A lo lejos, la montaña se alzaba inmóvil bajo la luz pálida del día. No había humo visible ni movimiento entre las rocas. La garganta parecía exactamente igual que una hora antes, cuando todavía creíamos que nuestros hombres se habían retrasado por culpa del terreno.
Pero once soldados estaban muertos.
Y el duodécimo había regresado convencido de que su antiguo compañero ya no era un hombre.
— ¿Viste a alguien más? —pregunté finalmente.
Teren asintió con lentitud.
— Cuando huía, miré hacia la abertura. Había otras figuras dentro. Dos, quizá tres. No pude distinguir sus rostros, pero sus ojos brillaban igual que los de Rovan.
Kael se volvió hacia mí.
— Majestad…
— Lo he oído.
No necesitaba que me explicara la gravedad de la situación. Si había más criaturas en aquellas galerías, enviar soldados a investigar sin saber cómo combatirlas sería condenarlos a muerte.
— Llevenlo con el médico —ordené—. Que le limpien la herida y lo mantengan vigilado. Nadie lo interrogará sin mi autorización.
Los hombres obedecieron.
Me volví hacia Kael.
— Envía un mensajero al destacamento que dejamos atrás. Quiero que refuercen la vigilancia, que mantengan las armas preparadas y que nadie salga del perímetro por una señal que no haya sido confirmada por dos hombres. Si ven algo en la garganta, lo comunicarán. No lo perseguirán.
— ¿Y la patrulla?
— Los once están muertos. No enviaremos a más hombres a recoger sus cuerpos hasta que sepamos qué hay allí.
Kael apretó los labios. No le gustaba la orden. A mí tampoco. Pero no iba a fingir que podía recuperar a los muertos sin poner en peligro a los vivos.
— ¿Continuamos hacia la frontera? —preguntó.
Miré el mapa.
Nuestra misión no había cambiado. La coalición seguía al otro lado de las montañas y las aldeas fronterizas continuaban expuestas. Si detenía a mis hombres para perseguir una amenaza desconocida dentro de una garganta estrecha, podía ofrecer al enemigo el tiempo que necesitaba para atacar por otro paso.
— Sí. La columna continuará por la ruta prevista. Reforzaremos la vanguardia y mantendremos a los exploradores a distancia suficiente para que puedan retirarse. Nadie se separará de su unidad. Si encontramos señales de esas criaturas en el camino, detendremos la marcha y evaluaremos el terreno antes de avanzar.
— Entendido.
— Y Kael…
Esperó.
— Quiero saber si la coalición conoce la existencia de esas cosas. Si están utilizando las galerías, necesito averiguar desde cuándo.
Su expresión se endureció.
— ¿Crees que las han creado?
— Creo que no tenemos pruebas para afirmar nada. No confundas una sospecha con una respuesta.
Monté de nuevo. Antes de que diera la orden de partir, advertí que Elena había abandonado la columna central y se acercaba acompañada por sus dos guardias. Había escuchado parte del informe. No parecía asustada, pero su rostro había perdido el color.
— ¿Era Rovan? —preguntó.
— Sí.
— ¿Y tenía los ojos negros?
La miré con atención.
— ¿Por qué lo preguntas?
— Porque los registros describen ese cambio.
Kael se volvió hacia ella.
— ¿Qué cambio?
Elena no apartó la mirada de mí.
— El Fuego Negro no se limita a quemar a quien lo toca. En ciertas circunstancias, consume al individuo desde dentro. Los documentos más antiguos mencionan alteraciones en los ojos, oscurecimiento de las venas y una pérdida progresiva de la capacidad para distinguir entre el dolor propio y el ajeno.
— Teren ha dicho que Rovan mató a once hombres —respondí—. También que devoró parte del cuerpo de uno de ellos. Quiero saber qué significa eso, no escuchar una descripción de un manuscrito.
— Entonces escucha. Los registros llaman Nobin a quienes sobreviven a esa transformación.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
— ¿Nobin? —repitió Kael.
— No son una especie distinta. Eran personas. Soldados, mineros, hombres y mujeres que estuvieron expuestos al Fuego Negro y terminaron consumidos por él. Algunos relatos afirman que conservan recuerdos y reconocen a quienes conocían. Otros dicen que solo queda una parte de su mente, suficiente para imitar el comportamiento humano y atraer a sus víctimas, son peligrosos, porque tienen una parte conciente e incluso algunos son imposible de identificar como nobins.
— ¿Y todos se convierten en asesinos? —pregunté.
— No todos los registros coinciden. Pero los que describen a los Nobin hablan de una violencia extrema, de una ausencia casi completa de remordimiento y de una necesidad de dominar a sus víctimas. Algunos matan para alimentarse. Otros lo hacen aunque no necesiten hacerlo.