La huella del Umbral

CAPÍTULO 12: SOBRE LOS TECHOS DEL PUERTO

Irian no podía volver invisible a Elena ni garantizar que el viento se mantuviera estable entre los edificios. Podía sostener su peso, protegerla de la mayor parte de la presión y recuperar altura si perdía una corriente. Para despegar necesitaba espacio suficiente para abrir las alas; para aterrizar, una superficie cuya resistencia Elena tendría que evaluar desde arriba. Si algo lo obligaba a soltarla, la alcanzaría. No dijo que ella no caería. Dijo que la caída existiría durante el tiempo que tardara en hacerlo.

Elena escuchó sin interrumpir. Hacía una hora le había exigido que no suavizara el peligro para decidir por ella. Ahora descubría que la información completa podía ser mucho menos tranquilizadora que una promesa imposible.

—¿Podés volar con una sola mano libre? —preguntó.

—Sí. Te sostendré con las dos mientras no necesite usar una para desviar algo o recuperar equilibrio.

—¿Y cómo te aviso que bajes si no me escuchás?

Irian le mostró dónde apoyar la mano, junto a la base del cuello. Dos golpes significarían perder altura; tres, aterrizar en la primera superficie segura. Si podía oírla, usarían una palabra.

—Suelo —eligió Elena.

No cielo. No basta. Suelo nombraba exactamente lo que pediría y no se confundiría con una reacción de miedo.

Marta aprobó el traslado sólo porque la secuencia se movía hacia un depósito bajo responsabilidad del proyecto y porque Elena podía identificar desde arriba qué cubiertas correspondían a los galpones antiguos. Le hizo ponerse un arnés de trabajo debajo del abrigo y aseguró una correa corta alrededor del torso de Irian. El sistema no soportaría por sí solo una caída larga, pero impediría que una maniobra brusca separara sus cuerpos antes de que él pudiera reaccionar.

—No sabía que existían protocolos humanos para volar con ángeles —observó Irian mientras Marta comprobaba el cierre.

—Existen protocolos para no confiarle toda la seguridad a una sola cosa —respondió ella—. Hoy esa cosa sos vos.

Darien permaneció en el teatro. Alejarse habría debilitado la custodia sobre la impronta y el núcleo justo cuando ambos señalaban una ruta exterior. Nael podía seguir una secuencia ya observada; Oren esperaría hasta que existiera algo separado que su función pudiera ejecutar. Ninguno prometió acompañarlos. A Elena empezaba a resultarle familiar aquella forma celestial de coordinación: cada uno aparecía sólo donde su presencia tenía alcance, no donde la escena sería más tranquilizadora.

Sofía guardó en una funda acolchada el plano del depósito, el inventario y una pequeña muestra del polvo que había permanecido después de la escalera. Darien autorizó retirar el vial bajo cadena humana y celestial. Si el material del galpón coincidía, podrían confirmarlo sin trasladar una pieza mayor.

—No abras la muestra —advirtió Darien.

Elena ajustó la funda contra el arnés. —No pensaba hacerlo sobre un techo.

—Tampoco dentro del depósito hasta que yo pueda revisar el resultado.

—Eso va a depender de qué encontremos y de si representa un peligro inmediato.

Darien la miró durante un segundo. —Entiendo por qué Irian discute con vos.

—No. Entendés por qué pierde.

Irian bajó la vista y ajustó la correa con una concentración demasiado estricta. Elena sospechó que el broche acababa de ofrecerle una excusa excelente para no responder.

Subieron a la cubierta del escenario por la escalera técnica. La noche había caído durante la discusión y el puerto se extendía al sur como una masa oscura atravesada por grúas, luces blancas y el reflejo irregular del agua. Desde allí, los techos del centro descendían hacia los depósitos en una sucesión de terrazas, tanques y antenas. Elena conocía la ciudad desde el suelo, por fachadas, ejes y parcelas. Vista desde arriba, revelaba las partes que nadie diseñaba para ser miradas: patios estrechos, medianeras reparadas con materiales distintos, equipos de aire ocultos y pequeñas habitaciones añadidas donde un plano prometía vacío.

Irian desplegó las alas. No aparecieron de golpe. Una claridad marfil se separó de su espalda y adquirió materia a medida que encontraba espacio; después surgieron las plumas doradas de los bordes, sacudidas por el viento. Elena las había tocado sólo con los ojos hasta entonces. De cerca, cada capa se movía con una autonomía mínima y, al mismo tiempo, obedecía a una fuerza común. La pluma rota durante el desprendimiento del techo ya no sangraba luz, pero quedaba un hueco estrecho entre las demás.

—¿Afecta el vuelo? —preguntó.

Irian extendió un poco más el ala para comprobar la respuesta de las plumas. —No de forma importante.

—Esa respuesta no dice si duele.

Irian la miró con una vulnerabilidad que el tamaño de las alas volvía más visible, no menos. —Sí. Cuando la presión cambia.

—Entonces avisame si empeora.

—Lo haré.

Elena sabía que era una promesa nueva. Irian estaba acostumbrado a informar si una herida modificaba su función; todavía aprendía a decir que algo dolía aunque pudiera continuar.

Él se acercó y esperó. Elena pasó un brazo alrededor de su cuello, sujetó la correa con la otra mano y dejó que Irian la levantara. Una de sus manos quedó debajo de las rodillas; la otra sostuvo su espalda por encima del arnés. La postura habría resultado demasiado íntima si el borde del techo no estuviera a dos metros y la ciudad no se abriera detrás como una caída interminable.

—Todavía podés elegir ir por tierra —dijo Irian.

—Y vos todavía podés dejar de formular cada decisión como si estuvieras cerrando un acta.

Irian ajustó la mano en su espalda, todavía sin avanzar hacia el borde. —No es un acta.

—Entonces volá.

Las alas golpearon el aire. El techo desapareció.

Elena sintió primero la fuerza en el estómago y después el vacío debajo de los pies. Se aferró a Irian mientras la torre del teatro descendía, las calles se estrechaban y los autos perdían el ruido. El primer impulso no se pareció a flotar. Fue una aceleración limpia, demasiado poderosa para que el cuerpo humano pudiera interpretarla sin miedo. El viento encontró el borde del ala que Irian curvó alrededor de ella y se dividió antes de golpearle el rostro.




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