Capítulo 19
Seattle, 2022
POV Harper Reed
Pasaron varias semanas después de la reunión con el cliente y Alexander se volvió cada vez más frío.
No era una frialdad nueva. Alexander siempre había sido reservado, exigente y poco dado a compartir lo que pensaba. Yo había aprendido a interpretar sus silencios, a reconocer la diferencia entre una crítica y una aprobación, y a no esperar de él más de lo que estaba dispuesto a ofrecer.
Pero ahora era distinto.
Durante la reunión había reconocido mi trabajo. Me había permitido presentar parte de la estrategia frente al cliente y, al final, me había dicho que había hecho un buen trabajo. Después de aquello, en lugar de acercarse, parecía haber levantado una pared todavía más alta entre nosotros.
Sus instrucciones volvían a llegar a través de Margaret.
Sus correcciones aparecían en los márgenes de mis informes sin que él me llamara a su oficina.
Cuando coincidíamos en el pasillo, me saludaba con una inclinación breve de cabeza y continuaba caminando.
No era una conducta abiertamente cruel. Alexander no me humillaba ni cuestionaba mi capacidad. De hecho, seguía asignándome casos importantes y confiaba en mi trabajo más que muchos otros abogados de la firma.
Eso lo hacía más difícil de soportar.
No podía acusarlo de tratarme mal.
Solo podía aceptar que había dejado de tratarme de una manera distinta.
La presencia de Emma Thomson tampoco desapareció de mis pensamientos. Ella había regresado a su firma después del viaje a Boston, pero su nombre continuaba apareciendo en algunos correos relacionados con el caso. En ocasiones, Alexander hablaba con ella por teléfono en la sala de reuniones. Otras veces, una videollamada se prolongaba durante horas detrás de las puertas cerradas de su oficina.
Yo no tenía derecho a preguntarme qué relación existía entre ellos.
Tampoco tenía derecho a sentirme herida por el lugar que Emma ocupaba en su vida profesional.
Sin embargo, cada vez que escuchaba su voz al otro lado de una llamada, algo se cerraba dentro de mí.
Intenté concentrarme en el trabajo.
Durante el día era sencillo. Los expedientes exigían mi atención, los clientes necesitaban respuestas y los abogados del equipo no tenían interés en mis confusiones sentimentales. Pero por las noches, cuando regresaba a mi apartamento y dejaba el bolso sobre una silla, el silencio se volvía demasiado grande.
No tenía a Lana ni a Alma cerca.
No tenía una familia que pudiera aparecer sin avisar para obligarme a cenar o preguntarme por qué parecía triste. La directora del orfanato me llamaba con frecuencia, pero yo nunca quería preocuparla con problemas que ni siquiera sabía explicar.
Y Alexander seguía ocupando un lugar en mis pensamientos que no estaba dispuesto a reconocer.
Una noche, después de recibir otro informe con instrucciones breves y distantes, decidí salir.
Solo quería sentarme en un bar, tomar algo y dejar de mirar las paredes de mi apartamento. Elegí un local pequeño cerca del centro, con música suave, luces tenues y suficientes personas para no sentirme completamente sola.
Al principio bebí despacio.
Después pedí otra copa.
Y luego otra.
El alcohol no solucionó nada, pero hizo que mis pensamientos perdieran sus bordes. La imagen de Alexander junto a Emma dejó de parecer un hecho que podía analizar .
Recordé el día de mi cumpleaños, los zapatos que Lana y Alma me habían enviado, el perfume que había usado con una seguridad que no me pertenecía y la forma en que Alexander me había saludado como si apenas me conociera.
Recordé también la invitación de mis amigas.
Ven a Boston con nosotras.
No era la primera vez que me lo proponían. Pero esa noche, bajo el efecto del alcohol y de todo lo que llevaba semanas intentando callar, la idea dejó de parecer una posibilidad lejana.
Se convirtió en una salida.
Pagué la cuenta y pedí un vehículo para regresar a casa. No estaba en condiciones de conducir y, aunque mi juicio no era el mejor, conservaba suficiente sensatez para saberlo.
Una vez en mi apartamento, me quité los zapatos y me senté en el suelo junto al sofá. El silencio volvió a rodearme, pero ya no tuve fuerzas para fingir que no me afectaba.
Tomé el teléfono.
La diferencia horaria hizo que tardaran unos segundos en contestar. Después apareció el rostro somnoliento de Alma en la pantalla, seguido por el de Lana, que se acercó desde el otro lado del apartamento.
—Harper, ¿estás bien? —preguntó Alma.
—Sí.
Lana frunció el ceño.
—No estás bien.
—Estoy un poco mareada.
—¿Has estado bebiendo? —preguntó Alma.
—Tal vez.