Boston, 2022 POV Harper Reed
La mesa junto a los ventanales estaba lo bastante alejada del resto de los invitados para permitirnos respirar, pero no tanto como para que alguien olvidara que seguíamos siendo observados.
Alexander permaneció de pie frente a mí durante unos segundos. El esmoquin oscuro le quedaba tan bien que resultaba casi injusto. El nudo de su corbata estaba perfecto, su cabello no tenía un solo mechón fuera de lugar y su expresión volvía a ser la de siempre: fría, controlada, imposible de interpretar.
Solo sus ojos lo traicionaban.
—¿Qué clientes necesitan hablar contigo en una cena benéfica? —pregunté.
—Ninguno.
Alcé las cejas.
—Me lo imaginé.
—Necesitaba sacarte de allí.
La sinceridad de su respuesta me dejó sin una réplica inmediata. Alexander tomó asiento frente a mí y apoyó los antebrazos sobre la mesa, sin acercarse demasiado. Incluso cuando intentaba protegerme, se esforzaba por no hacerme sentir atrapada.
—No necesitabas rescatarme —dije al fin.
—No estabas en peligro.
—Entonces no fue un rescate.
—Fue una interrupción oportuna.
—Una interrupción bastante teatral.
La comisura de su boca se movió apenas.
—Emma sabe ser insistente.
—Emma sabe exactamente lo que hace.
La expresión de Alexander se endureció. No tuve que explicarle nada más. A esas alturas conocía a Emma lo suficiente para reconocer cada una de sus frases disfrazadas de cortesía.
—Lo sé —dijo.
Dos palabras. Nada más.
Pero había algo diferente en su voz. No era la condescendencia de quien acababa de descubrir un problema menor. Era la gravedad de un hombre que, por fin, había comprendido que aquello no era una rivalidad sin importancia entre dos mujeres de la universidad.
Emma había intentado hacerme sentir pequeña durante años.
Y Alexander lo había visto sin entenderlo.
—No quiero que hagas una escena por mí —advertí.
—No hago escenas.
—Tu forma de mirar a Demian dice otra cosa.
Su mandíbula se tensó.
—No me gusta la forma en que te hablaba.
—Me halagó.
—Lo noté.
La respuesta fue tan seca que no pude evitar sonreír.
Alexander me miró con seriedad.
—¿Qué?
—Nada.
—Harper.
—Solo me parece curioso que puedas soportar que me halaguen hasta que el hombre que lo hace te resulta incómodo.
Su mirada se volvió más intensa.
—No me resulta incómodo que te halaguen.
—¿No?
—Me resulta incómodo que alguien que apenas te conoce crea que puede reclamar tu atención después de cinco minutos.
La sonrisa desapareció de mis labios.
—Demian no reclamó nada.
—Lo sé.
—Entonces deja de comportarte como si tuvieras que vigilar quién se me acerca.
El silencio que siguió fue más profundo que el ruido de la sala. Alexander no apartó la mirada, aunque algo en su rostro se cerró.
Había dado en un punto sensible.
—No estoy vigilándote —dijo.
—No he dicho que lo hagas.
—Lo insinuaste.
—Porque pareces creer que, si estoy sola, alguien tiene que decidir qué es mejor para mí.
—Nunca he creído eso.
—Entonces no me trates como si fuera una responsabilidad que debes proteger.
Sus ojos descendieron a mi cintura, al lugar donde su mano había estado unos minutos antes. Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado. El orgullo seguía allí, pero debajo de él había algo más difícil de enfrentar.
—No eres una responsabilidad, Harper.
El modo en que dijo mi nombre hizo que olvidara por un instante lo que estaba a punto de responder.
—Entonces, ¿qué soy?
Alexander no contestó.
Un hombre del comité organizador se acercó a nuestra mesa antes de que pudiera insistir. Era el director del programa Inocencia, un abogado de cabello plateado llamado William, que había trabajado durante años en la revisión de condenas injustas.
—Señor Blackwood —saludó—. Me alegra que haya podido venir.
—William.
—Y usted debe ser Harper Reed.
—Sí, señor.
—He oído hablar mucho de su trabajo. La demanda de Sinclair se menciona cada vez que alguien intenta convencernos de que una buena estrategia jurídica no puede cambiar el resultado de un caso.