La ley del Corazón

Capítulo 38

Capítulo 38

Boston, 2022 POV Alexander Blackwood

El mensaje de Alma llegó cuando estaba a punto de salir del hotel.

Lo sentimos. Surgió algo y no podremos acompañarte esta noche. No te preocupes, la caballería va en camino.

Lo leí dos veces.

Después levanté la vista hacia el reflejo de las puertas de cristal, donde mi figura aparecía impecable dentro del esmoquin oscuro que había elegido por obligación. El programa Inocencia organizaba aquella cena todos los años y, aunque Lana y Alma eran la cara visible de la fundación, yo había asistido a varias de sus reuniones como representante de la familia Blackwood.

No me gustaban ese tipo de eventos.

Había demasiadas sonrisas calculadas, demasiadas conversaciones que no significaban nada y demasiadas personas que utilizaban la filantropía como una extensión de su apellido. Sin embargo, el trabajo del programa sí me importaba. Una cosa era detestar las cenas benéficas y otra muy distinta permitir que un proyecto capaz de devolverles la libertad a personas inocentes perdiera apoyo.

Aun así, mis hermanas sabían que solo había aceptado porque ellas estarían allí.

Volví a mirar el mensaje.

La caballería va en camino.

No era una frase que Alma hubiera escrito por casualidad. Lana y ella tenían un sentido del humor particular, especialmente cuando creían estar organizando algo que no necesitaba mi autorización. Si no podían acompañarme, probablemente habían decidido que otra persona ocuparía su lugar.

No me habría sorprendido encontrar a una de sus amigas esperándome en la entrada.

Lo que no imaginé fue encontrar a Harper.

Entré al salón unos minutos después de lo previsto. El hotel había sido construido a finales del siglo XIX y conservaba esa clase de elegancia que no necesitaba demostrarse: lámparas de cristal, columnas de mármol, arreglos florales demasiado altos y camareros que se desplazaban entre los invitados sin hacer ruido.

La música era suave. Las conversaciones, no tanto.

Saludé a un par de socios de la firma y a dos miembros del comité organizador. Respondí preguntas sobre el financiamiento de un nuevo proyecto y acepté una copa de champán que no tenía intención de beber. Mi atención, sin embargo, no estaba en ninguno de ellos.

Entonces la vi.

Harper estaba cerca de la recepción, sola, con el teléfono en una mano y la otra apoyada sobre el bolso. El vestido azul noche se ajustaba a su cuerpo con una elegancia que me obligó a detenerme durante un segundo. La tela seguía la curva de sus hombros, descendía hasta su cintura y se abría con discreción a un lado de sus piernas. No era un vestido diseñado para llamar la atención.

Era peor.

Le permitía a cualquiera observar lo que yo llevaba años intentando no mirar demasiado tiempo.

Su cabello estaba recogido en un moño elegante que dejaba su cuello al descubierto, suavizado por algunos mechones alrededor de su rostro. Harper solía llevarlo sujeto antes de entrar a la oficina, pero aquella noche el peinado no tenía nada de práctico. Cada detalle parecía pensado para resaltar la mujer en la que se había convertido. No había nada que la escondiera: ni sus lentes antiguos, ni prendas demasiado amplias, ni la actitud reservada con la que había aprendido a ocupar el menor espacio posible.

Parecía segura.

No completamente. Lo supe por la forma en que recorría el salón con la mirada, como si estuviera intentando descubrir las reglas de un lugar al que todos los demás parecían pertenecer. Pero había algo distinto en ella. Una firmeza nueva. Una conciencia más clara de su propio valor.

Me quedé observándola más de lo prudente.

No la había visto desde que volvió a Boston después de nuestra noche en Seattle. Había respetado su distancia. No le escribí. No la llamé. Cada vez que Margaret me enviaba una actualización sobre su trabajo, me obligaba a leer únicamente lo necesario y a no preguntar nada más.

No había sido sencillo.

Harper había regresado a Boston, y yo había intentado convencerme de que eso era suficiente. Que saberla a salvo, concentrada en su carrera y lejos de cualquier presión que pudiera ejercer sobre ella debía bastarme.

Pero verla allí, sola y hermosa, hizo que todas mis decisiones parecieran menos razonables.

Di un paso hacia ella.

No llegué a alcanzarla.

Emma Thomson apareció a su lado.

La reconocí incluso antes de distinguir el vestido rojo y la sonrisa cuidadosamente amable. Emma era incapaz de acercarse a alguien sin calcular qué podía obtener de la conversación. A veces era una ventaja. Otras, una forma de crueldad disfrazada de educación.

A su lado estaba Demian Sinclair.

Lo conocía de reuniones empresariales y de un par de negociaciones en las que nuestras familias habían coincidido. Sinclair era inteligente, seguro de sí mismo y demasiado consciente del poder que le daba su apellido. No solía interesarse en conversaciones que no pudieran reportarle un beneficio, así que me pregunté qué había captado su atención en Harper.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.