Capítulo 32
Seattle, 2022
POV Harper
Al día siguiente, encontré una declaración que podía cambiar el caso. Un técnico de sistemas afirmaba que había recibido instrucciones para revisar los registros de acceso el veintiuno de abril, pero la empresa nunca lo había mencionado en sus respuestas.
—Este hombre debe declarar —dije.
—La empresa va a intentar impedirlo.
—Entonces debemos solicitar que se preserve su testimonio antes de que puedan influir en él.
—No sabemos si está dispuesto a declarar.
—Podemos citarlo.
—Podemos. Pero si se presenta sin preparación, la parte contraria podría destruir su credibilidad.
—Necesita protección.
—Necesita un abogado que le explique las consecuencias.
—Entonces hablaremos con él.
Alexander me observó.
—¿Tú quieres hacerlo?
—Sí.
—Entonces debemos hacer la petición formal a Boston de tu colaboración en el caso. No puedes contactar a los testigos sin estar asignada formalmente al caso.
—Lo sé.
—Entonces ya mismo solicito a Boston tu cooperación en el caso.
—¿Se puede hacer eso?
—Yo mismo redacte los estatutos. Nunca permitiría que un tecnicismo nos quitara la oportunidad de perder un recurso solo por su traslado.
—¿Quieres que mande esa solicitud Harper?
—No he dicho que no.
—Lo sé.
La repetición de sus palabras me hizo levantar la mirada.
Durante un instante permanecimos demasiado cerca. Alexander tenía una mano apoyada sobre la mesa, a pocos centímetros de la mía. El silencio se transformó en algo diferente, algo que no pertenecía al expediente ni a la tutoría.
Su mirada descendió hacia mis labios.
Fue apenas un instante.
Pero lo vi.
Y él supo que lo había visto.
El ambiente de la oficina cambió.
Alexander se apartó primero y volvió a colocarse frente a la pantalla.
—Prepararé una solicitud para entrevistar al técnico —dijo.
Su voz había recuperado la frialdad profesional.
—De acuerdo.
Intenté que la mía sonara igual.
Durante los minutos siguientes ninguno mencionó lo ocurrido.
No había ocurrido nada.
Eso era lo que ambos parecíamos haber decidido.
A las seis de la tarde, la lluvia comenzó a disminuir. La ciudad recuperó parte de su luz y las oficinas de los edificios cercanos se encendieron una a una.
Habíamos terminado la línea de tiempo y preparado un borrador para la solicitud de preservación de evidencia. También había tomado varias notas útiles para mi trabajo de grado, aunque tendría que redactarlas de forma independiente y sin utilizar información confidencial.
Alexander cerró la última carpeta.
—Es suficiente por hoy.
—Todavía podemos revisar la declaración del técnico.
—Lo haremos mañana.
—Puedo quedarme.
—No.
La respuesta fue firme.
—Vamos muy bien con el caso —añadió—. Y tú tienes que descansar.
—Usted también.
—Yo no soy tu responsabilidad.
—No he dicho que lo sea.
—Lo pensaste.
—Es una conclusión sin pruebas.
Esta vez sonrió de verdad.
Fue una sonrisa breve, cansada y tan poco frecuente que me quedé mirándolo un segundo más de lo prudente.
—Buenas noches, señor Blackwood.
Tomé mi bolso y me puse de pie.
—Buenas noches, Harper.
Caminé hacia la puerta.
—Harper.
Me volví.
Alexander estaba junto al escritorio, con la carpeta del caso en las manos.
—Gracias por quedarte.
—Usted me pidió que viniera.
—Podías haberte marchado después de hablar sobre la tutoría.
—El caso era importante.
—No me refiero al caso.
El corazón me golpeó con fuerza.
—¿A qué se refiere?
Alexander parecía debatirse entre decir algo más y recuperar la distancia que había mantenido durante años. Al final, eligió sus palabras con cuidado.
—A que no permitiste que una situación incómoda cambiara tu decisión de ayudar.