La Maldición De Sicarias

Capitulo 16 | Kyrian ✔

Kyrian

El camino de regreso a Sicarias fué silencioso

Llevábamos horas avanzando entre las montañas, siguiendo una ruta que los exploradores habían revisado dos veces antes de permitir que el resto de la columna continuara. Nadie se apartaba de su formación. Los soldados mantenían las manos cerca de sus armas y los oficiales hablaban en voz baja, como si temieran que las montañas pudieran escuchar sus conversaciones y utilizar nuestras palabras en nuestra contra.

No los culpaba.

Habíamos partido de Sicarias para asegurar la frontera, comprobar los movimientos de la coalición y proteger nuestros territorios. Regresábamos con 41 y quizás más hombres muertos, una operación clandestina vinculada a Monte Grim y un documento que señalaba a las Altas Cumbres.

Una expedición miserablemente productiva.

Me acomodé sobre la silla de montar, intentando ignorar la rigidez que se había instalado entre mis hombros. Llevaba demasiadas horas a caballo y no había dormido nada desde que abandonamos el puesto militar. El cansancio empezaba a cobrarme su precio, pero no era eso lo que me mantenía despierto.

Era el sello.

Tres líneas convergentes bajo la silueta de una corona montañosa.

El emblema de las Altas Cumbres.

Lo había visto en tratados, cartas diplomáticas y documentos que Elena había firmado durante las negociaciones matrimoniales. Conocía su forma, sus trazos y hasta las pequeñas irregularidades de la corona grabada en la cera.

No podía afirmar que el padre de Elena hubiera ordenado la operación. La marca podía pertenecer a una unidad que actuaba sin su consentimiento, a un funcionario que utilizaba su autoridad o a alguien que pretendía incriminarlo.

Pero treinta hombres habían muerto en un puesto de Sicarias y otros 11 a manos de un hombre que no tenia ni conciencia.

Y peor aún alguien había considerado que sus vidas valían menos que los secretos enterrados bajo Monte Grim.

No necesitaba una explicación inmediata. Necesitaba pruebas.

— Majestad.

Kael apareció a mi izquierda, acercando su caballo al mío. Tenía el rostro endurecido por el frío y una mancha de barro seco en la mejilla.

— Los exploradores han revisado el siguiente tramo. El camino está despejado hasta el desfiladero. No han encontrado señales recientes de una emboscada.

— ¿Y los rastros que vimos esta mañana?

— Desaparecen cerca del río. La lluvia ha borrado parte de las huellas, pero uno de los exploradores cree que al menos cuatro jinetes abandonaron el camino principal antes de nuestra llegada al puesto.

— ¿En dirección a Monte Grim?

— No puede asegurarlo.

Miré las cumbres que se alzaban al norte. Las nubes ocultaban sus picos y la luz gris de la tarde apenas conseguía atravesar la niebla.

— Que nadie les siga el rastro, no perderé más hombre. No quiero que se acerquen a las galerías ni vayan a la columna. Si visualizan algo, será de la zona segura y regresarán con la información. No con una persecución.

— Entendido.

Kael no se marchó inmediatamente.

Lo conocía demasiado bien para ignorar aquella vacilación.

— Habla.

— Los hombres están inquietos.

— Han encontrado a treinta compañeros muertos, un jinete regresó con la noticia de que un compañero se habia comido a los otros once. Sería preocupante que estuvieran tranquilos.

— No me refiero únicamente a eso. Algunos han escuchado que la orden recuperada en el puesto llevaba el sello de las Altas Cumbres.

Mi mandíbula se tensó.

— ¿Quién se los ha dicho?

— No lo sé. La información circula entre los oficiales desde que abandonamos el campamento.

Por supuesto.

En un ejército, un secreto no era más que una noticia esperando encontrar al hombre adecuado para convertirse en un problema.

— Nadie tiene autorización para discutir documentos bajo custodia real —dije—. Quiero que los oficiales recuerden esa orden a sus unidades. No habrá acusaciones ni rumores sobre las Altas Cumbres hasta que sepamos quién emitió ese mandato.

Kael asintió.

— ¿Y si los hombres preguntan si podemos confiar en nuestros aliados, en la princesa Elena?

Volví la mirada hacia él.

— Diles que todavía no sabemos quién es nuestro aliado y que aún no podemos culpar a Elena.

Su expresión cambió apenas.

— Eso no va a tranquilizarlos.

— No es su trabajo sentirse tranquilos. Es su trabajo mantener la formación y regresar vivos a Sicarias.

Kael inclinó la cabeza y se adelantó para transmitir las órdenes.

Lo observé alejarse antes de dirigir la mirada hacia la columna central.

Elena cabalgaba entre dos guardias, tal como había dispuesto antes de partir. Llevaba la capucha echada sobre la cabeza y las manos protegidas por unos guantes oscuros. La bolsa de cuero con los documentos de los custodios descansaba contra su costado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.