Guerrera de fuego parte II
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—No es posible lo que estás diciendo, Quintus —fue Helena la primera en romper el silencio.
—Lo lamento, mi lady, pero es la verdad. Buscar aquella hierba solo sería una pérdida de tiempo. Incluso si consiguiéramos encontrarla, Bella habría muerto antes de que pudiera preparar el antídoto.
—No.
La voz del príncipe fue firme, aunque apenas consiguió ocultar la desesperación que comenzaba a apoderarse de él. Todos volvieron la mirada hacia su persona.
—¿Qué dice, alteza? —preguntó Quintus.
Theo se acercó un paso al anciano.
—Nadie va a morir. Todavía nos queda algo por hacer.
—Lo lamento, alteza, pero no existe ningún otro remedio que…
—Sé que eras hechicero.
Las palabras abandonaron sus labios antes de poder procesarlas.
Quintus permaneció inmóvil. Por un instante, el incómodo silencio se instaló en la habitación.
—Es cierto —admitió finalmente—. Lo fui. Pero eso ocurrió antes de que tu padre prohibiera la magia. Hace dieciocho años que no practico un solo hechizo.
—Pero todavía puedes hacerlo, ¿verdad?
El anciano apartó la mirada.
—Lo que me estás pidiendo es romper la ley, y traicionar a tu padre.
—Theo, ¿estás seguro de esto? —intervino Helena.
Amaba a Bella como a una hermana. La sola idea de perderla le resultaba insoportable, pero recurrir a la hechicería significaba quebrantar la ley que había regido el reino durante dieciocho años. Una ley que su padre jamás había permitido cuestionar.
Theo no vaciló.
—Si no lo hace, ella morirá.
Helena bajó la mirada hacia su amiga. Bella yacía inmóvil sobre el lecho, demasiado pálida, y lucía tranquila. Parecía mentira que aquella joven, siempre dispuesta a desafiar cualquier peligro, pudiera encontrarse tan indefensa.
—Creo que tiene razón —intervino Livia—. Bella se ha esforzado por descubrir la verdad y ahora está a punto de morir por ello. No podemos dejarla perecer, no después de haber sido tan leal con todos nosotros.
Theo volvió a dirigirse a Quintus.
—Sé que debes conservar algún libro, algún conocimiento que pueda ayudarnos. Por favor, haz lo que sea necesario, pero sálvala.
El anciano contempló a la muchacha durante unos segundos. Había visto a Bella crecer, la había cuidado desde que era una niña y conocía demasiado bien aquella mirada desafiante que, incluso en sus peores momentos, se negaba a rendirse.
Finalmente, asintió.
—Solo será esta vez —dijo Theo—. Y lo que suceda aquí no saldrá de esta habitación.
—De acuerdo. Pero necesito que todos se marchen. No puedo concentrarme si hay alguien más presente y, antes de comenzar, debo recuperar mi libro de hechizos. Es el único que conservé. Siempre tuve el presentimiento de que algún día podría necesitarlo.
Sin esperar respuesta, abandonó la habitación con la compañía de Félix.
Al llegar a su casa, Quintus se dirigió directamente hacia una de las estanterías. Sus manos recorrieron los lomos de varios volúmenes hasta detenerse frente a un pequeño espacio vacío.
Félix permaneció detrás de él, observándolo en silencio.
—Gracias por hacer esto por mi hija —dijo finalmente—. No sabes cuánto significa para mí.
Quintus continuó buscando entre los libros.
—No lo hago por ti.
Félix guardó silencio. Conocía demasiado bien a su viejo amigo como para ofenderse por aquella respuesta.
—Lo hago por ella… y por Isabella.
Las manos del anciano se detuvieron.
Habían transcurrido dieciocho años desde la última vez que había pronunciado aquel nombre. Aun así, bastó con recordarlo para que una extraña angustia le oprimiera el pecho, como si el tiempo no hubiera conseguido cerrar aquella herida.
—De todos modos —respondió Félix con suavidad—, no importa por quién lo hagas. Lo importante es que hayas decidido hacerlo.
Quintus encontró finalmente el libro. Lo tomó con ambas manos y permaneció un instante contemplando su cubierta.
—Amo a Bella como si fuera mi propia hija, Félix. Nunca has tenido que dudar de que sería capaz de quebrantar cualquier ley para salvarla. Ella y Rhys son quienes me mantienen con vida. Si llegara a perderlos…
Su voz se quebró. Cerró los ojos y apretó el libro contra su pecho, tratando de contener una angustia que no estaba dispuesto a mostrar.
—... no podría soportarlo.
Félix se acercó un paso.
—Bella también te ama, Quintus —el anciano levantó la mirada—. Ella es luz. Luz y fuego corren por sus venas —continuó Félix, con una sonrisa triste—. Es una guerrera, igual que su madre.
Quintus bajó los ojos hacia el viejo volumen.
—Y precisamente porque la amo, te prometo que voy a salvarla.
—¿No te importan las consecuencias?
El anciano volvió a mirarlo. Esta vez no había vacilación alguna en sus ojos.
—Aunque me cueste la vida, la salvaré.
Y aquella fue toda su respuesta.
Cuando regresaron, Quintus volvió a pedirles que abandonaran la habitación. Necesitaba estar a solas con Bella para concentrarse y, sobre todo, recordar cómo utilizar una magia que había jurado no volver a tocar.
Theo fue el último en salir, antes de cerrar la puerta, volvió la mirada hacia la joven. Después, sus ojos se encontraron con los del anciano.
—Sálvala.
Quintus asintió.
La puerta se cerró y, por primera vez en dieciocho años, abrió su antiguo libro de hechizos. Se acercó al lecho y se sentó junto a Bella. Durante unos instantes, contempló su rostro pálido, tratando de reconocer en aquella joven a la niña que había visto crecer.
—Te salvaré, pequeña —susurró. Se inclinó para besarle la frente y, por un instante, el recuerdo de Isabella regresó a sus mientes, tan nítido que casi pudo sentir su presencia junto a él.
Apartó aquel pensamiento y abrió el libro por una de las páginas que aún recordaba. Después apoyó una mano sobre el pecho de Bella. Una luz dorada comenzó a extenderse bajo sus dedos, tenue al principio, hasta iluminar sus ojos con el mismo resplandor.