El zumbido constante del núcleo de antimateria resonaba en las profundidades del casco, una vibración que Alfonso conocía de memoria. Desde su puesto en la estación de ingeniería, sus dedos volaban sobre los paneles táctiles, calibrando los amortiguadores de plasma para asegurarse de que la estructura pudiera soportar la brutal compresión del espacio-tiempo.
A pocos metros, en el puente de mando, la pantalla principal mostraba el abismo inexplorado del sector exterior: un mar de estrellas distorsionadas por la gravedad de un cúmulo lejano. Gloria permanecía de pie frente al visor central, con los dedos apoyados sobre la barandilla de acero, analizando las lecturas del radar cuántico que acababan de aparecer en su monitor.
—Alfonso —su voz se escuchó clara a través del comunicador interno, mezclándose con el murmullo constante de los sistemas de navegación—. Los sensores acaban de captar una fluctuación extraña en el cuadrante siete. No es radiación estelar común. Parece una firma de energía codificada... exactamente igual a la baliza que perdimos en la nebulosa de Orionis.
Alfonso levantó la vista de sus pantallas y frunció el ceño mientras la tensión en el puente aumentaba de golpe. Alfonso dejó caer la tableta de diagnósticos sobre la consola de ingeniería, sintiendo cómo la adrenalina le recorría las venas. Con un movimiento rápido, se desabrochó el arnés de seguridad y salió disparado hacia la escotilla que comunicaba directamente con el puente de mando.
—¿Una firma codificada de Orionis? —preguntó Alfonso, irrumpiendo en el puente justo al lado de Gloria y mirando fijamente las pantallas holográficas que parpadeaban en rojo—. Eso es imposible. La Federación dio por destruido ese sector hace tres ciclos estelares. Si alguien logró replicar esa frecuencia...
Antes de que Gloria pudiera responder, el panel principal de navegación se oscureció por completo. Las luces de emergencia de la nave cambiaron de un azul sereno a un parpadeo carmesí intermitente. La voz automatizada del ordenador de a bordo retumbó por todo el casco:
«Alerta de proximidad. Campo gravitatorio desconocido detectado. Cuenta atrás para el salto hiperespacial interrumpida por protocolo de seguridad externo.»
Gloria se giró hacia Alfonso, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, mientras la enorme mole de la nave comenzaba a ser atraída hacia una distorsión en el espacio que se abría justo frente a ellos, devorando la luz de las estrellas circundantes.
—Nos están abriendo una ruta a la fuerza, Alfonso —advirtió Gloria, aferrándose al borde de la consola principal mientras las fuerzas G comenzaban a sacudir el puente—. Y no parece que sea una bienvenida amistosa. El temblor del casco de la nave se intensificó, haciendo que saltaran chispas de los paneles secundarios mientras el campo gravitatorio desconocido arrastraba la proa hacia el centro de la anomalía.
Sin pensarlo dos veces, Alfonso dio dos zancadas rápidas hacia la consola principal de pilotaje manual. Se lanzó sobre los mandos de emergencia y tecleó una secuencia de desbloqueo de alta prioridad para contrarrestar la succión externa. Sus nudillos se pusieron blancos mientras aplicaba toda su fuerza y concentración al control manual del timón de inercia.
—¡No voy a dejar que nos traguen sin pelear! —gritó Alfonso por encima del estruendo de los motores, que luchaban desesperadamente contra la gravedad.
Con un movimiento brusco, desvió la energía del reactor principal hacia los propulsores de estribor, logrando enderezar el morro de la nave justo cuando atravesaban el horizonte de sucesos.
El rugido del hiperespacio se silenció de golpe, dando paso a un vacío absoluto y a un silencio sepulcral en el puente.
Gloria parpadeó para acostumbrar su visión mientras las pantallas holográficas se reiniciaban lentamente, iluminándose con una tenue luz azul. Delante de ellos ya no estaba el cúmulo estelar anterior, sino la silueta titánica de una estación espacial abandonada que parecía flotar en medio de la nada, emitiendo una señal débil, pero constante.
—Lo logramos, Alfonso... —susurró Gloria, exhalando el aire contenido mientras contemplaba la imponente estructura metálica que se alzaba frente a ellos—. Pero mira las coordenadas. No estamos en el sector exterior. Esta estación... está registrada en los mapas prohibidos del Núcleo Antiguo. Las luces de emergencia de la nave se estabilizaron en un tono azulado, proyectando sombras alargadas sobre los rostros de Alfonso y Gloria. La estación espacial del Núcleo Antiguo flotaba en completo silencio: una mole de metal oxidado y geometrías imposibles que parecía llevar allí milenios, oculta a los ojos de la Federación.
