Sigo a Shay y David por la estación de Sants y agradezco, en parte, mi forma actual. Viniendo de un pueblo pequeño, siempre había pensado que sería un infierno para mí moverme por este tipo de lugares enormes y plagados de gente. Por supuesto, el problema se reduce cuando nadie te ve y puedes atravesar los controles de seguridad, las paredes y... bueno, todo.
Después de equivocarnos varias veces de andén y esperar durante diez minutos a un tren que iba en dirección contraria a la que queremos tomar, por fin acertamos y arrastramos (o arrastran) las maletas hasta nuestro objetivo: un tren que viaja por la costa en dirección a Tarragona. Entramos al último vagón, que resulta estar vacío, y nos quedamos en la entrada, de pie. Ellos hablan y se nota su emoción por el viaje, pero yo siento que me juego la vida en él, así que no puedo evitar sentirme disociada.
De repente, una mirada negra se clava en mis ojos desde las escaleras mecánicas por las que se llega al andén.
¿Laura?
Shay y David también se han fijado en ella y se asoman por la puerta, saludándola y haciéndole gestos para que vea dónde estamos. Laura apenas ha empezado a correr en nuestra dirección cuando el tren enciende el motor con un ruido que resuena por todo el vagón.
—¡Nos vamos ya, que nos hemos retrasado! —grita el revisor.
—¡Espera! —La voz de Shay no llega a ser un grito (nunca le he escuchado gritar), pero el revisor tiene que haberlo oído. El hombre lo ignora y las puertas empiezan a pitar para avisar de que van a cerrarse.
Laura desaparece y aparece entre la multitud que ocupa el vagón, esperando a otros trenes. David le hace gestos para que entre a otro vagón, pero ella acelera y sigue corriendo hacia el nuestro, decidida.
Lleva la camisa de lino violeta abierta, ondeando como una bandera, y un bolso bandolera con el estampado de la carta del Sol golpeándole el muslo, además de una maleta que va chocándose contra sus talones. Laura casi llega a estar a la altura de las puertas del vagón, pero es evidente que están a punto de cerrarse. Alarga una mano en dirección a nosotros y Shay no lo duda ni por un segundo: se inclina hacia afuera, atrapa su muñeca con firmeza y tira de ella con fuerza, metiéndola dentro del vagón y evitando a duras penas que las puertas la aplasten al cerrarse.
Laura cae contra su pecho, jadeando, riéndose con una risa limpia y despreocupada, teniendo en cuenta lo cerca que ha estado de quedarse fuera. Shay se ríe también y suelta un suspiro de alivio. Por un segundo que se me hace eterno, se quedan como están, ella sujetándolo por los hombros, él rodeándole la cintura para que no pierda el equilibrio.
Un pinchazo frío me atraviesa el pecho. No debería sentirlo, pero la incomodidad es tan grande que puede conmigo y hace que me encoja sobre mí misma. Desde el día del Tarot, noto una complicidad muy grande entre ellos. Laura es un amor, pero, no sé. No puedo evitar sentirme rara, como si se me escapara algo.
—Llegas tarde, para variar —dice David, aunque la calidez en su tono traiciona su reprimenda. Deben de conocerse de hace tiempo, también de la universidad.
—El taxista ha decidido que tomar un atajo no iba con él —responde Laura, sonriendo mientras acaba de ajustarse la camisa. Cuando termina, se da cuenta de que está muy cerca de Shay y da un repentino paso hacia atrás—. Gracias por agarrarme, Shay —añade, y luego sus ojos negros se desvían ligeramente a la izquierda. Hacia mí. Su sonrisa se vuelve más suave, empática—. Hola, Judith. Parece que nos vemos antes de lo esperado.
Me esfuerzo por sonreírle también, ya que la chica no tiene culpa de lo que yo sienta o deje de sentir, y le devuelvo el saludo con un breve «hola». Antes de que pueda añadir nada más, Shay se me adelanta.
—¿Qué estás haciendo aquí, Laura? —pregunta él, y luego frunce el ceño y clava la mirada en su amigo—. ¿Y tú lo sabías? Podrías haber dicho algo.
—La gracia estaba en que fuera sorpresa —contesta David—. Oye, vamos a sentarnos, que parecemos tontos aquí de pie. —Hace un gesto con la cabeza hacia un grupo de cuatro asientos y toma la delantera. Tarda un momento en lograr encajar su maleta en el compartimento superior y se ofrece para subir también el equipaje de los demás. Es alto y atlético, así que no le cuesta demasiado. Estoy segura de que es popular en la universidad.
Finalmente se sienta en uno de los asientos que da al pasillo. Laura se encoge de hombros y se sienta al lado de David, mirando por la ventana. Shay me pide que pase delante de él y que escoja asiento. Le hago caso, pero no sé qué hacer. No es como si fuera a sentirlo, pero aun así, no me apetece que alguien llegue y se me siente encima.
—Ya tuve suficientes sorpresas para todo el año cuando vi al fantasma de mi pareja de camino a la entrevista con la editorial, David —bromea Shay, y luego ladea la cabeza al ver que me he quedado parada—. Judith, ¿por qué... Oh, claro. Dudo que el tren se llene, y nadie escogerá sentarse junto a un grupo de tres personas. Especialmente con lo ruidosos que son estos dos.
—¡Eh! —se quejan al unísono, a lo que Shay alza las cejas y les hace una mueca sarcástica que hace que todos nos echemos a reír.
Finalmente, me siento en el asiento libre que da al pasillo y dejo a Shay el de la ventana, ya que sé que le gusta perderse en el paisaje cuando está en un transporte. Le ayuda a que le venga la inspiración.
—Ahora que has mencionado lo de escribir —empieza David—. ¿Cómo llevas lo del libro?
Shay hace un gesto con la mano para quitarle importancia.
—Estoy intentando reescribir algunas partes de la novela, pero no quiero hacerlo —contesta, al ver que todos le seguimos mirando—. No he escrito mucho estos últimos días. A veces pienso que tal vez esto no sea para mí. Soy tan inútil que no puedo ni escribir consistentemente.
Laura le da un golpe cariñoso en la mano y me esfuerzo por no poner mala cara, ya que puede verme. Suspiro. No es su culpa, me repito a mí misma, pero ver la soltura con la que toca a Shay me recuerda todo lo que yo no puedo hacer ahora mismo.