Seattle, 2022
POV Harper Reed
Cumplir años nunca había sido algo que esperara con ilusión, este año cumplía veintidós.
Durante mi infancia, los cumpleaños eran recordatorios silenciosos del tiempo que llevaba sin mis padres y de la cantidad de años que había pasado sin que una familia me eligiera. En el orfanato, la directora siempre se aseguraba de que tuviéramos un pastel pequeño y algún regalo, pero yo aprendí a agradecerlos sin esperar demasiado.
Las expectativas podían convertirse en otra forma de decepción.
Aun así, aquella mañana encontré un paquete sobre la mesa de mi apartamento. No tenía una tarjeta grande ni un envoltorio llamativo. La caja estaba cubierta con papel negro y una cinta plateada, y en la parte superior había una nota escrita con la letra de Alma.
Para que recuerdes que el éxito también puede caminar con tacones.
Sonreí antes de abrirla.
Dentro había un par de zapatos de tacón alto de Jimmy Choo, pertenecientes a la última colección. Eran elegantes, de color negro y con una línea sobria que no los hacía parecer exagerados. No habría sabido elegir algo así para mí, y mucho menos habría imaginado gastar semejante cantidad en un par de zapatos.
Junto a la caja había un frasco de perfume.
Era una fragancia costosa, intensa y seductora, con notas cálidas que permanecieron en el aire cuando retiré la tapa. Me la probé con cuidado y sentí que el aroma se mezclaba con mi piel de una manera inesperadamente agradable.
—Lana y Alma —murmuré.
Ellas habían enviado el paquete desde Boston sin decirme nada. Era exactamente el tipo de sorpresa que podían preparar. No se conformaban con un mensaje ni con una llamada; querían estar presentes aunque la distancia las separara de mí.
La ropa que llevaba era la misma que utilizaba normalmente para ir a la oficina: una falda oscura, una blusa clara y un saco entallado. No necesitaba cambiar todo mi armario para estrenar los zapatos. Bastó con ponérmelos frente al espejo para sentirme distinta.
El sonido de los tacones contra el suelo me obligaba a mantener la espalda recta. Me rocié un poco más de perfume en las muñecas y detrás de las orejas. El aroma era femenino, elegante y ligeramente atrevido. Me gustó, aunque una parte de mí se preguntó si sería demasiado para la oficina.
Después recordé que tenía veintidós años, que era una abogada junior de la firma Blackwood y que no debía sentirme culpable por llevar un perfume que me agradaba.
Tomé mi bolso y salí.
La mañana estaba fría. Las calles de Seattle brillaban después de una lluvia nocturna y el cielo tenía un tono gris claro que anunciaba otra jornada húmeda. Caminé con más cuidado de lo habitual hasta la entrada del edificio, todavía adaptándome a la altura de los tacones.
Cuando crucé el vestíbulo, las puertas de cristal reflejaron mi imagen.
Me detuve durante un segundo.
No parecía una mujer diferente, pero sí una versión de mí que había aprendido a mostrarse sin sentirse expuesta. El traje era sobrio, los zapatos elegantes y el perfume apenas perceptible. Nada en mi apariencia era vulgar ni llamativo.
Solo era distinto.
—Feliz cumpleaños, Harper.
Me volví al escuchar la voz de Daniel Carter.
Estaba junto a los ascensores, con una sonrisa amplia y un pequeño paquete en las manos. Daniel había sido uno de los primeros asociados con los que trabaje.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté.
—Margaret tiene un calendario con los cumpleaños de todos. Si no me equivoco, también contiene las fechas en que cada abogado necesita vacaciones, pero esa parte todavía no he conseguido verla.
—No deberías intentar robarle información.
—No la robé. Ella me la entregó porque considera que soy incapaz de recordar una fecha importante sin ayuda.
—¿Y se equivoca?
—En absoluto.
Daniel se acercó y me dio un beso en la mejilla, seguido de un abrazo espontáneo. No era un gesto extraño entre nosotros. Con el tiempo, nuestra relación se había vuelto cercana y natural, algo que yo no había tenido con muchas personas fuera de Lana y Alma.
—Gracias —dije mientras me apartaba—. No tenías que traerme nada.
—Lo sé. Por eso lo hice.
Me entregó el paquete.
Lo abrí con cuidado y me encontré con una edición especial de una novela que alguna vez había mencionado en una conversación. No recordaba siquiera cuándo le había dicho que me gustaba. Debía haber sido meses atrás, durante una pausa para el café.
Pasé los dedos por la cubierta.
—No puedo creer que lo recordaras.
—Tengo una memoria excelente cuando me conviene.
—Eso es injusto. Yo creía que solo era yo quien recordaba cada detalle.
—Tú recuerdas los detalles de los casos. Yo recuerdo los detalles que pueden hacerme quedar bien.