Capítulo 21
Boston, 2022
POV Harper Reed
Una semana después de salir de Seattle, todavía no terminaba de acostumbrarme a la idea de que Boston era mi nueva ciudad.
La sede de la firma Blackwood se encontraba en un edificio de piedra oscura, rodeado de calles antiguas y árboles que comenzaban a perder sus hojas. No tenía la fachada moderna de la oficina de Seattle ni sus enormes ventanales de cristal. Era una construcción elegante, histórica y sobria, con una puerta de madera pesada y el escudo de la familia grabado sobre el arco principal.
El edificio parecía guardar la memoria de varias generaciones.
Allí habían trabajado abogados que llevaban el apellido Blackwood mucho antes de que Lana y Alma nacieran. Había placas con sus nombres, fotografías enmarcadas y una biblioteca que, según me contaron, contenía documentos jurídicos de más de un siglo de antigüedad.
Yo había llegado a esa ciudad huyendo de una sensación que no quería nombrar.
Pero no pensaba permitir que Boston se convirtiera únicamente en un refugio.
Quería que fuera una oportunidad.
Durante los primeros días, Lana y Alma hicieron todo lo posible para mantenerme ocupada. Me enseñaron el apartamento que compartiríamos durante los primeros meses, me presentaron al equipo de la sede y me llevaron a conocer los lugares que consideraban importantes: la cafetería cercana a la oficina, el restaurante donde celebraban los triunfos y el pequeño parque al que Alma acudía cuando necesitaba ordenar sus pensamientos.
También decidieron que mi transformación no estaba completa.
—No puedes presentarte en la sede como si únicamente hubieras cambiado de dirección —declaró Lana una mañana.
—He cambiado de dirección, de equipo y de ciudad. Me parece suficiente.
—No es suficiente para nosotras.
Alma apareció detrás de ella con una taza de café y una expresión divertida.
—Tu cabello necesita ayuda.
Me llevé una mano a las puntas.
—¿Qué tiene de malo?
—Le falta brillo, sedosidad y forma —respondió Lana.
—Es cabello, no un caso legal.
—Precisamente por eso no puedes seguir tratándolo como si fuera un expediente que solo necesita sobrevivir.
Intenté discutir, pero ambas me llevaron a una peluquería del centro. El lugar era luminoso, cálido y lleno de espejos. Me senté en una silla mientras una estilista examinaba mi cabello y Lana explicaba lo que quería.
—Nada exagerado —aclaró Alma—. No queremos que deje de parecer ella.
—Solo queremos que se vea como la mujer que es —añadió Lana.
La estilista cortó las puntas, aplicó un tratamiento y formó ondas suaves que enmarcaron mi rostro. Durante años había llevado el cabello recogido en moños desordenados o sujeto con una liga mientras estudiaba. Nunca había tenido tiempo de preocuparme por su apariencia.
Cuando retiró la capa, me quedé mirando mi reflejo.
El cabello caía sobre mis hombros con una suavidad que no reconocí. Las ondas hacían que mis facciones parecieran más definidas y dejaban al descubierto partes de mi rostro que antes ocultaba detrás de los lentes, los moños y el cansancio.
—No sabía que tenías el cabello así —murmuró Alma.
—Yo tampoco.
Lana sonrió satisfecha.
—Eso es porque no lo has tratado como debes.
—No sé qué significa eso.
—No importa. Ahora se ve hermoso.
Después fuimos a comprar ropa.
No era la primera vez que Lana y Alma lo hacían, pero esta vez conocían mejor mis gustos y mis responsabilidades profesionales. No eligieron prendas llamativas ni vulgares. Seleccionaron trajes de buen corte, blusas de colores sobrios, faldas elegantes y vestidos apropiados para reuniones con clientes y comparecencias en tribunales.
Algunas prendas eran más ajustadas que las que acostumbraba usar.
No demasiado. Solo lo suficiente para seguir la línea de mi cuerpo en lugar de ocultarlo por completo.
Al principio me sentí incómoda.
No estaba acostumbrada a mostrar mis curvas ni a que la ropa llamara la atención sobre mi figura. Durante años había elegido prendas amplias porque me permitían moverme sin pensar y evitar cualquier comentario sobre mi cuerpo.
Lana tomó un vestido azul oscuro y lo colocó frente a mí.
—Pruébatelo.
—Es demasiado ajustado.
—Es de tu talla.
—Eso no significa que tenga que usarlo.
—No tienes que usarlo. Pero deberías verte antes de decidir.
Alma me entregó unos zapatos de tacón alto.
—Con estos.
—¿Otra vez tacones?
—Son diferentes a los que te regalamos para tu cumpleaños —explicó—. Estos son más cómodos y adecuados para la corte.