La ley del Corazón

Capítulo 30

Capítulo 30

Seattle, 2022

POV Harper Reed

El fin de semana siguiente regresé a Seattle para asistir a las clases presenciales del posgrado.

Desde que me había trasladado a Boston, los viernes por la tarde se habían convertido en una especie de frontera. Dejaba atrás la sede donde trabajaba con Lana y Alma, tomaba un vuelo a Seattle y recuperaba, durante poco más de dos días, la rutina académica que había construido antes de marcharme.

No era sencillo.

Los viajes eran agotadores y, algunas veces, llegaba a la universidad con la sensación de que mi cuerpo continuaba en Boston. Sin embargo, no estaba dispuesta a abandonar el posgrado. Había elegido especializarme y necesitaba completar esa formación para avanzar en la carrera que había decidido construir.

Además, regresar a Seattle me permitía mantener una parte de mi vida bajo mis propios términos.

El sábado por la mañana llegué temprano al edificio de la universidad. El campus estaba más tranquilo que durante la semana. Las aulas permanecían cerradas y los pasillos tenían un silencio diferente, interrumpido solo por el eco de algunos pasos y el murmullo de los estudiantes que asistían a los cursos de fin de semana.

Caminé hasta la oficina de coordinación del posgrado para confirmar el aula donde tendría mi sesión de tutoría.

—Señorita Reed —me saludó la coordinadora—. Llegó a tiempo como siempre.

La mujer revisó unos documentos en su escritorio.

—Antes de que vaya a su sesión, debo informarle de un cambio.

Mi estómago se contrajo ligeramente.

—¿Qué clase de cambio?

—El profesor que supervisaba su trabajo de grado ya no podrá continuar con el programa este semestre.

—¿Ocurrió algo?

—Aceptó una posición en otra universidad. La sustitución fue aprobada por el comité académico.

Asentí.

No sentí una decepción profunda. El profesor había sido competente, pero nuestras sesiones todavía se encontraban en una etapa inicial y mi investigación estaba lo bastante organizada para continuar con otra persona.

—¿Quién asumirá la tutoría? —pregunté.

La coordinadora me entregó una hoja.

Leí el nombre.

Alexander Blackwood.

Durante unos segundos, el pasillo pareció perder parte de su sonido.

No porque no supiera que Alexander participaba en programas académicos. Su experiencia y su reputación hacían que las universidades lo invitaran con frecuencia a dictar conferencias y supervisar investigaciones. Pero no esperaba encontrarlo allí, en Seattle, como la persona responsable de orientar mi trabajo de grado.

—¿El señor Blackwood? —pregunté, aunque no existía ninguna duda sobre el nombre.

—Sí. No sólo es abogado y socio director de la firma para la que trabaja, además es profesor invitado del programa. Tiene experiencia en el área de su investigación.

—Entiendo.

—La sesión comienza en diez minutos. Su oficina se encuentra en el segundo piso, junto a la biblioteca jurídica.

Guardé la hoja dentro de mi carpeta.

—Gracias por informarme.

—¿Tiene algún inconveniente con el cambio?

—No.

La respuesta fue sincera.

Tal vez Alexander podía hacer un trabajo mejor que el profesor anterior. Conocía el litigio laboral, había trabajado con casos complejos y tenía una forma de analizar los problemas que podía ayudarme a fortalecer la investigación.

Más allá de la tensión que existía entre nosotros, el cambio me favorecía.

Subí al segundo piso con la carpeta contra el pecho. Frente a la puerta encontré una placa que indicaba que era la oficina del tutor del programa de posgrado.

Toqué dos veces.

—Adelante.

Abrí la puerta.

Alexander estaba de pie junto a una estantería, revisando unos libros. Vestía un traje oscuro sin corbata, una combinación más informal que la que utilizaba en la firma, aunque continuaba proyectando la misma autoridad.

Al verme, su expresión cambió apenas.

No pareció sorprendido.

—Señor Blackwood.

—Señorita Reed.

La formalidad se instaló entre nosotros de inmediato.

—Pase.

Entré y cerré la puerta.

La oficina era amplia, pero menos imponente que la que utilizaba en la firma. Había dos estanterías llenas de textos jurídicos, una mesa de trabajo junto a la ventana y varias carpetas organizadas en un archivador. Sobre el escritorio se encontraba una copia de mi propuesta de investigación.

—¿Ya revisó mi trabajo? —pregunté.

—El comité me entregó el expediente antes de asignarme la tutoría.




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