La ley del Corazón

Capítulo 33

Capítulo 33

Seattle, 2022

POV Harper Reed

Habían pasado varias semanas desde que ganamos el caso que Alexander y yo trabajamos juntos en su despacho. La victoria había sido importante para la firma, pero para mí significó algo más: por primera vez, Alexander me había permitido participar en cada etapa de la estrategia, escuchar mis argumentos y confiar en mi criterio sin recordarme en ningún momento que yo había empezado como una simple pasante.

Después de aquella victoria retomamos mis tutorías de posgrado. Cada fin de semana que viajaba a Seattle nos reuníamos en su oficina para revisar mi trabajo de grado, discutir precedentes y corregir hasta el último detalle de mis argumentos. Nuestra nueva rutina se había instalado con una facilidad que todavía me sorprendía.

Trabajar con Alexander ya no se sentía como caminar sobre hielo delgado. Seguía siendo exigente, directo y poco generoso con los elogios, pero entre nosotros había aparecido una comodidad inesperada. Podíamos permanecer en silencio durante largos minutos sin que resultara incómodo. A veces, incluso, compartíamos una taza de café mientras revisábamos documentos y discutíamos sobre la mejor manera de presentar una idea.

Aquello era peligroso.

No porque no disfrutara de su compañía, sino porque empezaba a olvidar la distancia que debía mantener. Durante años había convertido mi admiración por Alexander en un sentimiento silencioso y controlado. Ahora, sentado frente a mí, inclinado sobre los mismos expedientes y dispuesto a escucharme como a una igual, era cada vez más difícil fingir que mi corazón no reaccionaba ante él.

—Tu conclusión es sólida —dijo aquella tarde, señalando una de las páginas de mi investigación—. Pero esta parte necesita más respaldo jurisprudencial.

—Lo revisaré antes de la próxima sesión.

—No lo revises. Reescríbelo.

Levanté la mirada.

—¿Tan mal está?

—No. Precisamente por eso merece estar mejor.

Una sonrisa amenazó con aparecer en mis labios. Alexander podía convertir un elogio en una exigencia sin siquiera intentarlo.

—Haré lo que me pide, señor Blackwood.

Su mirada se detuvo en mi rostro durante un segundo más de lo necesario. Desde nuestra conversación en Boston había insistido en llamarlo por su apellido. No era una casualidad ni una formalidad académica. Era mi manera de protegerme.

Alexander pareció a punto de decir algo, pero en ese momento Margaret apareció en la puerta con una tableta en la mano.

—Alexander, tienes una llamada.

—Dile a quien sea que estoy ocupado.

—Ya se lo dije.

Margaret cruzó los brazos con la paciencia de alguien que había repetido aquella misma conversación demasiadas veces.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

—Porque insiste en que es un asunto de vida o muerte.

El ceño de Alexander se frunció.

—¿Quién es?

Margaret vaciló apenas un instante.

—Emma Thomson.

El ambiente de la oficina cambió de inmediato. Fue una reacción tan rápida que me odié por no haber podido ocultarla. Mi espalda se tensó y mis dedos se cerraron alrededor del bolígrafo.

Alexander lo notó. Por supuesto que lo notó.

—Pásame la llamada —ordenó.

Caminó hacia el ventanal mientras Margaret dejaba la tableta sobre su escritorio. Yo intenté concentrarme en mis documentos, pero la voz de Emma llegó hasta mí antes de que pudiera impedirlo. No distinguí las palabras, solo el tono: íntimo, insistente, demasiado familiar.

La memoria me devolvió al cumpleaños que había intentado olvidar. Emma colgada del brazo de Alexander. Su voz corrigiéndome delante de todos. La manera en que él no había dicho nada mientras ella me recordaba que debía llamarlo señor Blackwood.

No quería volver a vivir aquella sensación.

Así que recogí mis cosas en silencio.

Alexander estaba de espaldas, concentrado en la llamada. Margaret me miró desde la puerta, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, pero no dijo nada. Yo tampoco me despedí. Salí de la oficina antes de escuchar una sola palabra más.

No estaba huyendo de Alexander, me repetí mientras bajaba en el ascensor.

Solo estaba evitando hacer algo de lo que pudiera arrepentirme.

Una hora después, estaba en mi apartamento. Me duché con agua caliente hasta que el vapor cubrió el espejo y consiguió aflojar la tensión de mis hombros. Después me puse una pijama cómoda, recogí mi cabello de cualquier manera y me senté en el sofá con el libro que Daniel me había regalado por mi cumpleaños.

Era una novela romántica que había mencionado una sola vez, durante una conversación casual. Daniel la había recordado, la había buscado y me la había entregado envuelta en papel dorado. Aún podía recordar la sorpresa que sentí al recibirla. No estaba acostumbrada a que las personas prestaran atención a los detalles de mi vida.




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