Hasta aquella mañana.

Valentina estaba sentada en la cocina, mirando fijamente una pequeña prueba sobre la mesa.

No decía nada.

Alexander entró medio dormido.

—Buenos días.

Valentina no respondió.

Él se acercó.

—¿Todo bien?

Silencio.

—¿Valentina?

Ella levantó lentamente la mirada.

—Tenemos un problema.

Alexander se despertó de inmediato.

—¿Qué pasó?

—Creo que…

Ella empujó la pequeña prueba hacia él.

Alexander la tomó.

La miró.

La volvió a mirar.

Después levantó la cabeza.

—¿Esto significa lo que creo?

Valentina sonrió nerviosamente.

—Sí.

Alexander quedó completamente inmóvil.

—¿Vamos a tener un bebé?

—Sí.

Durante cinco segundos no ocurrió nada.

Luego Alexander dejó escapar una carcajada.

—¡Vamos a tener un bebé!

Valentina se levantó y comenzó a reír.

Alexander la abrazó.

—¡Vamos a tener un bebé!

—Sí, ya te escuché.

—¡Un bebé!

—Alexander…

—¡Nuestro bebé!

Valentina comenzó a llorar de felicidad.

Él la abrazó con más fuerza.

—Te amo.

—Yo también.

—Muchísimo.

—Yo también.

—Voy a ser papá.

—Sí.

Alexander se separó.

—Tengo que decírselo a tu familia.

Valentina abrió los ojos.

—No.

—¿No?

—Primero tenemos que prepararnos.

—¿Para qué?

Ella suspiró.

—Para el interrogatorio.

Tenía razón.

Una hora después, estaban sentados en la casa de Mariana.

Valentina había reunido a toda la familia.

Mariana.

Richard.

Victoria.

Sebastián.

Gabriel.

Mia.

Daniel.

Y, por supuesto, Alexander.

Todos los miraban.

Gabriel fue el primero en sospechar.

—¿Por qué están tan serios?

Sebastián miró a Alexander.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Eso dicen todos antes de confesar algo.

Valentina respiró profundamente.

—Tenemos una noticia.

Mariana se puso nerviosa.

—¿Pasó algo?

Valentina tomó la mano de Alexander.

—Vamos a tener un bebé.

Silencio.

Absoluto.

Nadie reaccionó.

Alexander miró alrededor.

—¿Hola?

Entonces Mariana comenzó a llorar.

Victoria se llevó ambas manos a la boca.

Richard se levantó.

—¿Voy a ser abuelo?

Gabriel gritó:

—¡VOY A SER TÍO!

Sebastián le dio un golpe en el hombro.

—¡No grites!

—¡Voy a ser tío!

—¡Ya te escuchamos!

Mia comenzó a saltar.

Daniel la sujetó.

—Cuidado.

—¡Voy a ser tía!

—No es tuyo.

—¡Daniel!

—Solo digo.

Richard abrazó a Alexander.

Alexander quedó sorprendido.

—Bienvenido al club.

—Gracias.

—Ahora entiendo por qué Mariana siempre me miraba como si estuviera evaluando mis antecedentes penales.

Mariana se secó las lágrimas.

—Porque todavía los estoy evaluando.

Todos rieron.

Cinco minutos después comenzó el caos.

—Necesitamos una habitación —dijo Victoria.

—Ya tiene una —respondió Alexander.

—¿Cómo que ya tiene una?

—Tenemos una habitación disponible.

Gabriel levantó la mano.

—Tengo una pregunta.

Valentina lo miró.

—¿Qué?

—¿Ya sabemos si es niño o niña?

—No.

—Entonces no podemos comprar nada.

Sebastián lo miró.

—¿Y eso por qué?

—Porque si es niño, necesita cosas de niño.

Daniel intervino.

—Y si es niña, cosas de niña.

Mia puso los ojos en blanco.

—¿Y si le gustan los dinosaurios?

Todos la miraron.

—¿Qué?

—Solo digo.

Richard sonrió.

—Puede tener dinosaurios.

Victoria asintió.

—Y vestidos.

Gabriel levantó ambas manos.

—¡Y un traje!

Alexander lo miró.

—Tiene meses de nacido.

—Hay que prepararlo.

Valentina se llevó una mano a la frente.

—Todavía no nace y ya tiene un guardarropa completo.

Los siguientes meses fueron una locura.

Alexander descubrió que toda su fortuna empresarial era inútil cuando intentaba armar una cuna.

—Esta pieza va aquí.

—No —dijo Gabriel.

Alexander lo miró.

—¿Cómo que no?

—Va del otro lado.

—Estoy seguro de que va aquí.

Sebastián revisó las instrucciones.

—Gabriel tiene razón.

Alexander suspiró.

—Esto es humillante.

Valentina apareció en la puerta.

—¿Qué hacen?

—Armando la cuna —respondió Alexander.

Ella observó las piezas.

—¿Y por qué sobra una?

Los tres hombres se quedaron quietos.

Gabriel miró a Alexander.

Alexander miró a Sebastián.

Sebastián miró las instrucciones.

—No debería sobrar.

Valentina sonrió.

—¿Están seguros?

—Completamente —respondieron los tres.

La cuna terminó armada dos horas después.

Y sobró una pieza.

Cuando nació el bebé, la familia prácticamente tomó el hospital.

—No pueden entrar todos —advirtió la enfermera.

Gabriel señaló a Sebastián.

—Él sí puede.

Sebastián señaló a Gabriel.

—Él no.

—¡¿Por qué?!

—Porque habla demasiado.

Mia levantó la mano.

—Yo tampoco debería entrar.

Daniel la miró.

—Por fin reconoces algo.

—Tú tampoco.

—Yo soy tranquilo.

Todos lo miraron.

Daniel suspiró.

—Bueno.

—No.

—De acuerdo.

Cuando finalmente pudieron entrar, Valentina estaba agotada pero feliz.

Alexander estaba sentado a su lado.

En sus brazos estaba el bebé.

Pequeño.

Dormido.

Perfectamente tranquilo.




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