La magia prohibida | libro I

♔ Capítulo XI ♔

Algo fuera de lugar

♔

Gwaine se adentró en la Plaza Real y se acercó a los guardias que cuestionaban la entrada del palacio.

—Disculpen, ¿dónde puedo encontrar a Rhys, el sobrino de Quintus?

Uno de los soldados señaló un pasillo ancho iluminado por la luz del sol. No había visto a su amigo hacía varios meses, y lo echaba mucho de menos.

Tocó dos veces a la puerta y fue el erudito real quien abrió.

—Eh… ¿Sí? ¿Puedo ayudarte? —Gwaine sonrió e hizo una reverencia con respeto.

—Sí. Supongo que usted es Quintus —el anciano asintió—. Mucho gusto, me llamo…

—¿Gwaine? —Rhys se adelantó. El médico se hizo a un lado para darle paso. Los muchachos se sumieron en un amistoso abrazo.

—¿Rhys? —Quintus se hizo notar.

—Tío, él es mi mejor amigo, Gwaine, viene de Nuada. Crecimos juntos y además de usted y mi madre, es el único que sabe de mi don. —Eso último lo dijo en tono más bajo.

—De acuerdo… Eh… Rhys, ¿no te olvidas de algo? —Lo pensó por unos segundos y luego abrió los ojos de golpe.

—Theo. El entrenamiento. Me va a usar como escudo humano si no llego pronto.

—Y lo mereces por descuidar tus obligaciones. —Afirmó su tío.

—Ven, vamos. —Le dice a su amigo mientras lo toma del brazo.

Era la hora del entrenamiento y como siempre, Rhys no estaba para cumplir con su labor de sirviente.

—Oye —su recién llegado amigo lo detiene—. ¿Crees que tu señor me acepte como caballero?

—Debes probar tu valor ante él. Y si él lo decide, puedes unirte. —Gwaine seguía mirando al frente, pero ya no a la manera de entrenar de los caballeros—. Solo… lamento decirte que la buena fortuna de la que me has hablado por años será mejor que la olvides.

Gwaine se volvió hacía su amigo—. ¿Por qué?

Rhys sonrió—. Porque el servicio al príncipe y la buena fortuna no van de la mano. De hecho, todo lo contrario.

—No, creo que mi buena fortuna sigue aquí —Rhys frunció el ceño con una sonrisa—. Amigo, creo que me enamoré —susurró. Rhys seguía sin entender al desquiciado de su amigo.

—¿Qué?

Gwaine tomó su rostro y lo obligó a observar hacia el área de entrenamiento, donde se encontraban la princesa Helena y su doncella.

Hace algunas semanas el príncipe aceptó que ellas se unieran al entrenamiento: necesitaban aprender a defenderse, y prácticamente lo obligaron a aceptar.

—¿Quién es esa hermosa dama?

Rhys siguió la dirección de su mirada. Gwaine observaba a la princesa Helena, que escuchaba con atención las indicaciones de uno de los instructores. El viento le apartó un mechón del rostro y ella se lo acomodó detrás de la oreja sin dejar de prestar atención.

—La princesa Helena —respondió Rhys.

—Vaya. ¿Todas las princesas son así?

Rhys volvió la cabeza hacia él.

—¿Así de qué manera?

—Hermosas. ¿Sabes lo que eso significa? —bromeó.

—¿Y tú qué? ¿Has venido aquí a ver a las muchachas o a buscarte un oficio de verdad?

—¿No puedo hacer ambas?

Rhys no respondió enseguida. Había algo en la manera en que Gwaine la miraba que le resultaba desagradable, aunque no habría sabido explicar por qué.

Por fortuna, su amigo volvió a señalar hacia el campo de entrenamiento.

—Aunque, si he de ser sincero, creo que mi corazón acaba de encontrar a su verdadera dueña. ¿Quién es la muchacha de vestido verde que está a su lado? Y fíjate, seguro que entre sus manos encuentras mi corazón.

Rhys sintió que algo dentro de él se relajaba.

Fue un alivio tan inmediato que frunció el ceño.

—Ella es Bella, la doncella de lady Helena —dijo, procurando recuperar la naturalidad—. Y te aconsejo que no te acerques demasiado si aprecias tu tranquilidad.

Gwaine sonrió.

—¿Es peligrosa?

—No tienes idea.

—Me gustan los desafíos.

—Genial, porque Bella está loca.

—Nos llevaremos de maravilla, entonces. —Gwaine le palmeó la espalda y ambos se acercaron al recinto de entrenamiento.

El sonido de las espadas chocando entre sí se mezclaba con las órdenes de los instructores y las conversaciones de los soldados. Helena se encontraba junto a Bella, observando cómo uno de los caballeros corregía la postura de otro.

A unos pasos de ellas, el príncipe Theodoro acababa de desarmar a su oponente con un movimiento tan preciso que la espada del muchacho terminó varios metros más allá.

—¿Quién sigue? —preguntó, sin apartar la mirada de los hombres que aguardaban su turno.

—Yo, si su alteza me lo permite.

La voz desconocida hizo que varios rostros se volvieran hacia él. Gwaine avanzó con una sonrisa despreocupada, mientras Rhys se quedaba unos pasos detrás. Theo lo observó de arriba abajo.

—¿Y tú eres...?

—Gwaine, alteza. Vengo de Nuada y me gustaría tener la oportunidad de demostrar mi habilidad. Si me lo permite, quisiera unirme a sus caballeros.

Theo volvió a observarlo, y después de mover su boca pensándolo, terminó por aceptar.

—Bien, esto será así: tú me demuestras lo que sabes, y yo decidiré qué tan bueno eres. Y bien, dime, ¿crees que eres lo suficientemente bueno como para que yo pueda dejar mi vida en tus manos?

—Pensé que sería mejor demostrarlo y que usted lo vea por sí mismo.

Algunos de los soldados intercambiaron miradas. Theo arqueó una ceja, aparentemente divertido.

—Al menos tienes la sensatez de no presumir de una habilidad que todavía no sabemos si tienes.

—Haré todo lo posible por no decepcionarlo.

Theo hizo una seña para que uno de los caballeros le entregara una espada de entrenamiento. Sin embargo, antes de que Gwaine pudiera tomarla, sus ojos se desviaron hacia el otro extremo del recinto.

Bella acababa de terminar un ejercicio con Helena y se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano. Al advertir que el desconocido la observaba, le dedicó una mirada inquisitiva. Gwaine sonrió.




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