La Maldición De Sicarias

Capitulo 17 | Kyrian ✔

Cuando llegamos al puesto de vigilancia, el capitán de la guarnición salió a recibirnos. Era un hombre de mediana edad, con el cabello entrecano y una cicatriz que le cruzaba la barbilla.

Se arrodilló ante mi caballo.

— Majestad. Hemos recibido su mensaje. La fortaleza ha sido informada de su regreso.

— ¿Cuándo llegó el mensajero?

— Esta mañana.

Fruncí el ceño.

Nuestro mensajero había partido del puesto militar después de nosotros, con una ventaja de varias horas.

— ¿Y quién recibió el mensaje?

— Lord Vane, majestad. El consejo ha ordenado preparar una sesión extraordinaria para cuando regrese.

Por supuesto que sí.

— ¿Qué más?

El capitán vaciló.

Fue apenas un segundo, pero lo advertí.

— Ha habido movimiento en la capital. Algunos representantes de las casas nobles han solicitado una audiencia con la corona. También han llegado emisarios extranjeros.

— ¿De qué reino?

— Todavía no se ha confirmado su procedencia. Viajaban sin estandartes y solicitaron entrar en la ciudad bajo protección diplomática.

Miré a Kael.

Él compartió mi desconfianza.

— ¿Dónde están ahora? —pregunté.

— En la fortaleza, majestad. Lord Vane autorizó su alojamiento provisional.

Sentí que la irritación me recorría lentamente.

— ¿Autorizó la entrada de emisarios sin identificar su procedencia?

— Aseguró que presentaron documentos válidos.

— ¿Y los documentos fueron verificados?

El capitán bajó la mirada.

Aquello respondió a mi pregunta.

— Quiero una copia de todos los registros de entrada de los últimos tres días. También quiero los nombres de los guardias que autorizaron el acceso y una lista de los aposentos que se les asignaron.

— Así se hará.

— Y, capitán…

El hombre volvió a mirarme.

— Hasta que yo llegue a la fortaleza, nadie entrará ni saldrá de la ciudad sin que se registre su identidad, su procedencia y el motivo de su viaje. Si alguien se opone, que me envíe su nombre.

— Entendido, majestad.

Reanudamos la marcha.

No sabía quiénes eran aquellos emisarios, pero su llegada coincidía demasiado bien con nuestros descubrimientos. Quizá se trataba de una delegación comercial. Quizá algún reino vecino había decidido aprovechar la inestabilidad de la frontera para negociar mejores condiciones.

O quizá alguien sabía que habíamos encontrado la orden.

Y quería asegurarse de que no viviéramos lo suficiente para comprenderla.

Me giré hacia Kael.

— Duplica la vigilancia de la columna. Nadie debe acercarse a los documentos sin mi autorización. Cuando lleguemos, quiero que los guardes en la cámara de seguridad del archivo real.

— ¿También la orden?

— Especialmente la orden.

Kael asintió.

— ¿Y la princesa?

Miré hacia Elena.

Cabalgaba unos metros por delante, mirando el cielo y su alrededor—La princesa se alojará en sus aposentos y conservará sus propios documentos —respondí—. Nadie registrará sus pertenencias sin mi autorización.

Kael pareció sorprendido.

— Como ordene, majestad.

Lo miré de reojo.

— Estás aprendiendo a mentir demasiado bien.

— Llevo años sirviéndole, majestad. Algo tenía que aprender.

Por primera vez en todo el día, estuve a punto de sonreír.

No lo hice.

La fortaleza de Sicarias apareció en el horizonte,

Sus murallas se alzaban sobre la colina, oscuras y sólidas, con las torres recortadas contra un cielo que empezaba a teñirse de violeta. Desde la distancia, las ventanas iluminadas parecían pequeñas brasas en medio de la piedra.

Conocía cada torre, cada almena y cada puerta de aquel lugar.

Había crecido entre aquellas murallas. Había aprendido a luchar en sus patios y a gobernar en sus salones. Había enterrado a mi padre después de una guerra y prometido que jamás permitiría que Sicarias volviera a quedar indefensa.

Y, aun así, mientras contemplaba la fortaleza, tuve la incómoda sensación de que estábamos regresando a un lugar que ya no nos pertenecía del todo.

Las puertas se abrieron cuando nos aproximamos.

Los guardias golpearon sus lanzas contra el suelo en señal de saludo. Los soldados de la columna respondieron con un murmullo cansado, y los carros comenzaron a cruzar el puente levadizo.




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