La magia prohibida | libro I

Capítulo IX

Guerrera de fuego parte I

♔

—Bella —Rhys caminaba por los pasillos hacia la cámara de su amo y en el camino se había encontrado con su agotada amiga.

—Hola —responde ella fingiendo una sonrisa. Se había apresurado demasiado para terminar con sus deberes antes de que la noche cayera, y solo quedaron unas sábanas por llevar.

—¿Te sientes bien? Luces cansada —sabía que no podía esconderle nada a él, parecía tener una bola de cristal que todo lo sabe.

—Solo un poco cansada —sus párpados casi se cerraban. Rhys le dedicó una sonrisa amable.

—Déjame a mí, tú vete a casa a descansar. —Bella no se resistió cuando él le quitó las sábanas de las manos—. ¿A dónde hay que llevarlas? —La doncella lo observó con detenimiento unos segundos, no estaba convencida de dejarlo solo.

—A las cámaras de las princesas de Valenor —el corazón del muchacho dio un vuelco de alegría—. Pero sé prudente. Toca y espera a que te den permiso, no hagas ningún comentario inapropiado y sobre todo…

—Tranquila, todo estará bien. No seré atrevido y les dejaré las cosas en la puerta. No entraré.

La expresión de Bella se suavizó.

—Solo quería decirte que tengas cuidado. Ellas no son personas cualquiera.

—Ve a descansar —besa el costado de su cabeza y ella asiente, con más tranquilidad.

Livia dejó a Eveline nuevamente en el suelo, con la misma delicadeza que una pluma, y se puso de pie, aunque al principio tuvo que sostenerse de la cama para evitar caerse. Un mareo se había apoderado de ella.

Abrió la puerta de su cámara al mismo tiempo en que Rhys apareció frente a ella.

—Hola, Bella les envía… —ella lo tomó del brazo y lo obligó a entrar a la habitación—. ¿Qué sucede?

—No tengo tiempo para explicar, ella no despierta, quédate aquí que yo voy por ayuda. Pero no la dejes sola.

Livia salió corriendo por el pasillo, y cuando se quedaron solos, Rhys cayó de rodillas frente a ella.

—Eveline…

Tocó su rostro frío y aunque Livia ya le había dicho que intentó encontrar su pulso de todas las maneras posibles, él volvió a intentarlo.

Buscó su pulso otra vez, como si sus propias manos pudieran haberse equivocado. Pero no ocurrió nada.

—No, no...

La tomó entre sus brazos.

—Eveline, despierta.

La sacudió apenas, con cuidado.

—Vamos. Despierta. —Ella seguía sin responder.

Su respiración comenzó a entrecortarse, sentía que se estaba ahogando.

—Por favor...

La palabra salió convertida en un susurro.

Rhys la acomodó contra su pecho y apoyó una mano sobre su corazón. Quiso usar magia: una luz tenue brilló en sus dedos y atravesó el pecho de Eveline, pero incluso la magia parecía temblar.

Él podía sentir la magia dentro suyo, viva, obediente, fuerte, pero no parecía tener deseos de curarla. La luz que brillaba tenue, desapareció.

—No… —Volvió a intentarlo.

Esta vez la luz no apareció.

Volvió a intentarlo una, dos, tres veces, cada vez con más desesperación, pero la luz no volvió a aparecer. Jamás había intentado revivir a alguien. En aquel momento, por primera vez, sintió que tener magia era completamente inútil.

—¡Por favor! —Su voz se quebró.

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el rostro de Eveline.

—No sé qué hacer… —su voz sonaba trémula, y la estrechó contra su cuerpo—. Perdóname… —una lágrima cayó sobre la mejilla inmóvil de la princesa—. Perdóname…

No sabía exactamente por qué se lo pedía; quizás porque le había prometido a Livia que la protegería, o porque no pudo llegar antes. Quizá porque, después de haber pasado toda su vida ocultando su magia, aquella era la primera vez que realmente había necesitado utilizarla para salvar a alguien, y había fracasado.

Apoyó la frente contra la de ella—. Lo siento. —Repitió.

Durante unos segundos permaneció así, abrazándola, como si pudiera protegerla de la muerte incluso después de que la muerte ya la hubiera tomado.

La llevó hacia la cama y la dejó ahí, con cuidado: apoyó sus manos sobre su abdomen y acomodó su cabello. Parecía dormida. Y quería creer por un segundo que sí lo estaba.

De repente escuchó pasos, demasiados. La puerta se abrió y fue Livia quien entró primero, al notar que la había dejado sobre la cama con tanta delicadeza la conmovió.

Todos quedaron inmóviles. Para ellos, aquel muchacho acababa de cometer un crimen imperdonable.

—¿Qué has hecho? —dijo el rey Aslan dando un paso al frente. Rhys no respondió—. ¡¿Qué le has hecho a mi hija?!

—¡No! —intervino Livia—. ¡Él no lo hizo!

Nadie parecía escucharla.

Con todo el pesar del mundo, Theo sacó la espada.

Rhys bajó la mirada hacia Eveline. Por un momento solo pudo pensar en ella. La princesa que había conocido apenas unos días atrás, la misma que le había sonreído, a la cual las aves respondían como si ella fuese la reina de la naturaleza.

Todo aquello que Eveline había amado, ahora no quedaba nada para él.

Rhys volvió a mirarla, y durante un instante volvió a parecer que simplemente estaba durmiendo.

—Perdóname —susurró una última vez.

—¡Rhys! —gritó Livia—. ¡Corre!

Él levantó la mirada y vio como los caballeros avanzaban.

Theo permaneció inmóvil hasta que sus ojos se encontraron, por un segundo, Theo vio algo que los demás no parecían comprender: Rhys no tenía la mirada de un asesino. Tenía la mirada de alguien que acababa de perder una parte de su alma.

Pero, más allá de lo que sentía, no podía imponerse ante las órdenes de los reyes, y con nudo en la garganta dio una orden.

—Arrestenlo.

Rhys retrocedió, miró la puerta, miró a los hombres que se acercaban, después miró la ventana.

Sabía que podía morir, pero quedarse significaba lo mismo.

Los caballeros se abalanzaron sobre él, pero Rhys corrió.

Abrió la ventana y, sin permitirse pensar, saltó.

El viento golpeó su rostro, y por un instante, mientras caía, no sintió miedo.




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