La ley del Corazón

Capítulo 26

Capítulo 26

Seattle, 2022

POV Alexander Blackwood

Regresé a Seattle una semana después de lo planeado.

No había sido un viaje sencillo. Después del asunto en Boston, surgieron dos compromisos que exigieron mi presencia: una negociación en Nueva York y una audiencia en Chicago. El trabajo había llenado cada hora disponible y, cuando finalmente subí al avión de regreso, lo último que esperaba encontrar al llegar a la oficina era una alteración en la rutina.

La firma funcionaba con precisión.

Los equipos continuaban trabajando, los clientes recibían respuestas y los expedientes avanzaban, aunque yo no estuviera presente. Nada dependía de una sola persona.

Saludé a la recepción y subí directamente al piso de litigios. Dejé el abrigo sobre el brazo y caminé hacia mi oficina. Entonces vi el escritorio de Harper.

Estaba vacío.

No vacío como al final de una jornada.

Vacío de manera definitiva.

No había carpetas pendientes, ni libros, ni la taza de café que solía dejar junto a su ordenador. Tampoco estaba el pequeño bolso que utilizaba para guardar sus notas. El espacio había sido limpiado y reorganizado.

Me detuve frente a él.

—¿Dónde está la señorita Reed? —pregunté.

Margaret levantó la mirada desde su escritorio. No pareció sorprendida de verme ni de que hubiera hecho la pregunta.

—En Boston.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no comprendo la pregunta.

La miré fijamente.

—¿Cuándo regresará?

—No regresará a este equipo.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Qué significa eso?

—Solicitó una transferencia permanente a la sede de Boston. El cambio fue aprobado por Recursos Humanos y por las socias responsables de la oficina.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

—¿Y no consideraste necesario informarme?

Margaret cerró la carpeta que estaba revisando.

—No me lo preguntaste.

—Soy el responsable del equipo de litigios de Seattle.

—Y ella es una abogada con licencia, no una propiedad de la firma.

—No he dicho que lo sea.

—No, pero estás actuando como si hubiera dejado una obligación pendiente contigo.

La respuesta me irritó.

—Una transferencia interna afecta la distribución del trabajo. Debí ser informado.

—El equipo recibió los ajustes necesarios. Sus casos fueron reasignados y los clientes fueron notificados.

—Yo debí saberlo.

—¿Por qué?

La pregunta fue tan simple que me dejó sin una respuesta inmediata.

—Porque soy su superior.

—Eras su superior en Seattle. La sede de Boston tiene sus propios responsables.

—Sigue formando parte de la firma.

—Exactamente. Por eso el traslado se realizó conforme a los estatutos internos.

Margaret abrió un documento y lo deslizó sobre el escritorio.

—Cualquier abogado con licencia y después de un año en la firma puede solicitar una transferencia entre sedes si cumple con los requisitos y cuenta con la aprobación de la oficina receptora. No necesita autorización del director de la sede que deja.

Leí la cláusula, aunque ya conocía su contenido, yo mismo la había escrito.

—¿Quién aprobó el traslado?

—Las socias de Boston.

—Lana y Alma.

—Entre otras personas.

—¿Y tú sabías que se iría?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que presentó la solicitud.

Sentí una oleada de furia.

—¿Y decidiste no decirme nada?

—Decidí respetar su decisión.

—Podrías haberme informado.

—Podría haberlo hecho. Pero no me correspondía pedirte permiso por ella.

El silencio entre nosotros se volvió incómodo.

Margaret no apartó la mirada. Nunca lo hacía cuando sabía que tenía razón.

—¿Se fue por algún problema con la firma? —pregunté.

—No.

—¿Por un problema con el equipo?

—No.

—¿Por un problema conmigo?

Margaret inclinó apenas la cabeza.

—No me corresponde hablar por Harper.

La respuesta fue más inquietante que una afirmación.




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