Capítulo 28
POV Alexander Blackwood
Harper Reed había cambiado.
No era una conclusión difícil. Cualquiera que la hubiera visto entrar al salón habría notado la diferencia. Su cabello, su ropa y la seguridad de su postura atraían miradas, pero no eran esas modificaciones las que me habían sorprendido.
Lo que había cambiado era su manera de mirar.
Antes, Harper me observaba como si intentara descubrir lo que pensaba. Esperaba mis instrucciones, medía sus reacciones.
Ahora me miraba como a cualquier otro superior.
Con respeto.
Con atención.
La diferencia me resultaba insoportable.
—No deberías haberla presionado delante de todos —dijo Margaret mientras recogía los documentos de la mesa.
—No la presioné, sólo pregunté cosas cómo los demás.
Margaret levantó la mirada.
—Los demás no son tú.
La frase me dejó sin respuesta.
—Ella conoce a esos socios desde que llegó a Boston —continuó—. Han trabajado con ella, han revisado sus informes y la han visto en la corte. Tú eras su jefe en Seattle y, según veo, sigues comportándote como si esa relación no hubiera cambiado.
—Sigo siendo un socio director.
—Eso no te concede derechos sobre tu manera de dirigirte a ella.
—No he dicho que los tenga.
—No. Solo te molesta descubrir que no los tienes.
Apreté la mandíbula.
Margaret colocó los documentos en una carpeta y la cerró con calma.
—La presentación de Harper fue excelente.
—Lo sé.
—Y la sede de Boston está satisfecha con ella.
—También lo sé.
—Entonces deberías dejar de comportarte como si su traslado fuera un agravio personal.
—No es un agravio.
—¿Qué es?
Miré hacia la puerta por la que Harper había salido.
—Una mala decisión administrativa.
Margaret soltó una risa baja.
—Por supuesto.
—La sede de Seattle perdió a una abogada con experiencia.
—Boston ganó una.
—Podría haber continuado creciendo en mi equipo.
—Podría haberlo hecho. Pero eligió otra oportunidad.
La palabra eligió se quedó en el aire.
No me gustaba que Margaret la utilizara. Convertía la partida de Harper en una decisión voluntaria, cuando una parte de mí había preferido pensar que se trataba de una reacción impulsiva que podía corregirse con el tiempo.
Sin embargo, Harper había hablado con claridad.
Boston le ofrecía responsabilidades distintas, un equipo propio y la oportunidad de participar en audiencias. No había mencionado mi nombre como una razón para irse.
Tampoco lo había mencionado como una razón para quedarse.
Eso debería haberme tranquilizado.
En cambio, me dejó con una sensación de pérdida que no tenía derecho a sentir.
Al regresar al salón, luego de almorzar algo ligero, encontré la carpeta de Harper sobre la mesa. La abrí y revisé el informe una vez más.
Su análisis era preciso.
Las proyecciones tenían respaldo y cada recomendación estaba acompañada de datos. Había identificado los riesgos de la expansión de Boston y propuesto soluciones antes de que los socios las solicitaran.
La reunión de socios continuó durante el resto de la tarde. Harper participó en varias discusiones, siempre junto a Lana y Alma. Cuando alguien le hacía una pregunta, respondía sin consultar a nadie. Cuando un socio cuestionaba una proyección, defendía su análisis con firmeza y aceptaba corregirlo si los datos demostraban que era necesario.
Yo la observé desde el otro extremo de la mesa.
No intervenía para ayudarla.
No lo necesitaba.
Al finalizar la sesión, el comité aprobó el plan de crecimiento de Boston y asignó a Harper la coordinación de una parte de la investigación jurídica. El cargo no era excepcional para un abogado junior, pero sí representaba una responsabilidad que no se confiaba a cualquiera.
—Felicidades —le dijo Miriam—. Te lo has ganado.
—Gracias, Miriam.
—Y no pienses que podrás escapar de la oficina temprano. Mañana empezamos con el primer informe.
—Estaré aquí.
—Lo sé.
Harper sonrió.
Yo escuché el intercambio desde unos pasos de distancia.
Miriam la llamó por su nombre.
Harper respondió con el suyo.