Capítulo 27
Boston, 2022
POV Harper Reed
La reunión anual de los socios fundadores se celebraría en la sede principal de Boston en tres semanas.
Durante esos días trabajé más de lo habitual. No quería presentarme ante los socios como la recién llegada de Seattle ni como la amiga de Lana y Alma que había recibido una oportunidad por recomendación familiar. Quería que mi presencia en aquella sala tuviera un motivo propio.
Había llegado a Boston como abogada socia junior.
Debía demostrar que merecía seguir allí.
La reunión no era una simple presentación de resultados. En ella se revisaban los informes de cada sede, se aprobaban los presupuestos y se decidían las áreas de crecimiento del siguiente año. Los socios fundadores conservaban la última palabra en asuntos importantes, aunque Lana y Alma dirigían cada vez más decisiones de la oficina de Boston.
También asistiría Alexander.
La noticia no me sorprendió. Su nombre aparecía en la agenda desde el primer momento, junto con el de Margaret y varios abogados de la sede de Seattle. Aun así, ver su nombre escrito en el documento me produjo una inquietud que no quise reconocer.
Había pasado suficiente tiempo desde mi traslado para acostumbrarme a no verlo.
O eso creía.
—No puedes revisar la misma diapositiva por quinta vez —dijo Lana desde el otro lado de la mesa.
—Sí puedo.
—Puedes hacerlo, pero no deberías.
Alma levantó la vista de sus notas.
—El informe está bien. Lo revisamos ayer y esta mañana.
—Quiero asegurarme.
—¿De qué? —preguntó Lana—. ¿De que los números no cambien cuando Alexander entre a la sala?
El bolígrafo se detuvo entre mis dedos.
—No estoy preocupada por Alexander.
—Nadie ha dicho que lo estés.
—Lo insinuaste.
—Lo insinué porque es verdad.
Alma le lanzó una mirada de advertencia, aunque su expresión divertida la traicionó.
—Harper, no necesitas impresionar a nuestro hermano.
—No estoy intentando impresionarlo.
Las dos se quedaron en silencio durante unos instantes.
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Boston, día de la reunión
POV Harper
Me desperté desde temprano, por mucho que me preparé para este día estaba nerviosa en mi cama estaba el atuendo que usaría hoy.
En mi mente se repetían las paralas de Alma y Lana cunado me lo entregaron y trate de rechazarlo
—Lo vas a aceptar y lo vas a usar el día de la reunión, porque vas a entrar en esa sala como una abogada segura de sí misma, una mujer que está en el lugar al que pertenece.
El traje era de color verde oscuro, sobrio y elegante. La chaqueta se ajustaba a mi cintura sin ser demasiado llamativa y los pantalones caían con precisión sobre unos zapatos negros de tacón alto. La blusa era de seda color marfil y llevaba el cabello suelto, formado en ondas suaves.
—No estoy segura de esto —dije.
—Te queda perfecto —respondió Alma a través de la videollamada.
—Es diferente a lo que suelo usar.
—Lo diferente no es malo.
—Lo sé.
Me observé en el espejo.
Mi cuerpo había recuperado fuerza, mis facciones ya no estaban ocultas bajo el cansancio y mi cabello tenía una forma que nunca me había permitido conservar.
Y, aunque una parte de mí anhelaba que Alexander notara esa diferencia, otra parte comenzaba a comprender que esta era mi nueva yo.
La reunión comenzó a las diez de la mañana en el salón principal de la sede. Era una habitación amplia, con paredes revestidas de madera oscura, una mesa ovalada y ventanales que dejaban entrar la luz gris de Boston. Sobre la pared del fondo había un antiguo escudo de la familia Blackwood, el mismo que aparecía en la entrada del edificio.
Los socios fueron llegando poco a poco.
Miriam Foster me saludó con un abrazo breve y me preguntó si ya me había acostumbrado al frío de la ciudad. Richard Hale, uno de los socios que había conocido durante mis primeras semanas, me estrechó la mano y bromeó sobre la cantidad de café que consumíamos en la sede. Yo les respondí con naturalidad.
—Miriam, ¿ya revisaste la parte de los nuevos casos laborales?
—Sí, Harper. Está incorporada en el informe.
—Richard, no olvides que necesitamos la proyección del presupuesto antes de la sesión de la tarde.
—Lo sé. Daniel me la enviará en unos minutos.
Había aprendido sus formas de trabajar. No me costaba dirigirme a ellos por su nombre porque existía entre nosotros una relación construida en el día a día.