La ley del Corazón

Capítulo 23

Capítulo 23

POV Harper Reed

Era el día de la audiencia.

Me desperté antes de que sonara la alarma. La ciudad todavía estaba cubierta por una luz gris y el frío se filtraba por las ventanas del apartamento. Me vestí con el traje azul oscuro que había comprado el día anterior, una blusa blanca y los zapatos de tacón que Alma había elegido para mí.

Antes de salir, me observé en el espejo.

Mi cabello estaba suelto, con ondas suaves sobre los hombros. El perfume era discreto y los zapatos me obligaban a caminar con seguridad.

Había algo distinto en mí.

No era únicamente la imagen.

El tribunal estaba instalado en un edificio antiguo, con escaleras de piedra y pasillos llenos de personas que llevaban carpetas bajo el brazo. Abogados, clientes y funcionarios se movían con rapidez. Cada voz parecía tener un propósito y cada puerta conducía a un problema diferente.

Me encantó.

La sensación fue inmediata.

Durante años había creído que quería dedicarme a los grandes negocios porque la firma Blackwood era reconocida por sus clientes corporativos. Me había preparado para revisar contratos, cerrar acuerdos y proteger los intereses de empresas que podían pagar nuestros honorarios.

Pero aquel lugar era diferente.

Allí no había una mesa elegante ni un cliente intentando disimular sus temores detrás de un traje costoso. Había personas que esperaban una respuesta que podía cambiarles la vida.

Comprendí que para eso había nacido.

No para esconderme detrás de una oficina.

No para cerrar negocios antes de que un caso llegara a juicio.

Para estar allí, frente a un juez, sosteniendo una posición con la claridad suficiente para que alguien pudiera ser escuchado.

La audiencia comenzó con la presentación de la parte contraria. El abogado de la empresa era un hombre mayor, seguro de sí mismo y acostumbrado a hablar como si ya conociera el resultado del proceso. Expuso su argumento con habilidad y describió a nuestra clienta como una empleada inconforme que había convertido una decisión empresarial en una acusación de represalias.

Yo tomé notas.

Alma observaba en silencio.

Cuando llegó nuestro turno, ella comenzó a presentar la posición de la clienta. Explicó los hechos y solicitó que se admitieran varios documentos. El abogado contrario objetó la línea de tiempo y afirmó que no existía prueba suficiente para vincular la denuncia con el despido.

Alma se volvió ligeramente hacia mí.

No necesitó decir mi nombre.

Había llegado el momento.

Me puse de pie.

Sentí el peso de las miradas, el frío de la sala y el latido acelerado de mi corazón. Durante un segundo, regresé al auditorio de la escuela, al día en que Alexander habló sobre el poder de la ley.

Después miré al juez.

—Con su autorización —dije—, quisiera aclarar la secuencia de las fechas.

El juez asintió.

Hablé con calma. Expliqué que la empresa afirmaba haber tomado la decisión antes de conocer la denuncia, pero que sus propios registros mostraban que el supervisor había recibido el correo dos días antes. Señalé la contradicción sin exagerarla y solicité que la evidencia se admitiera para valorar la relación entre ambos hechos.

El abogado contrario intentó interrumpirme.

—La Abogada defensora está interpretando un registro incompleto.

—No estoy interpretando el registro —respondí—. Estoy señalando la fecha que aparece en el documento presentado por su propia parte.

El juez observó la hoja que tenía frente a él.

—Continúe, Abogada Reed.

Continué.

No levanté la voz ni busqué impresionar a nadie. Solo expliqué los hechos y permití que la contradicción hablara por sí misma.

Cuando terminé, regresé a mi asiento.

Mis manos temblaban ligeramente bajo la mesa, pero no era miedo. Era una emoción intensa, limpia y poderosa.

Sentí que había encontrado mi lugar.

La audiencia no resolvió el caso. El juez admitió la documentación y concedió un plazo para que la empresa respondiera a la contradicción. No era una victoria definitiva, pero era un avance importante.

Al salir del tribunal, Lana me abrazó.

—Eso fue increíble.

—Solo señalé una fecha.

—Señalaste una fecha frente a un juez y lograste que el abogado contrario perdiera el hilo de su argumento.

Alma me tomó de los hombros.

—¿Cómo te sentiste?

Miré las escaleras del tribunal, el cielo gris y las personas que continuaban entrando al edificio.

—Como si hubiera nacido para hacerlo.




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