Capítulo 35
Seattle, 2022
POV Alexander Blackwood
No debería haber ido al apartamento de Harper.
Esa fue la primera conclusión a la que llegué cuando abandoné la firma aquella noche. La segunda fue que, si tuviera que tomar la misma decisión otra vez, volvería a hacerlo.
Había intentado convencerme de que necesitaba hablar con ella por su partida abrupta. Que quería saber por qué se había marchado sin despedirse y por qué su expresión había cambiado en cuanto Margaret mencionó a Emma. Era una explicación razonable, una que podía aceptar sin cuestionarme demasiado.
Lo que no podía admitir era que había pasado toda la conversación con Emma pensando en Harper.
En Harper saliendo de la oficina sin mirarme.
En Harper utilizando nuevamente aquel tono distante que convertía mi nombre en una barrera: señor Blackwood.
En Carter abrazándola durante su cumpleaños y en la manera en que ella había sonreído al recibir el regalo que él le había comprado.
No me gustaba sentir celos. Los consideraba una reacción irracional, impropia de un hombre acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida. Sin embargo, la imagen de Carter rodeándola con los brazos había permanecido en mi mente mucho después de que la celebración terminara.
Lo que más me irritaba no era que Harper tuviera un amigo.
Era que Carter conociera detalles de ella que yo ignoraba.
Sabía qué novela le gustaba. Recordaba sus comentarios. Había encontrado un regalo que la hizo sonreír. Yo, en cambio, había pasado años observándola desde la distancia, convenciéndome de que mantenerla lejos era la decisión más prudente.
Emma y yo habíamos trabajado juntos en varias ocasiones. Nuestras familias se conocían desde hacía años y ella siempre se había comportado como si la familiaridad le concediera derechos que nadie le había otorgado. Yo había aprendido a ignorarla. Lo que no había previsto era el daño que su comportamiento podía causarle a Harper.
Cuando llegué al apartamento, no estaba seguro de qué esperaba encontrar.
Harper abrió la puerta sin preguntar quién era. Llevaba una pijama cómoda, demasiado reveladora para mi tranquilidad, y el cabello recogido de manera desordenada. Parecía más joven y más vulnerable que en la oficina, pero sus ojos seguían siendo los mismos: inteligentes, cautelosos y capaces de atravesar cualquier máscara que intentara usar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
No supe responderle con honestidad.
Podría haber dicho que necesitaba verla. Que no había conseguido concentrarme desde que se fue. Que la llamada de Emma no había sido importante y que me había molestado más su reacción que la conversación misma.
En lugar de eso, pregunté:
—¿Por qué te fuiste así?
Ella intentó cerrar la puerta, pero me aparté. No quería invadir su espacio. Mucho menos después de haberla visto retroceder en la oficina. Por eso le dije que, si quería que me marchara, solo tenía que pedírmelo.
Harper no lo hizo.
Me dejó entrar, aunque mantuvo todo su cuerpo tenso, listo para levantar otra vez las defensas. Siempre había sido así.
—Me fui porque no quería escuchar una conversación personal entre usted y Emma —dijo.
La formalidad me irritó más de lo razonable.
No quería que volviera a llamarme señor Blackwood. No esa noche. No después de la forma en que me había mirado durante el último mes.
Pero entendía por qué lo hacía. Era su manera de recordarme que yo había sido quien levantó la distancia entre los dos.
—¿Tienen algo? —preguntó.
La respuesta no necesitó reflexión.
—No.
No tenía una relación con Emma. Nunca la había tenido. La idea de que Harper hubiera pensado lo contrario me produjo una satisfacción absurda y profundamente inconveniente.
Entonces comprendí que sus celos no eran solo enojo. Había algo más detrás de ellos. Algo que Harper se negaba a reconocer y que yo llevaba demasiado tiempo esperando encontrar.
—Tu animadversión hacia Emma es porque creías que estábamos juntos —dije.
La vi tensarse. Por un instante pensé que volvería a esconderse detrás de una respuesta profesional, pero Harper había llegado al límite de su paciencia.
Me habló de la universidad. De las humillaciones. De las veces que Emma la había hecho sentir inferior por ser huérfana y becada. De la forma en que había utilizado su apellido y su posición para recordarle que no pertenecía a aquel mundo.
No sabía nada de eso.
La confesión me dejó una sensación desagradable en el pecho. No por Harper. Por mí mismo. Había visto a Emma tratarla con condescendencia en más de una ocasión y no había prestado suficiente atención. Me había convencido de que Harper sabía defenderse.
La verdad era que Harper sabía defenderse, pero eso no significaba que debiera hacerlo sola todo el tiempo.