La ley del Corazón

Capítulo 34

Capítulo 34

Seattle, 2022

POV Harper Reed

Ahí estábamos, en mi apartamento, permitiendo que nuestros cuerpos hablaran por nosotros.

Los besos habían ido subiendo de intensidad poco a poco. Cada vez que Alexander me tocaba, una corriente de calor me recorría la piel y me hacía olvidar todas las razones por las que debía mantenerme lejos de él. Sus manos eran firmes, pero nunca bruscas; su cercanía me envolvía con una seguridad que contrastaba demasiado con el caos que se agitaba dentro de mí.

Quería más.

Mi cuerpo lo deseaba con una claridad que me avergonzaba y me asustaba al mismo tiempo. Sin embargo, mi mente seguía siendo más cautelosa. Ella nunca dejaba de recordarme todo lo que podía salir mal.

Alexander era un hombre experimentado. A sus ojos, yo probablemente era apenas una mujer que había pasado demasiados años escondida detrás de sus libros y sus responsabilidades. Él había conocido a otras mujeres, mujeres seguras de sí mismas, mujeres que sabían cómo acercarse a un hombre como él sin que les temblaran las manos.

Yo no tenía esa experiencia.

Y él lo sabía.

La duda debió de aparecer en mi rostro, porque Alexander se detuvo de inmediato. No intentó convencerme ni hizo una pregunta que me obligara a explicar lo que todavía no sabía cómo expresar. Simplemente soltó un suspiro, como si estuviera conteniendo algo más profundo que el deseo, y se apartó.

Sus manos dejaron mi cintura.

El aire frío de la habitación ocupó el espacio que había existido entre nuestros cuerpos.

Alexander se agachó hasta que mis pies volvieron a tocar el suelo. Después apoyó la frente contra la mía y dejó un beso suave sobre mis labios.

—Pequeña —murmuró.

La palabra me estremeció más que cualquiera de sus caricias.

—Nos vemos el próximo fin de semana.

No dijo nada más. No me pidió explicaciones, no me hizo sentir culpable y tampoco intentó convertir mi inseguridad en una ofensa personal. Solo me miró durante unos segundos, como si quisiera asegurarse de que estaba bien, y luego se marchó.

Agradecí su silencio más de lo que habría podido confesarle.

Esa era una de las cosas que más me desconcertaban de Alexander: parecía conocerme demasiado bien. Sabía cuándo presionar y, de manera aún más peligrosa, sabía cuándo detenerse. No había sido así con nadie antes. Nadie había tratado mis límites como algo importante en lugar de verlos como un obstáculo.

Cerré la puerta después de que se fue y me quedé apoyada contra ella, con los ojos cerrados y la respiración todavía irregular.

Entonces comprendí lo que acababa de ocurrir.

No me había llamado Harper.

Tampoco señorita Reed.

Me había llamado pequeña.

El apodo se instaló en mi mente con una facilidad alarmante. Era una palabra sencilla, pero pronunciada por él había sonado íntima, casi tierna. Una forma de nombrarme que no le había escuchado usar con nadie más.

—Pequeña —repetí en voz baja.

El sonido de mi propia voz hizo que me cubriera el rostro con las manos.

Estaba perdida.

Aquella noche no dormí.

Di vueltas en la cama, cambié de posición, intenté leer y hasta preparé una infusión que dejé enfriarse sobre la mesa de noche. Nada sirvió. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir los labios de Alexander sobre los míos, sus manos en mi cintura y el instante en que se había apartado al notar mi duda.

Podía recordar cada detalle con una precisión desesperante.

También podía recordar la forma en que había pronunciado mi nombre cuando me pidió que lo llamara Alex.

Durante años había sido Alexander Blackwood: el abogado brillante, el heredero de un apellido poderoso, el hombre que todos respetaban y al que muchos temían. Para mí había sido una figura distante, casi inalcanzable. Ahora, de pronto, me había permitido llamarlo por un nombre que parecía pertenecerle a una versión más privada de sí mismo.

Una versión que no sabía si tenía derecho a conocer.

Poco antes del amanecer comprendí que, si continuaba pensando en él de esa manera, no tendría fuerzas para viajar a Boston y enfrentar una semana de trabajo. Así que me levanté, preparé una maleta y me obligué a comportarme como una mujer adulta y sensata.

Era una abogada. Tenía una carrera que había construido con esfuerzo. Tenía una sede en Boston, un posgrado que terminar y una vida que no podía quedar suspendida por un beso.

Un beso que, además, yo había deseado tanto como él.

Eso era lo más difícil de admitir.

A la mañana siguiente viajé a Boston con pocas horas de sueño y demasiados pensamientos. Durante el trayecto me refugié en el trabajo. Revisé expedientes, contesté correos y preparé los informes que debía entregar al equipo de la sede.

No mencioné a Alexander.




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