Alfonso ajustó los controles manuales del soporte vital, comprobando que la atmósfera interior de la estación fuera compatible antes de intentar cualquier acercamiento.
—No podemos quedarnos aquí esperando a que vengan a buscarnos, Gloria —dijo Alfonso con voz firme, apartándose un mechón de pelo de la frente mientras tecleaba los códigos de acoplamiento automático en el panel principal—. Si esa baliza de Orionis nos trajo hasta este sector prohibido, tiene que haber respuestas dentro. Algún registro de navegación o un núcleo de datos que nos explique quién provocó este salto forzoso.
Gloria asintió lentamente, cruzando los brazos mientras observaba cómo la compuerta de atraque de la estación respondía a su señal con un parpadeo intermitente en las pantallas secundarias. Un haz de luz láser verde se proyectó desde la estructura abandonada, fijándose milimétricamente en el casco de su nave para asegurar el túnel de transferencia.
—De acuerdo, Alfonso. Prepararé el equipo de exploración táctica y los escáneres de corto alcance —respondió Gloria, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda al ver cómo la esclusa de la estación comenzaba a abrirse con un estruendo metálico y lejano—. Pero no nos separaremos ni un solo segundo. Algo me dice que no estamos solos en este sector. El enganche magnético de la esclusa emitió un pitido seco y definitivo. El sello hermético se abrió con un silbido de aire despresurizado, dejando al descubierto el túnel de acceso que conducía directamente al interior de la estación del Núcleo Antiguo.
Alfonso ajustó las correas de su chaleco táctico, asegurándose de que el bláster de plasma gravitatorio estuviera bien sujeto en su cartuchera y de que la linterna de alta potencia, montada en su hombro, funcionara a la perfección. Se giró hacia Gloria y le dedicó una mirada firme y tranquilizadora, a pesar de la tensión palpable en el aire.
—Quédate justo detrás de mí, Gloria —murmuró Alfonso, cruzando el umbral de la compuerta y pisando el suelo metálico y frío de la estación abandonada—. Los sensores de movimiento exteriores están descontrolados, pero aquí dentro el campo electromagnético es tan denso que nos ciega los escáneres de largo alcance. Vamos a tener que avanzar a oscuras.
Gloria asintió en silencio, con el rifle de pulsos listo entre las manos y los ojos recorriendo cada rincón de los pasillos corroídos por el tiempo. Las paredes estaban cubiertas de cables colgantes y extraños glifos tecnológicos que parecían latir con una débil luz bioluminiscente. A medida que avanzaban por el corredor principal, el sonido de sus botas resonaba como un eco metálico en el vacío.
De repente, al final del pasillo, una de las compuertas de seguridad secundarias se desprendió de sus goznes con estrépito. Cayó al suelo con un estruendo ensordecedor, revelando una sala de control central completamente iluminada por pantallas de cristal líquido que llevaban siglos apagadas. Alfonso levantó la mano para detener a Gloria justo en el umbral de la sala de control. Las pantallas de cristal líquido que acababan de encenderse proyectaban una luz parpadeante y fantasmal sobre sus rostros, dibujando esquemas estelares desconocidos y fórmulas matemáticas que superaban con creces la tecnología conocida de la Federación.
Con el bláster preparado, Alfonso avanzó con cautela hacia la consola central, cuyos indicadores brillaban con un intenso tono azul eléctrico. En el centro de la estancia, suspendida sobre un pedestal magnético, una esfera metálica giraba lentamente sobre su propio eje, emitiendo un zumbido sordo y rítmico que parecía sincronizarse con los latidos de sus corazones.
—Esto no es solo una estación abandonada, Gloria —susurró Alfonso, sin apartar los ojos de la esfera flotante mientras sus dedos rozaban con sumo cuidado los bordes de la consola para evitar activar algún protocolo de defensa—. Es un faro de comunicaciones activo. Alguien, o algo, nos ha estado llamando desde el momento en que saltamos al sector exterior.
Gloria se acercó despacio, apuntando con su rifle de pulsos hacia los oscuros rincones de la sala, donde grandes paneles de fibra óptica colgaban como lianas mecánicas. De repente, una de las pantallas principales dejó de mostrar los mapas estelares y comenzó a llenarse con una secuencia de texto en un idioma antiguo, traducido automáticamente por el decodificador de su traje.
