El silencio en el puente de mando de la Nébula Roja era tan denso que casi podía cortarse con un haz láser. Las luces blancas del panel principal habían sustituido al resplandor rojo de emergencia, pero la atmósfera seguía cargada de electricidad estática.
Alfonso mantenía las manos firmes sobre los mandos de navegación, aunque todos los músculos de su cuerpo permanecían en tensión. A su lado, la capitana Gloria examinaba los registros de Aether con una concentración férrea, los brazos cruzados y la mirada clavada en los gráficos de energía, que fluctuaban sin control.
—El aislamiento del núcleo no ha servido de nada, capitana —anunció la inteligencia artificial de la nave con su habitual tono sintético, aunque con un leve matiz de vacilación que rara vez dejaba traslucir—. La anomalía externa ha conseguido inyectar código en la red neuronal del reactor de plasma.
Gloria frunció el ceño, sintiendo cómo la incertidumbre amenazaba con resquebrajar la fría coraza tras la que solía ocultar sus emociones. No se trataba de un fallo mecánico convencional. Aquello parecía estar vivo o, al menos, poseía la capacidad de pensar y adaptarse a su tecnología a una velocidad imposible.
—Aether, aísla los terminales secundarios y activa el protocolo de contención en el sector tres —ordenó con voz firme, recuperando toda su autoridad—. No voy a permitir que ningún intruso, digital o físico, tome el control de mi nave.
—A la orden, mi capitana —respondió Alfonso, rompiendo el silencio con una voz ronca, pero segura.
Sin apartar la mirada de las pantallas secundarias, añadió:
—Los flujos de energía están respondiendo al aislamiento, pero el núcleo sigue emitiendo esa vibración armónica. No está intentando destruirnos… Nos está llamando.
Gloria se volvió lentamente hacia él. Por un instante, la distancia entre ambos pareció desvanecerse y el recuerdo del beso que acababan de compartir bajo las luces de emergencia regresó con una intensidad inesperada. Sin embargo, la urgencia de la misión los obligó a dejar aquellos sentimientos en un segundo plano.
—Una llamada procedente del sector prohibido rara vez trae buenas noticias, subalterno —murmuró ella, acercándose un paso hasta situarse a su lado—. Pero, si quieren jugar con nosotros, tendrán que aprender nuestras reglas.
De repente, la pantalla principal parpadeó violentamente. La estructura geométrica que había aparecido antes comenzó a reconfigurarse, hasta formar un mapa tridimensional de coordenadas estelares que parecía flotar en el aire. Entre las líneas de código corrupto, un mensaje empezó a escribirse por sí solo, letra a letra:
«EL TIEMPO DE LOS HUMANOS EN EL VACÍO HA TERMINADO. ENTREGUEN EL NÚCLEO».
Gloria apoyó las palmas de las manos sobre la consola. Sus nudillos palidecieron por la presión , mientras una sonrisa desafiante se dibujaba en sus labios.
—Eso está por verse —susurró la capitana, preparándose para el verdadero combate—. Alfonso, prepara los propulsores para un salto de emergencia. Vamos a darles una pequeña sorpresa.
El chasquido de los relés de alta tensión resonó en el puente de mando como el disparo de un arma electromagnética. La pantalla holográfica vibró violentamente, proyectando sombras alargadas sobre los rostros tensos de Gloria y Alfonso. El mensaje amenazante permanecía suspendido en el aire, brillante y desafiante, como si desafiara abiertamente la autoridad de la capitana.
—¿Maniobra de salto, capitana? —preguntó Alfonso, mientras sus dedos se deslizaban a toda velocidad sobre el panel táctil para ejecutar la orden—. Si activamos el motor de curvatura mientras la red neuronal del núcleo siga infectada, las fluctuaciones podrían desintegrarnos antes de que consigamos abandonar el sector.
Gloria ni siquiera pestañeó. Se inclinó sobre la consola, acortando la distancia entre ambos hasta que Alfonso volvió a sentir el calor reconfortante de su presencia en medio del caos. La determinación que brillaba en los ojos de la capitana era tan sólida como el blindaje de la propia Nébula Roja.
—No hay margen para la duda, subalterno —respondió ella con aquella voz profunda y seductora que le erizaba la piel a Alfonso—. Si esa entidad quiere el núcleo, tendrá que venir a buscarlo en mis propios términos. Bloquea manualmente los inyectores de plasma y fuerza la sobrecarga del motor.
Alfonso levantó la mirada hacia ella. Sabía lo peligroso que era lo que le pedía, pero la confianza que depositaba en su capitana superaba incluso su instinto de supervivencia.
—A tus órdenes, mi capitana —murmuró, sosteniéndole la mirada un segundo más. Aquel breve instante estuvo cargado de todo lo que ninguno de los dos podía expresar en voz alta—. Sobrecarga manual en marcha.
—Advertencia: temperatura del núcleo al ciento cuarenta por ciento —intervino Aether. Su voz sonaba ahora casi distorsionada por las interferencias—. La entidad desconocida ha atravesado el tercer cortafuegos. El control del soporte vital está en riesgo.
En ese preciso instante, las pantallas retroiluminadas se apagaron por completo, sumiendo el puente en una penumbra inquietante, iluminada únicamente por el resplandor de las estrellas al otro lado del ventanal principal. La nave entera sufrió una sacudida brutal, como si una garra invisible, formada por pura gravedad, la hubiera atrapado desde el exterior.
Gloria perdió el equilibrio durante un segundo, pero Alfonso reaccionó a tiempo y la sujetó por la cintura, atrayéndola contra su pecho para protegerla del impacto. Sus miradas se encontraron en la oscuridad. Ambos respiraban con dificultad y sus corazones parecían latir al unísono, acelerados por el miedo y la cercanía.
—No voy a dejarte sola en esto, Gloria —susurró Alfonso junto a sus labios, olvidándose por completo de las jerarquías militares ante la inminencia del peligro.
Gloria deslizó una mano por la mejilla de él, sintiendo el calor de su piel. Después, se irguió de nuevo y recuperó su postura de mando, con una sonrisa desafiante que reflejaba todo su coraje.
—Lo sé, mi amor… Pero ahora haz que esta nave vuele. ¡PULSA EL ACTIVADOR!
Alfonso golpeó el mando manual de emergencia.
Un rugido ensordecedor recorrió la estructura metálica de la Nébula Roja. El núcleo de plasma liberó un destello cegador que inundó el puente de mando, sacudiendo los sistemas de contención y rompiendo las ataduras de aquella entidad desconocida. Un instante después, la nave salió disparada hacia las profundidades del hiperespacio, dejando atrás el sector prohibido y su amenaza invisible.