La Maldición De Sicarias

Capitulo 10 | Kyrian ✔

El segundo cuerno sonó antes de que terminara de revisar el mapa.

El sonido atravesó las paredes de mis aposentos y se extendió por la fortaleza. Era la señal definitiva: los hombres debían formar, los carros ponerse en movimiento y cualquier asunto que no fuera imprescindible quedaba aplazado hasta nuestro regreso.

Enrollé el mapa, guardé el informe de los exploradores y me ajusté la espada al cinturón. No había dormido, pero el cansancio tendría que esperar. Quinientos soldados estaban a punto de abandonar Sicarias bajo mis órdenes, y no podía permitirme que una noche mal dormida afectara mis decisiones.

Cuando salí al corredor, dos guardias se cuadraron.

— ¿Está todo preparado? —pregunté.

— Sí, majestad. Las puertas se abrirán en cuanto llegue al patio.

— ¿Que encontraron anoche?

— Una puerta de servicio pero el capitán ha revisado el cerrojo. No hay señales de que lo forzaran, se han duplicado las rondas y se están inspeccionando los carros antes de la salida.

— Que continúen. No quiero que una puerta abierta se convierta en una entrada para nuestros enemigos mientras el castillo está medio vacío.

Los guardias inclinaron la cabeza.

Descendí las escaleras y salí al patio principal. El aire frío me golpeó el rostro. La madrugada apenas empezaba a aclarar, y una bruma baja cubría las piedras, las patas de los caballos y las ruedas de los carros. El patio estaba lleno de movimiento: los oficiales comprobaban las listas, los armeros entregaban las últimas espadas reparadas y los mozos aseguraban las provisiones con cuerdas gruesas.

Quinientos hombres.

Los había visto prepararse para entrenamientos, patrullas y ceremonias, pero aquella mañana el ambiente era distinto. No había bromas en voz alta ni discusiones sobre quién llevaría el estandarte. Cada soldado comprobaba sus correas y sus armas con la concentración de quien sabe que, una vez fuera de las murallas, un error pequeño puede costarle la vida.

Kael me esperaba junto a la mesa donde se habían desplegado los últimos informes.

— Las unidades están formadas —dijo—. La caballería ligera encabezará la columna. La infantería irá detrás y los carros quedarán protegidos en el centro. He enviado un mensaje al puesto fronterizo para que mantengan abierta la ruta del río.

— Bien. ¿Los doce jinetes ya han salido hacia la garganta?

— Si

— Bien no deben acercarse a las posiciones enemigas. Solo comprobarán el estado del camino y regresarán antes de que avancemos demasiado.

Kael señaló el mapa.

— Si el paso está bloqueado, tendremos que desviarnos por el camino occidental. Nos hará perder parte del día.

— Perder unas horas es preferible a perder los carros en una pendiente inestable. No quiero que la columna se atasque en una garganta sin espacio para maniobrar.

— Entendido.

Me incliné sobre el mapa. Las rutas conocidas aparecían marcadas con tinta negra. La línea que bordeaba el río estaba señalada en rojo, porque la lluvia reciente había erosionado parte de la orilla. Más al norte, las montañas ocultaban las antiguas galerías de Monte Grim. Ninguno de nuestros mapas militares mostraba con precisión las entradas clausuradas.

La noticia del humo seguía sin estar confirmada. Podía ser una hoguera, un grupo de contrabandistas o una patrulla enemiga utilizando una mina abandonada para ocultar sus movimientos. Hasta tener más información, no iba a dividir el ejército por una sospecha.

— ¿Hay noticias del explorador desaparecido? —pregunté.

Kael negó con la cabeza.

— Todavía no. Los tres que regresaron no vieron dónde se separó del grupo. El capitán ha enviado una patrulla a revisar el último punto donde fue visto.

— Que no se adentren solos en el bosque. Si encuentran señales de combate, que marquen el lugar y regresen. No voy a perder más hombres intentando recuperar a uno sin saber qué le ocurrió.

Kael asintió, aunque su expresión se endureció.

Los dos sabíamos lo que significaba aquella orden. No era que el hombre desaparecido careciera de importancia. Era que, si enviábamos a un grupo entero sin información, podíamos convertir una desaparición de uno a cinco. La responsabilidad de un comandante consistía también en reconocer cuándo el valor se convertía en imprudencia.

Un movimiento cerca de las caballerizas me hizo volver la cabeza.

Elena salió entre dos mozos de cuadra, conduciendo un caballo castaño por las riendas. Llevaba ropa de viaje, botas altas y una capa oscura abrochada al cuello. Su cabello estaba recogido en una trenza y una bolsa de cuero cruzaba su hombro. No tenía aspecto de haber bajado al patio para despedir a nadie.

Me quedé inmóvil un instante.

Después avancé hacia ella.

— ¿Qué significa esto?

Elena miró primero mi espada, luego mi rostro.

— Que los caballos sirven para viajar y no solo para decorar las caballerizas.




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