El hiperespacio se extendía más allá del parabrisas delantero como un río denso y parpadeante de luz azulada y violeta. Dentro de la cabina, el panel de control principal emitía un zumbido rítmico, pero el verdadero centro de gravedad del puente de mando ya no estaba en las pantallas de navegación, sino en el estrecho espacio que separaba la consola del asiento del piloto.
Gloria se quedó sin respiración por un instante cuando las manos de Alfonso, firmes y expertas, como siempre que se trataba de calibrar sistemas delicados, se movieron con una precisión milimétrica. El calor que desprendía el ambiente de la cabina ya no era una cuestión de los motores de propulsión, sino de la cercanía absoluta entre ambos.
Con el pulso acelerado y una sonrisa con la que intentaba mantener la compostura de comandante de la nave, Gloria se apoyó de espaldas contra el borde metálico de la consola principal. Las luces estroboscópicas del panel de salto proyectaban destellos suaves sobre su rostro, iluminando la mirada cómplice y divertida con la que observaba a su ingeniero favorito.
—Vaya, ingeniero... —murmuró Gloria con voz baja, conteniendo la respiración mientras sentía cada uno de sus movimientos con una intensidad que hacía tambalear cualquier protocolo de la Federación—. Veo que tu especialidad ya no es solo reparar los motores de curvatura, sino provocar cortocircuito tras cortocircuito en el sistema nervioso de tu piloto. Si sigues aplicando ese método de «revisión exhaustiva», vamos a tener que declarar una alerta roja permanente en toda la galaxia.
Alfonso esbozó aquella sonrisa de medio lado que siempre conseguía desarmarla y se inclinó un poco más, acortando la distancia que aún los separaba. Por un instante, el zumbido de la nave quedó relegado a un segundo plano, eclipsado por el sonido de sus propios latidos. Alfonso soltó una risa baja y vibrante, de esas que hacían que a Gloria se le olvidaran por completo los manuales de vuelo de la Federación. Con los ojos fijos en los de ella, oscuros y cargados de una complicidad inquebrantable, Alfonso deslizó las manos con suavidad, deteniéndose justo cuando el aliento de ambos comenzó a mezclarse en el aire cálido de la cabina.
—¿Una alerta roja, piloto? —murmuró Alfonso con un tono juguetón, aunque cargado de una intensidad arrolladora, acercándose lo suficiente como para rozar sus labios—. Yo diría que es exactamente el tipo de emergencia para el que nos entrenaron. A veces hay que saltarse los protocolos oficiales para encontrar el verdadero motor de esta nave.
Gloria sintió cómo el corazón se le desbocaba en el pecho. La cercanía, el calor de su cuerpo y aquella mezcla de humor y deseo que solo ellos sabían compaginar hacían que el hiperespacio exterior pareciera un decorado lejano y sin importancia.
Con una mezcla de desafío y entrega, Gloria alzó una mano y enredó los dedos en el cabello de Alfonso, atrayéndolo suavemente hacia ella.
—Si vamos a saltarnos las normas, ingeniero... más te vale asegurarte de que los escudos de la nave aguanten lo que viene, porque pienso exprimir este viaje hasta el último segundo —susurró Gloria.
Y antes de que Alfonso pudiera responder, Gloria selló sus palabras con un beso profundo y pausado, cargado de deseo. Durante unos instantes, incluso los mandos de navegación automática parecieron quedar olvidados mientras la nave continuaba avanzando silenciosamente a través del hiperespacio. El beso se prolongó, suspendido en el tiempo y el espacio, mientras el parpadeo de las pantallas holográficas del puente de mando parecía convertirse en un latido lejano. La tensión acumulada durante la huida del Núcleo Antiguo y las horas de encierro en la cabina estalló en una urgencia dulce y arrolladora.
Alfonso sostuvo a Gloria con firmeza, sintiendo cómo el pulso de ambos parecía sincronizarse por debajo de cualquier frecuencia de radio de la Federación. Con una sonrisa cómplice y la respiración todavía alterada, Alfonso se apartó lo justo para mirarla a los ojos, con aquella chispa de travesura y devoción que solo él sabía despertar en ella.
—Piloto... —susurró Alfonso con la voz ronca, recorriendo con la yema de los dedos el contorno de su mejilla—. Si sigues besándome así, te juro que voy a desconectar el piloto automático ahora mismo y nos vamos a quedar flotando en esta órbita para siempre, sin importarnos ningún mapa estelar ni ninguna red de los Antiguos.
Gloria soltó una carcajada suave y apoyó la frente contra la de él mientras sentía que el mundo exterior, con todas sus galaxias y peligros, se reducía exclusivamente a aquel pequeño espacio de la cabina.
