Capítulo 36
Boston, 2022
POV Harper Reed
Había logrado esquivar una bala.
Alexander había tenido que atender una emergencia profesional y, por primera vez desde que se había convertido en mi tutor de posgrado, no estaría en Seattle el fin de semana de nuestra siguiente sesión. El caso no era uno que normalmente aceptaría, pero el cliente era su mejor amigo desde la infancia y, según Margaret, Alexander no había dudado en dejarlo todo para hacerse cargo de la situación.
Internamente, sentí un alivio que me avergonzaba admitir.
Aquello me concedía un par de semanas más para prepararme antes de volver a estar frente a él. Necesitaba recuperar el control de mis pensamientos, acostumbrarme a la forma en que mi cuerpo reaccionaba cuando se acercaba y encontrar una manera de llamarlo señor Blackwood sin recordar el sabor de sus besos.
No estaba funcionando.
Aun así, me refugié en el trabajo. Durante los días siguientes revisé expedientes, redacté informes y avancé en mi investigación de posgrado. Si mantenía la mente ocupada, quizá lograría convencerme de que lo ocurrido en su despacho no había cambiado nada.
Fue entonces cuando Lana y Alma me invitaron a una cena benéfica.
—Los recursos se destinarán al programa Inocencia —explicó Alma durante una videollamada—. Defiende a personas que permanecen en prisión a pesar de ser inocentes porque nunca pudieron pagar un abogado.
No necesité pensarlo.
—Claro que iré.
El tema me apasionaba. Desde que había comenzado mis estudios de Derecho, había comprendido que la justicia no siempre dependía de tener la razón. Muchas veces dependía de contar con alguien que supiera defenderla. Había personas inocentes encerradas durante años porque no habían tenido dinero para contratar a un abogado competente, y esa realidad me resultaba imposible de ignorar.
—Sabíamos que aceptarías —dijo Lana—. Por eso ya tenemos todo preparado.
—¿Qué significa todo?
Las dos sonrieron de una manera que me hizo sospechar.
La respuesta llegó dos días después, cuando recibí un paquete en mi apartamento.
Dentro había un vestido precioso.
Era de un tono azul noche, profundo y luminoso al mismo tiempo, como el cielo de Boston justo después de que desaparecía la última franja del atardecer. La tela caía con suavidad desde los hombros y se ajustaba a mi figura sin resultar vulgar. Tenía un escote discreto, una espalda delicadamente descubierta y una abertura lateral que permitía caminar con elegancia sin convertirla en el centro de atención.
El vestido me permitía ver a la mujer en la que me había convertido.
Durante años había utilizado ropa amplia para esconder mi cuerpo. En el orfanato no podía permitirme prendas a la medida ni tenía razones para pensar que mi apariencia fuera importante. En la universidad había preferido pasar inadvertida. Después, cuando Lana y Alma me ayudaron a cambiar mi estilo, aprendí a vestirme con más seguridad, pero todavía había momentos en los que no reconocía la imagen que me devolvía el espejo.
Aquella noche, sin embargo, fue diferente.
El vestido abrazaba mis curvas sin apretarlas. La tela se deslizaba sobre mi cintura y caía hasta mis tobillos. Unos delicados detalles brillantes, casi imperceptibles, recorrían la parte superior y reflejaban la luz cada vez que me movía.
Lana y Alma también habían contratado a una estilista.
Mi cabello, quedó recogido en un moño elegante que resaltaba mi cuelo. La estilista dejó algunos mechones alrededor de mi rostro para enmarcarlo. El maquillaje fue sobrio, pero resaltó mis ojos y dio a mis labios un tono rosado que no me había atrevido a usar antes.
Cuando me miré al espejo, tuve la impresión de estar observando a una mujer segura, elegante y completamente ajena a la chica del orfanato.
—Pareces una diosa —declaró Alma cuando me vio.
—No exageres.
—No estamos exagerando —añadió Lana—. Esta noche vas a recordarles a todos que la inteligencia también puede presentarse con tacones.
Me entregaron un par de zapatos altos del mismo tono azul oscuro del vestido. El tacón era más elevado de lo que acostumbraba usar, pero estilizó mis piernas y me obligó a caminar con la espalda recta.
—No sé si podré mantenerme en pie toda la noche —confesé.
—Podrás —dijo Lana—. Y si no, nosotras te sostendremos.
La cena se celebraba en un hotel histórico de Boston, en uno de esos edificios antiguos que parecían haber sido construidos para que las personas ricas recordaran su propia importancia. El salón principal estaba iluminado por grandes lámparas de cristal. Las mesas tenían manteles blancos, cubiertos de plata y pequeñas velas dentro de recipientes transparentes.
En las paredes se proyectaban imágenes de algunos de los casos que el programa Inocencia había logrado reabrir. Había rostros de hombres y mujeres que habían recuperado su libertad después de pasar años tras las rejas por delitos que no cometieron.