«Bienvenido, navegante. La prueba del Núcleo ha comenzado. El precio de la salida es la verdad.»
Antes de que ninguno de los dos pudiera pronunciar una palabra, las puertas blindadas por las que acababan de entrar se cerraron de golpe con un estruendo metálico, dejándolos completamente encerrados en la sala de control mientras las luces secundarias comenzaban a apagarse una a una. Las puertas blindadas permanecían selladas herméticamente, bloqueando cualquier posibilidad de salida hacia los pasillos oscuros. El zumbido de la esfera flotante, situada en el centro de la sala, se intensificó, llenando el espacio con una vibración metálica que hacía resonar las paredes de cristal.
Sin perder la calma, Alfonso se arrodilló frente al panel de control inferior y abrió la carcasa protectora con su multiherramienta láser. Los cables de energía chisporroteaban con destellos azules mientras buscaba el relé de apertura manual del circuito de emergencia.
—No nos van a encerrar tan fácilmente —dijo Alfonso con voz firme, sudando ligeramente bajo el casco mientras sus dedos conectaban un puente de derivación de alta tensión para engañar al sistema de bloqueo de la puerta.
Gloria se colocó de espaldas a él, vigilando los rincones oscuros de la sala, donde las sombras parecían moverse al ritmo de la luz parpadeante de las pantallas. Con el rifle de pulsos preparado, su respiración era el único sonido que competía con el zumbido de la esfera.
—Date prisa, Alfonso —advirtió Gloria al ver cómo los caracteres del antiguo idioma que aparecían en el monitor principal comenzaban a transformarse en una cuenta atrás numérica—. La esfera está descargando algo en los servidores de la estación. Si llega a cero, no sé qué tipo de protocolo de seguridad se va a activar. El eco de sus pasos resonaba con fuerza en el pasillo metálico mientras la cuenta atrás, en la sala de control, llegaba a su fin con un destello cegador. Una onda expansiva de energía sónica barrió los corredores, empujando a Gloria y a Alfonso durante los últimos metros hacia la esclusa de seguridad de su nave.
Con un movimiento desesperado, Alfonso se arrojó sobre el panel de control exterior de la esclusa e introdujo el código maestro de emergencia para forzar el cierre hermético, justo cuando la compuerta de la nave se abría ante ellos.
—¡Dentro, rápido! —ordenó Alfonso, empujando a Gloria hacia el interior de la cabina de pilotaje antes de saltar tras ella y sellar la escotilla principal.
El panel de la nave parpadeó en verde cuando el sistema de soporte vital de emergencia se activó de golpe. A través del ventanal blindado del puente, ambos contemplaron cómo la estación del Núcleo Antiguo comenzaba a replegarse sobre sí misma, encogiéndose hasta convertirse en un punto de luz antes de desaparecer por completo en una distorsión del espacio. El zumbido de la nave se estabilizó mientras el piloto automático los alejaba, a velocidad de crucero, de la zona de peligro del Núcleo Antiguo. En la penumbra del puente de mando, la única iluminación provenía del suave parpadeo de las pantallas holográficas, que reflejaban los datos recién descargados de la misteriosa estación.
Alfonso se dejó caer pesadamente en el asiento del copiloto y exhaló un largo suspiro de alivio mientras se quitaba el casco y se pasaba una mano por el pelo sudoroso. Giró la cabeza hacia los monitores secundarios, donde una cascada de códigos binarios y esquemas geométricos comenzaba a ordenarse de forma legible.
—Mira esto, Gloria —dijo Alfonso, señalando con la barbilla una de las pantallas principales, donde un mapa estelar tridimensional empezaba a proyectarse en el centro de la cabina—. La descarga de la esfera no era un ataque ni una trampa para destruirnos. Es una ruta de navegación sincronizada. Contiene las coordenadas exactas de la red de tránsito perdida de los Antiguos.
Gloria, de pie junto a su consola, cruzó los brazos mientras observaba cómo los puntos luminosos del mapa trazaban una red que conectaba sectores enteros de la galaxia que la Federación consideraba inexplorados o vacíos. Sus ojos brillaban con una mezcla de fascinación y cautela.
—Si esa red de tránsito funciona de verdad, Alfonso, significa que podemos saltar a cualquier rincón de la galaxia en cuestión de segundos, sin depender de las rutas comerciales tradicionales —respondió Gloria, acercándose para examinar de cerca el punto de destino más cercano que marcaba el sistema—. Pero también significa que cualquiera que tenga este mapa puede llegar a los mundos protegidos sin ser detectado.