La ley del Corazón

Capítulo 24

Capítulo 24

Boston, 2022

POV Harper Reed

Esa noche, después de mi primera audiencia en la corte, las tres terminamos sentadas en la sala de estar con pijamas, el cabello recogido de cualquier manera y una cantidad absurda de comida sobre la mesa. Aunque por fin había llegado a Boston, las semanas anteriores seguían presentes en mi memoria: desde mi cumpleaños, Alexander se había mostrado cada vez más frío conmigo; solo después de varias semanas, en una noche de vulnerabilidad y alcohol, había llamado a Lana y Alma para aceptar el traslado.

Lana había insistido en pedir comida para celebrar mi llegada. Alma había preparado té porque consideraba que después de un día tan intenso necesitábamos algo caliente y relajante. Yo todavía llevaba en el cuerpo la tensión de la audiencia, aunque ahora estaba descalza y tenía las piernas recogidas sobre el sofá.

El apartamento era acogedor. Las luces cálidas iluminaban las paredes y, a través de las ventanas, Boston se extendía bajo la noche. Las calles estaban mojadas por una lluvia reciente y las luces de los edificios se reflejaban sobre el pavimento.

Por primera vez desde que llegué, sentí que podía respirar.

—Muy bien —dijo Alma, dejando su taza sobre la mesa—. Tenemos que hablar del gran elefante blanco que lleva una semana sentado en esta habitación.

Yo dejé de masticar.

—¿Qué elefante?

Lana me miró con una expresión de inocencia tan exagerada que supe de inmediato que no tenía intención de ayudarme.

—¿Hay un elefante? —preguntó—. Yo no lo he visto.

Alma giró lentamente la cabeza hacia ella.

—No te hagas la graciosa.

—Nunca me hago la graciosa. Soy graciosa de manera natural.

—Hablo de Alexander.

El nombre cayó entre nosotras.

Sentí que el calor subía por mi cuello. Dejé el tenedor sobre el plato y me cubrí el rostro con ambas manos.

—No.

—Sí —dijo Alma.

—No hay nada de qué hablar.

—Harper, llevas toda la noche fingiendo que no existe una razón específica por la que decidiste mudarte a Boston —dijo Alma—. Y sabemos que no fue una decisión tomada en tus cinco sentidos.

—La razón fue profesional.

—Claro —respondió Lana—. Y yo estudié Derecho por amor a los libros.

—Tú estudiaste Derecho porque te gusta discutir.

—También es una razón profesional.

Alma se acomodó en el sofá y me observó con atención. A diferencia de Lana, no parecía estar burlándose de mí. Su expresión era cálida, aunque sus ojos reflejaban una curiosidad imposible de ignorar.

—¿Qué sientes por Alexander?

Sentí que el corazón se me detenía.

—Nada.

Lana soltó una carcajada.

—Esa ha sido la mentira más rápida de la noche.

—No estoy mintiendo.

—Harper, hasta Margaret pareció darse cuenta.

—Margaret no cuenta —dijo Alma—. Esa mujer parece un vampiro que ha vivido durante milenios. No se le escapa nada. A veces creo que sabe lo que voy a decir antes de que yo misma lo piense.

—Eso me da miedo —añadió Lana.

La imagen de Margaret, con su mirada serena y su capacidad para leer a las personas, me hizo reír a pesar de la incomodidad.

—Ella solo es observadora.

—Es una criatura sobrenatural —insistió Alma—. Y si ella lo notó, nosotras también teníamos derecho a descubrirlo.

—¿Descubrir qué?

Lana dejó de sonreír y me miró directamente a los ojos.

—Que estás enamorada de Alexander.

La palabra me golpeó con tanta fuerza que olvidé respirar.

Enamorada.

No sabía si era exactamente eso. Durante años había llamado a lo que sentía admiración, respeto o un enamoramiento platónico. Aquellas palabras parecían más seguras, menos peligrosas. No exigían nada y no podían ser utilizadas en mi contra.

Pero, al escuchar a Lana pronunciarlo en voz alta, el nombre de aquel sentimiento dejó de parecer tan inocente.

—No estoy enamorada —murmuré.

—Entonces, ¿por qué, después de que el trabajara con Emma, terminaste llamándonos desde un bar semanas más tarde para decirnos que querías mudarte? —preguntó Alma.

—Porque estaba cansada de trabajar en Seattle.

—Eso no explica por qué lloraste en la oficina el día de tu cumpleaños —dijo Lana—. Aquella noche solo nos contaste lo que Emma te había hecho; pero no nos confesaste tus sentimientos por él.

La miré con sorpresa.

—¿Cómo sabes eso?

—Nos llamaste desde el bar, la noche en que estabas borracha.




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