Capítulo 29
Boston, 2022
POV Harper Reed
Había pasado una semana desde que la reunión anual había terminado, pero la tensión continuaba instalada en mi cuerpo debida a que Alexander seguía en Boston.
Esa tarde antes de que pudiera salir, Margaret se acercó con una carpeta bajo el brazo.
—Alexander quiere hablar contigo.
Mi corazón dio un golpe seco.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Sobre mi informe?
Margaret me observó con la calma de quien conocía la respuesta antes de formular la pregunta.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Alexander no suele pedir una conversación privada para comentar únicamente un informe.
No supe qué contestar.
—¿Está en su oficina?
—Sí.
—¿La oficina que utiliza durante su estancia en Boston?
—La misma.
Asentí y recogí la carpeta que había dejado sobre la mesa. No quería que Margaret notara el efecto que aquella solicitud tenía en mí, aunque era evidente que ya lo había notado.
—Harper.
—¿Sí?
—No tienes que aceptar una conversación que te haga sentir incómoda.
La miré con sorpresa.
—Es mi superior.
—Aun así.
Margaret no añadió nada más. Se alejó hacia el pasillo y me dejó con una decisión que, en realidad, ya estaba tomada.
Me dirigí a la oficina de Alexander.
La puerta estaba entreabierta. Toqué dos veces.
—Pasa.
Entré.
Alexander se encontraba de pie junto a los ventanales, con una mano apoyada en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un vaso de agua que no parecía haber tocado. La vista de Boston se extendía detrás de él: edificios antiguos, calles húmedas y el movimiento constante de una ciudad que no se detenía por las dudas de nadie.
Cerré la puerta.
—¿Me mandó llamar, señor Blackwood?
Su mirada se dirigió hacia mí.
—Sí.
Llevaba la misma expresión controlada de la reunión, pero algo en su postura parecía más tenso. Quizá solo era mi imaginación. Después de años observándolo, seguía sin saber si sus silencios ocultaban emociones o simplemente cansancio.
—¿Es sobre la presentación del informe?
—En parte.
—Ya le mandé a Margaret el informe final, para las aprobaciones de la junta.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué necesita?
Alexander dejó el vaso sobre una mesa lateral.
—Quiero saber por qué me llamas por mi apellido.
La pregunta me sorprendió.
—Porque es su apellido.
—No llamas así a los demás socios.
—Con los demás tengo una relación diferente.
—¿Diferente?
—Sí.
—¿En qué sentido?
—Miriam, Richard y Jonathan desde que llegué a Boston me han tratado cómo su igual. He trabajado con ellos, hemos compartido casos y me han tratado como una colega. Usted era mi jefe en Seattle y sigue formando parte de la dirección de la firma.
—Eso no responde por qué antes utilizabas mi nombre.
—Antes era diferente.
—¿Qué cambió?
Lo observé en silencio.
Alexander podía hacer preguntas con la misma precisión con la que revisaba un expediente. No elevaba la voz ni demostraba impaciencia. Simplemente insistía hasta que la otra persona revelaba aquello que pretendía ocultar.
Esa vez no iba a permitirle controlar la conversación.
—El caso HALOP cambió las cosas. No iba a mencionar a Emma Thomson.
Una sombra cruzó su rostro.
—¿Qué tiene que ver el caso HALOP?
Sentí que la presión acumulada durante semanas comenzaba a subir desde mi pecho hasta mi garganta. Había prometido mantener la calma, pero esa conversación no era una reunión profesional. No podía esconderme detrás de un informe ni responder con fechas y documentos.
Afuera, en el pasillo, se escucharon pasos que se alejaron de inmediato. La oficina volvió a quedar aislada del resto de la firma.
Alexander caminó hasta el escritorio y tomó una carpeta, aunque no la abrió.
—¿Fue lo que ocurrió durante la reunión con el cliente? —preguntó.
—No solo eso.
—El cliente pidió que alguien de más experiencia en ese tipo de litigios dirigiera el caso.