—¿Y quién dice que eso sea una mala idea, ingeniero? —respondió Gloria con una sonrisa pícara, rodeándole el cuello con los brazos para volver a atraerlo hacia ella—. Pero si nos quedamos a la deriva, vas a tener que encargarte tú de las raciones de emergencia, porque mis reservas de paciencia se acaban de terminar.
Alfonso sonrió al escucharla. Por primera vez desde que habían iniciado la huida, ninguno de los dos parecía tener prisa por volver a mirar las pantallas. Afuera, el hiperespacio continuaba fluyendo como un río de luz, mientras dentro de la cabina ambos compartían un instante de calma que parecía desafiar todas las reglas de la Federación. El zumbido del motor de curvatura retumbaba con fuerza a través de los mamparos de la nave, recordándoles que seguían viajando por un túnel de luz estelar hiperlumínica. Sin embargo, dentro del puente de mando, la única brújula que parecía importar era la cercanía entre ambos.
Alfonso esbozó una sonrisa astuta ante el reto de Gloria, con los ojos brillando bajo la luz de los paneles de navegación. Deslizó una mano desde su cintura hasta la parte baja de su espalda, acercándola un poco más con un movimiento firme y protector, reduciendo todavía más el espacio que los separaba.
—¿Raciones de emergencia? Por favor, piloto, subestimas mis capacidades técnicas —murmuró Alfonso con un tono juguetón y cercano, rozando suavemente sus labios con los de ella antes de continuar—. Podría reprogramar el sintetizador de alimentos para que cualquier cosa supiera a un banquete de lujo... o podríamos olvidarnos por completo de la comida y centrarnos en prioridades mucho más urgentes para la supervivencia de la tripulación.
Gloria dejó escapar un suspiro entrecortado, sintiendo cómo el calor de sus manos la envolvía. La tensión acumulada después de escapar del Núcleo Antiguo parecía disiparse, transformándose ahora en una corriente eléctrica que recorría toda la cabina.
Con una mezcla de desafío y entrega, Gloria sostuvo su mirada, sabiendo perfectamente que ninguna de las reglas de la Federación parecía tener validez en aquel instante.
—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son exactamente esas «prioridades de la tripulación», ingeniero? —preguntó Gloria en un susurro cómplice, arqueando una ceja mientras le acariciaba suavemente la nuca—. Porque si requieren una inspección de sistemas a fondo, espero que estés preparado para trabajar horas extras.
Alfonso soltó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.
—Con una comandante como tú, piloto, me temo que voy a necesitar toda una vida para completar la inspección.
Durante unos segundos, ambos permanecieron allí, sonriendo y mirándose mientras el hiperespacio continuaba desplegándose ante ellos. La nave seguía su rumbo hacia lo desconocido, pero aquella complicidad compartida parecía convertirse en el verdadero combustible de su viaje. Las palabras de Gloria apenas terminaron de disiparse en el aire cuando Alfonso dio un paso al frente, acortando el último ápice de distancia que quedaba entre ellos. El parpadeo de las pantallas holográficas del puente proyectaba destellos azulados sobre sus rostros, marcando el compás de un silencio que decía mucho más que cualquier manual técnico de la Federación.
—Las horas extras son mi especialidad, piloto —respondió Alfonso con voz baja, rozando sus labios con los de ella en una caricia lenta y deliberada que hizo que a Gloria le temblaran las rodillas—. Y si se trata de garantizar la estabilidad del núcleo... te aseguro que no pienso escatimar esfuerzos ni revisiones de campo.
Sin dejar de mirarla a los ojos, con aquella mezcla de complicidad y devoción que solo ellos entendían, Alfonso deslizó los brazos y la levantó con facilidad, sentándola de espaldas sobre el borde de la consola principal de navegación. El panel emitió un par de pitidos electrónicos de advertencia al detectar el peso, pero ninguno de los dos les prestó la menor atención.
Gloria rodeó la cintura de Alfonso con las piernas, acercándose aún más a él mientras el calor de su cuerpo parecía borrar por completo la fría atmósfera del espacio exterior. Hundiendo los dedos en su cabello y con la respiración agitada, Gloria le dedicó una sonrisa traviesa antes de susurrarle al oído:
—Más te vale que el sistema de amortiguación esté bien calibrado, ingeniero... porque, a este ritmo, la nave va a salir disparada de la órbita sin que alcancemos a tocar el timón.
Alfonso dejó escapar una risa baja y miró de reojo los indicadores de navegación.
—Entonces será mejor que ninguno de los dos pierda el control, piloto.
Durante un instante, ambos quedaron inmóviles, compartiendo aquella mirada cómplice mientras las estrellas continuaban deslizándose a toda velocidad al otro lado de las pantallas.