La Maldición De Sicarias

Capitulo 11 | Kyrian ✔

El destacamento quedó atrás cuando el sol alcanzó las cumbres.

Dejé a treinta soldados al mando de un capitán de confianza para vigilar el puesto provisional, custodiar las provisiones que no necesitábamos transportar de inmediato y mantener despejada la ruta por la que habíamos llegado. No era un campamento para pasar la noche. Era un punto de apoyo, una posición desde la que podríamos recibir mensajes y garantizar que nuestra retirada, si llegaba a ser necesaria, no se convirtiera en una carrera desordenada.

Los demás continuamos hacia la frontera.

Quinientos hombres habían salido de la fortaleza, y no pensaba permitir que la primera dificultad del camino nos obligara a detener la marcha durante horas. La columna se reorganizó al abandonar la elevación. La caballería ligera tomó la delantera; los exploradores se distribuyeron por los flancos y la infantería avanzó detrás de los carros, manteniendo suficiente distancia para maniobrar si encontrábamos una emboscada.

Kael cabalgaba a mi derecha.

— El capitán ha entendido las instrucciones —me informó—. Mantendrá dos patrullas en movimiento y enviará un mensajero si observa señales de actividad en la garganta.

— Que no persiga a nadie. Si ve movimiento, lo observa y lo comunica.

— Ya se lo he dicho.

— Entonces asegúrate de que lo recuerde cuando crea tener la oportunidad de conseguir una victoria por su cuenta.

Kael me dirigió una mirada breve.

— No todos los hombres consideran que retirarse de una pelea sea una victoria.

— Por eso existen los comandantes.

El terreno descendía hacia un valle estrecho, cubierto de pinos y rocas oscuras. La humedad había vuelto resbaladizas las raíces que atravesaban el camino, y los carros avanzaban despacio para evitar que las ruedas se hundieran en el barro. A nuestra izquierda, las montañas se elevaban en una sucesión de paredes irregulares. La garganta oriental permanecía oculta detrás de una cresta, pero sabía que nos acercábamos a ella con cada tramo recorrido.

También sabía que doce jinetes debían habernos enviado noticias antes de que alcanzáramos aquel punto.

La patrulla había salido para comprobar el estado del paso y determinar si las huellas encontradas al norte conducían hacia una entrada de Monte Grim. No debían enfrentarse a nadie, internarse en las galerías ni separarse del grupo. Era una misión sencilla, siempre que los hombres obedecieran las órdenes y el terreno no escondiera algo que ninguno de nosotros hubiera previsto.

Miré hacia la vanguardia.

— ¿Cuánto falta para el último punto de observación? —pregunté.

Kael consultó el mapa que llevaba sujeto a la silla.

— Unos veinte minutos, quizá menos si el camino mejora.

— Cuando lleguemos, quiero el informe del mensajero. Si no ha regresado, enviaremos a otro hasta el límite de seguridad.

— ¿Y si tampoco encuentra a la patrulla?

— Entonces dejaremos de fingir que se trata de un retraso.

No añadí nada más.

Elena cabalgaba en la columna central, custodiada por los dos soldados que le había asignado. Desde que habíamos reanudado la marcha, apenas había hablado. Mantenía una mano sobre la bolsa de documentos y observaba las laderas cada vez que el camino se abría entre los árboles.

No me preocupaba su silencio. Me preocupaba la posibilidad de que las huellas condujeran a una entrada de la mina que nuestros mapas no registraban con precisión. Si alguien estaba utilizando aquella ruta para acercarse a la frontera, necesitaba saber quién era y qué buscaba antes de que nuestros soldados terminaran atrapados entre dos fuerzas enemigas.

El Fuego Negro no podía convertirse en una excusa para actuar sin pensar.

Tampoco podía permitirme ignorar la posibilidad de que alguien ya hubiera comenzado a buscarlo.

Un jinete apareció al otro lado de una curva. Era uno de los exploradores que habíamos dejado adelantados. Al reconocernos, levantó el brazo y esperó a que redujéramos la marcha.

— Majestad.

— Habla.

— El mensajero enviado al punto de observación todavía no ha regresado.

Mi mano se cerró alrededor de las riendas.

— ¿Cuánto tiempo lleva fuera?

— Casi una hora.

— ¿Y nadie ha visto regresar a los doce jinetes?

— No, majestad.

Kael maldijo en voz baja.

— ¿Qué hay del camino? —pregunté.

— Sin señales de una fuerza numerosa. Encontramos huellas recientes cerca del desvío, pero no hemos podido determinar si pertenecen a los mismos hombres que vimos esta mañana.

— ¿Se han internado en el bosque?

— No. Hemos respetado la orden.

Asentí.

— Regresa a la vanguardia. Nadie se separará de su unidad. Que los exploradores mantengan contacto visual siempre que el terreno lo permita.




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