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Nadie hablaba del cielo esa noche. Las noticias lo resumieron como un «fenómeno lunar visible en el hemisferio norte» para luego volver enseguida a los chismes de farándula.
A las once menos diez, todas las calles de Hollowdale se quedaron vacías. Un resplandor rojo, denso, casi líquido, empezó a filtrarse entre los edificios. Todas las ventanas y puertas permanecían cerradas como párpados sumidos en letargo.
Evan acababa de cenar solo, como todas las noches. Había tirado el vaso de sopa instantánea al basurero y, cuando se lavó las manos, se recostó sobre la cama.
Notó cómo se colaba una delgada línea roja por entre las cortinas de la ventana que, suavemente, caía sobre el suelo. Demasiado nítida como para ser un simple reflejo.
Vaciló un instante y se puso de pie. Pasó a la par de su escritorio, donde reposaban libros de ingeniería y de programación apilados ordenadamente.
Evan aún veía fijamente aquella luz en el suelo. Por momentos tenía la impresión de que esa línea tenía pulso propio.
Extendió su mano derecha hasta las cortinas, quería verlo de cerca, comprobar la fuente de aquella luz.
Le parecía curioso que nadie le prestara más atención a un eclipse de luna. Después de todo, no todas las noches ocurre algo así.
Lentamente apartó una de las cortinas hasta el marco de la ventana.
El resplandor entró por entre el vidrio llenando de luz toda la habitación.
Evan tomó aire. Deslizó con cuidado el vidrio de la ventana y se asomó. Con las manos apoyadas sobre el alféizar, levantó la vista al cielo.
Era hermosa.
La luna brillaba en el centro del firmamento con un radiante rojo profundo.
La miró durante un tiempo y luego comenzó a sentir un leve calor que le subía por todo el cuerpo. Revisó su celular, la temperatura marcaba dieciséis grados. Arqueó una ceja e inmediatamente devolvió el teléfono a su bolsillo.
Dirigió su mirada hacia la calle. La vista desde un tercer piso no era la gran cosa, apenas podía ver los edificios de enfrente y algo más.
De repente percibió un leve brillo entre los callejones.
Un destello que parecía no encajar del todo en aquella ciudad en silencio. Una figura de cabello plateado que parecía flotar en la calle.
La figura se detuvo frente al edificio de apartamentos de Evan. Resultó ser una chica de vestido oscuro, tenis Converse y una amplia sonrisa.
Giró el rostro despacio, hacia arriba, directo a su ventana.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —dijo suavemente mientras ladeaba la cabeza.
Evan se quedó inmóvil, las manos aún sobre el alféizar.
—No muchos se asoman una noche como esta —añadió ella, con tono divertido—. Y menos con esa cara de despreocupación.
Él abrió la boca, sin saber bien qué decir desde el tercer piso.
—Baja —dijo ella simplemente.
Evan parpadeó. Cuando volvió a abrir los ojos, la calle estaba vacía.
Se quedó viendo el punto exacto donde había estado. No volvió a aparecer.
Miró hacia atrás, vio su cama y pensó en recostarse.
Podía cerrar la ventana. Meterse entre las sábanas e imaginar que todo había sido un extraño sueño, como si nunca se hubiera levantado a correr las cortinas.
Pero ya estaba tomando sus llaves y poniéndose una sudadera para salir.
Bajó las escaleras sin darse cuenta del trayecto. Salió a la calle. Miró a ambos lados. Nada. Ninguna silueta, ningún destello.
Caminó hacia donde la había visto, sin apuro, diciéndose que solo iba a investigar un poco. Después de todo, no tenía nada de malo confirmar que la calle seguía tan vacía como parecía desde el tercer piso.
Se quedó parado en el lugar. Sus ojos recorrieron la calle principal hasta que esta se difuminaba en una curva a la derecha. Nada, otra vez.
Ya se estaba dando vuelta para volver cuando miró hacia la ventana de su apartamento en el tercer piso. Se imaginó cómo se vería apoyado en el alféizar, embobado y viendo al cielo. Sonrió para sí mismo.
De repente sintió un peso en la espalda, seguido de unas manos frías deslizándose sobre sus hombros.
—Sí que eres una persona muy valiente —le susurró la chica al oído.
Sin dudarlo, Evan dio un paso al frente, se separó de ella y giró para verla de frente.
Ella levantó ambas manos, con calma, como quien se rinde ante un guardia de seguridad que aún no desenfunda su arma.
—Tranquilo —dijo, con media sonrisa—. No es como que vaya a comerte o algo así.
Evan no se sentía precisamente más tranquilo, pese a los esfuerzos de la chica por bajar la tensión.
La miró entonces, con detenimiento, de arriba a abajo: cabello plateado que terminaba ondulándose en las puntas, la piel pálida y sus ojos levemente rojos como el resplandor de la luna, el vestido oscuro que desentonaba con el resto del ambiente y los tenis que le quitaban formalidad al conjunto.
—¿Terminaste? —preguntó, bajando las manos—. No soy la atracción principal del zoológico, ¿sabes? No traigo armas, si es eso lo que querías confirmar.
—Lo siento —respondió Evan—. No quería ofenderte.
—Si me hubiera ofendido, lo sabrías.
La chica agitó una de sus manos, restándole importancia.
—Es solo que —añadió Evan nuevamente, dirigiendo su mirada al calzado de la chica—... Es muy raro combinar un par de Chuck Taylors con un vestido.
—¡Ahora sí que estoy ofendida! —exclamó ella, sonriendo ampliamente y acercándose a él—. ¿Siempre eres así de observador en la primera cita?
—Siempre. Pero, si es una cita, aún no me has dicho tu nombre.
—Ah, ¡qué audaz, señorito! Se me entumecerán las mejillas si me sigues haciendo sonreír así —dijo mientras se daba pequeños toques en el rostro—. Soy Ruby. Ruby Crawford. ¿Y tú?
—Evan Reed.
Ella se quedó viéndolo un rato de más antes de tomarle la mano. Evan pudo confirmar que sus dedos estaban helados, como si no hubiera nada de calor bajo su piel.