La primera semana de Elena en la fortaleza de Sicarias fue una lección constante de guerra psicológica.
No intentó escapar, no organizó revueltas y jamás alzó la voz ante los sirvientes. Para mi absoluta frustración, hizo algo peor: actuó como si el castillo le perteneciera por derecho de nacimiento. En apenas seis días, había cambiado los horarios del entrenamiento de la guardia de su comitiva, reorganizado la biblioteca del ala oeste y rechazado tajantemente tres de los vestidos que los sastres del palacio le habían confeccionado por orden de la corona, devolviéndolos con una nota helada que decía: «Demasiado encaje».
Me encontraba en la armería del patio central, puliendo la hoja de mi mandoble con un trapo impregnado en aceite. El olor a metal frotado y carbón solía despejarme la mente, pero esa mañana el golpeteo repetitivo de los cascos de los caballos en el patio me mantenía en alerta.
— Lord Kyrian —la voz de Mirai resonó a mi espalda, acompañada por el eco de sus pasos apresurados sobre la piedra—. Tenemos un problema en las caballerizas.
— Si es Vane quejándose de nuevo por el coste del heno, dile que se tire al foso —respondí sin levantar la vista de la espada.
— No es Vane. Es la señorita Elena. Acaba de exigir que le preparen a Sombra.
Dejé de frotar la hoja. Levanté la mirada lentamente hacia la consejera.
— ¿Sombra? ¿Mi semental de combate?
— El mismo —asintió Mirai con una leve curva en los labios que denotaba que, muy en el fondo, disfrutaba viendo cómo esa mujer quebraba mi compostura—. El jefe de establos le explicó cordialmente que ese caballo solo responde a usted y que ha tirado a tres escuderos este mes. Ella respondió que los escuderos de Sicarias no saben montar y procedió a ensillarlo ella misma.
Tiré el trapo al suelo y dejé la espada sobre la mesa de trabajo con un golpe seco.
Si esa mujer pretendía poner a prueba mi paciencia, iba a descubrir que no era precisamente un recurso inagotable.
Caminé hacia las caballerizas a pasos agigantados. La furia me quemaba el pecho. Crucé el arco de piedra del establo justo a tiempo para presenciar la escena: Sombra, un enorme pura sangre negro como la noche, sacudía la cabeza con violencia, bufando y pateando la paja. Elena estaba a su lado, vestida con pantalones de cuero oscuro para montar, una camisa blanca de lino floja y botas altas.
Tenía una mano firme sobre la brida y la otra acariciándole el cuello con una presión calculada, hablándole al oído en un idioma bajo y gutural que no reconocí.
El caballo, que normalmente habría pateado a cualquiera que se le acercara sin mi presencia, dejó de sacudirse.
Perfecto.
Hasta mi propio caballo había decidido traicionarme.
—¿Te gusta tentar a la muerte, Elena?, ¿o solo disfrutas destruir la poca paz que queda en mi castillo? —alcé la voz, deteniéndome a unos pasos de ella.
Elena no se sobresaltó. Le dio una última palmada en el cuello al animal antes de girarse hacia mí. Su cabello oscuro estaba sujeto en una trenza floja que caía sobre uno de sus hombros, dejando al descubierto la curva de su garganta. Estaba acalorada; una fina capa de sudor le brillaba en las sienes y sus mejillas tenían un leve tinte rosado.
Se vé horrible.
Estaba ignorado deliberadamente mis órdenes a pesar de conocer perfectamente las consecuencias.
— Este animal estaba sofocado en su celda porque tus mozos tienen miedo de ejercitarlo —contestó, ajustando la cincha de la montura con una habilidad que no esperaba de una noble de un reinecillo tan mediocre—. Y no es tu propiedad, Kyrian. Es un ser vivo. Solo necesitaba a alguien que supiera sostener las riendas sin temblar.
— Ese caballo mató a un soldado en la frontera del sur el año pasado —dije, acortando la distancia entre ambos hasta quedar al lado de la montura—. No es una criatura indefensa a las que puedes acariciar hasta que te obedezcan. Es una bestia de guerra.
— Entonces nos entenderemos de maravilla —. dijo subiéndose al caballo
Apreté la mandíbula.
— Baja de ahí.
— No.
La palabra fue tan sencilla que tardé un instante en procesarla.
— ¿Qué acabas de decir?
— Que no.
Se volvió hacia mí, sosteniendo la rienda con una mano.
— No sabía que la corona de Sicarias también te había otorgado autoridad sobre las palabras que salen de mi boca. ¿Hay algo más que quieras controlar? ¿Mi respiración? ¿La cantidad de veces que parpadeo? Sería conveniente que me entregaras una lista antes de la boda.
Uno de los mozos bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Lo vi.
Y Elena también.
— Fuera todos —ordené.
Los hombres abandonaron las caballerizas a toda prisa. Mirai, que había aparecido en la entrada, tuvo la sensatez de no intervenir.
Esperé hasta quedarnos solos.
— Estás en mi reino —dije, pronunciando cada palabra con una calma que no sentía—. Bajo mi techo. En mis tierras. Y montando mi caballo de guerra sin permiso.