La ley del Corazón

Capítulo 31

Capítulo 31

Seattle, 2022

POV Harper Reed

La invitación de Alexander llegó el viernes por la tarde, cuando acababa de terminar una de mis clases del posgrado.

No fue una llamada ni un mensaje personal. Margaret me envió un correo breve, con la formalidad que caracterizaba toda comunicación relacionada con la firma.

Señorita Reed:

El señor Blackwood desea reunirse con usted mañana a las ocho de la mañana en su despacho de la firma.

Por favor, confirme su asistencia.

Lo leí dos veces.

No decía cuál era el motivo de la reunión. Tampoco mencionaba mi trabajo de grado ni incluía algún documento que debiera revisar antes de acudir. Solo aparecía la hora, el lugar y la indicación de que Alexander quería verme.

Respondí que asistiría.

No permití que mi imaginación buscara razones diferentes a las profesionales. Tal vez quería hablar sobre la tutoría. Tal vez necesitaba revisar un avance de mi investigación. Quizá se trataba de algún asunto relacionado con el equipo de Seattle y mi traslado a Boston.

Cualquiera de esas posibilidades era más razonable que pensar que simplemente quería verme.

El sábado llegué a la sede de la firma unos minutos antes de las ocho. El edificio estaba casi vacío. Los empleados de recepción me reconocieron y me permitieron subir sin hacer preguntas.

El silencio de las oficinas era distinto al de los días laborales. No se escuchaban teléfonos, pasos apresurados ni conversaciones detrás de las puertas. Solo se oía el zumbido constante del sistema de ventilación y el golpeteo suave de la lluvia contra los ventanales.

Caminé hasta el despacho de Alexander.

La puerta estaba entreabierta.

Toqué dos veces.

—Adelante.

Entré.

Alexander estaba de pie junto a la ventana, con una carpeta abierta sobre la mesa y varios documentos extendidos a su alrededor. Vestía un pantalón oscuro, una camisa blanca con las mangas dobladas y no llevaba corbata. Su aspecto era menos impecable que de costumbre, aunque continuaba proyectando la misma autoridad.

También parecía cansado.

No cansado de una manera que pudiera ocultarse con una expresión fría. Tenía los ojos enrojecidos y una sombra oscura bajo ellos. La camisa estaba ligeramente arrugada en los hombros y su cabello no tenía la perfección habitual.

—Señor Blackwood —saludé.

Sus ojos se dirigieron hacia mí.

—Harper.

El uso de mi nombre provocó una reacción inmediata en mi cuerpo, pero conseguí mantener el rostro sereno.

—Me pidió que viniera.

—Gracias por aceptar el cambio en la tutoría de hoy

La frase me tomó por sorpresa.

—No tenía razones para rechazarlo.

Alexander sostuvo mi mirada durante un segundo más de lo necesario.

—Lo sé.

Señaló la silla frente a su escritorio.

—Siéntate.

Obedecí y dejé mi bolso junto a la silla. En la mesa había una copia de mi último avance, llena de anotaciones. A su lado descansaba una carpeta mucho más gruesa, marcada con una etiqueta roja.

—¿Quería hablar sobre mi trabajo de grado? —pregunté.

—En parte.

—¿Qué significa en parte?

Alexander miró la carpeta marcada en rojo.

—Es un caso difícil.

—¿El de la carpeta?

—Sí.

—¿Qué clase de caso?

—Una demanda por represalias laborales. La audiencia principal se celebrará la próxima semana y todavía tenemos un problema con la evidencia.

El cansancio de su rostro adquirió un matiz distinto. No era solo agotamiento. Era la tensión de alguien que llevaba demasiado tiempo intentando encontrar una solución.

—¿Qué problema?

—La clienta denunció irregularidades en la empresa donde trabajaba. Dos semanas después fue despedida. La compañía sostiene que la decisión se tomó por una falta grave, pero el documento que la respalda apareció después de la denuncia.

—¿Y la empresa tiene registros anteriores?

—Sí. Informes de rendimiento, comunicaciones internas y una evaluación positiva de la clienta. La defensa afirma que el documento posterior demuestra una conducta que ya había sido señalada.

—¿La habían sancionado antes?

—No de forma oficial.

—Entonces la empresa está intentando construir una justificación después de los hechos.

—Eso parece.

—¿Pero no puede demostrarlo?

Alexander me miró con una expresión seca.




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