La Maldición De Sicarias

Capitulo 14 | Kyrian ✔

El sol comenzó a descender cuando alcanzamos la bifurcación.

Desde allí podíamos continuar hacia el paso oriental o regresar por el camino que conducía al puesto provisional. Habíamos recorrido una distancia considerable y todavía no teníamos noticias de los dos exploradores que habían desaparecido tras escuchar el grito en la ladera.

Kael se acercó con el rostro sombrío.

— He enviado una señal a la vanguardia. No han encontrado a los exploradores. Tampoco hay movimiento visible en el camino del este.

— ¿Y el destacamento?

— Todavía no ha llegado ningún mensaje.

Miré hacia el oeste, donde las montañas ocultaban la elevación en la que habíamos dejado a los treinta soldados.

— ¿Cuánto tardaríamos en regresar?

— Si mantenemos el paso, menos de una hora.

— Regresaremos.

Kael frunció el ceño.

— ¿Y la frontera?

— No voy a continuar dejando una posición a nuestras espaldas sin saber qué ha ocurrido con los hombres que la custodian. Si el puesto ha sido atacado, necesitamos averiguarlo antes de seguir avanzando. Si no ha ocurrido nada, podremos reorganizarnos y decidir el siguiente movimiento con información suficiente.

— Entendido.

Di la orden de cambiar la ruta.

La columna giró con dificultad en el camino estrecho. Los carros necesitaron espacio para maniobrar y la caballería tuvo que reorganizarse antes de emprender el regreso. No era una retirada. Era una comprobación necesaria, y me aseguraría de que todos los oficiales lo entendieran así.

Mientras avanzábamos, no dejé de pensar en la conversación con Elena.

Su padre conocía los archivos de Monte Grim. Había enviado hombres hacia las concesiones del norte y buscaba unos recipientes antiguos que, según la carta, no debían caer en manos equivocadas. Si aquello guardaba relación con el Fuego Negro, entonces la amenaza no procedía únicamente de la coalición ni de los Nobin que se movían por las montañas.

Había personas que buscaban algo allí abajo.

Personas con ejércitos, recursos y razones para mentir.

Y una de ellas era el padre de la mujer que cabalgaba unos metros detrás de mí.

No podía acusarlo sin pruebas. Tampoco podía ignorar lo que Elena me había contado.

Al acercarnos a la elevación, noté que los exploradores de la retaguardia habían dejado de comunicarse con las señales habituales. El camino estaba demasiado silencioso. Ni siquiera se escuchaban los golpes de las herramientas de los soldados que debían estar reforzando las defensas del puesto.

Levanté el puño.

La columna se detuvo.

— ¿Qué ocurre? —preguntó Kael.

Señalé el camino.

— ¿Ves las aves?

Varias figuras negras levantaron el vuelo desde la elevación y desaparecieron entre los árboles.

Kael desenvainó la espada.

— No.

No había humo. No había voces. No se veía el estandarte que habíamos dejado junto a la entrada del puesto.

Y, sin embargo, el viento traía un olor que reconocí demasiado tarde.

Sangre.

— Formación defensiva —ordené—. Caballería a los flancos. Infantería detrás de los escudos. Nadie se acercará al puesto hasta que los exploradores hayan revisado el perímetro.

Los hombres obedecieron sin preguntar.

Dos exploradores avanzaron por el camino, manteniéndose cerca de los árboles. Los vimos desaparecer tras la primera roca. Uno levantó el brazo para indicar que no observaba movimiento; el otro continuó hasta el punto desde el que podía ver la entrada.

Entonces regresó corriendo.

No necesitó hablar para que comprendiera que algo iba mal.

— Majestad…

Se detuvo frente a mí, pálido.

— El puesto ha sido atacado.

Desenvainé la espada.

— ¿Cuántos enemigos?

El hombre tragó saliva.

— No lo sabemos. No hemos visto a ninguno.

— ¿Y nuestros soldados?

Bajó la mirada.

— Están muertos.

Durante un instante, todo lo que me rodeaba pareció quedar inmóvil.

Treinta hombres. Treinta soldados que había dejado allí para custodiar una posición segura mientras el resto del ejército continuaba hacia la frontera. Había elegido a su capitán personalmente. Les había dado órdenes claras, suficientes provisiones y una ruta para retirarse si la situación se volvía insostenible.

No había sido suficiente.

— Avanzaremos en formación —dije—. Nadie tocará los cuerpos ni abandonará su puesto. Quiero revisar el lugar antes de que caiga la noche.




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