La Maldición Del Rey

Capitulo 3 | Kyrian ✔

Cuando finalmente logré salir, utilizando unas raíces expuestas y cada gramo de fuerza que me quedaba, tenía las manos ensangrentadas y la ropa cubierta de barro. Sombra había regresado al sendero y me esperaba a pocos metros, resoplando con inquietud.

Me aferré a la silla para mantenerme en pie.

Mi costado ardía. El hombro apenas me permitía mover el brazo y aún sentía un dolor punzante en el pie.

Y para terminar de arruinarme el día Elena había conseguido que, por primera vez desde que tomé la corona, deseara hacer daño a alguien no por una razón estratégica, ni por una amenaza contra mi reino, sino por una cuestión completamente personal.

Quería verla perder aquella sonrisa, quería que sintiera la misma impotencia que yo había sentido en el fondo de aquella zanja y cuando llegara el momento, me aseguraría de que recordara exactamente a quién había humillado.

♕♕♕

Regresé a la fortaleza al anochecer, con el orgullo destrozado y el cuerpo lo suficientemente dolorido como para hacerme rechinar los dientes cada vez que Sombra daba un paso demasiado brusco.

No permití que los mozos me ayudaran a desmontar y tampoco permití que nadie preguntara por qué tenía barro hasta en el cabello.

El primero que se atrevió a abrir la boca fue un guardia joven que se encontraba junto a la entrada.

— Mi señor, ¿ha ocurrido algo?

Lo miré.

El muchacho palideció.

— No —respondí—. Pero si vuelves a hacerme esa pregunta, te enviaré a limpiar las letrinas durante el resto de tu miserable vida.

Se apartó de inmediato.

Atravesé el patio con la intención de encerrarme en mis aposentos, vendarme el hombro y decidir cuál sería la manera más apropiada de hacerle pagar a Elena su comportamiento.

No llegué muy lejos.

La encontré en las escaleras que conducían al ala oeste.

Estaba impecable.

Se había cambiado la camisa por una blusa de color marfil, llevaba el cabello recogido y sostenía un libro bajo el brazo. Parecía que no hubiera pasado la última hora abandonando a un hombre en una zanja.

A su lado, dos de sus guardias aguardaban instrucciones.

Cuando me vio, sus ojos descendieron lentamente hasta mi ropa embarrada.

Después miró mi hombro.

Y sonrió.

— Vaya. Has sobrevivido.

Me detuve frente a ella.

— Qué decepción para ti.

— No te imaginas cuánto.

Uno de sus guardias apartó la mirada. El otro fingió un interés repentino por una de las columnas.

Elena cerró el libro con un golpe suave.

— Debo reconocer que esperaba una entrada más dramática. Quizá un grupo de soldados cargándote sobre una camilla, mientras los médicos lloraban por tu estado. Aunque, ahora que lo pienso, seguramente habrías amenazado con ejecutar a todos los presentes antes de admitir que te duele algo.

— ¿Has terminado?

— Todavía no. Quería preguntarte si piensas cerrar el sendero. Sería una pena que otro miembro de la familia real acabara en el mismo agujero.

Di un paso hacia ella.

Sus guardias se tensaron al instante.

— Escúchame bien, Elena. Puedes burlarte todo lo que quieras. Puedes cuestionar mis decisiones, desafiar mis órdenes y convertir cada maldito día de mi vida en un infierno. Pero si vuelves a poner en peligro mi vida deliberadamente, te aseguro que descubrirás hasta dónde llega mi paciencia.

La sonrisa desapareció de sus labios.

Por un instante, creí que finalmente había comprendido la gravedad de lo que había hecho.

Entonces alzó la barbilla.

— ¿Poner en peligro tu vida? Tú tomaste la decisión de seguirme. Yo no te obligué a perseguirme por el sendero como un perro rabioso.

— Te advertí que el sendero era peligroso.

— Y yo te advertí que no me dieras órdenes.

— ¡Te dije que había una zanja oculta!

— Y yo supuse que un rey que presume de conocer cada rincón de sus tierras sería capaz de evitarla.

Sentí cómo el hombro me palpitaba con violencia.

— Podría haber muerto.

— Pero no lo hiciste.

Pronunció aquellas palabras con una indiferencia tan absoluta que, durante un segundo, me quedé sin habla.

Elena aprovechó mi silencio.

— Y, si me permites un consejo, la próxima vez que decidas perseguir a una mujer que no quiere tener nada que ver contigo, procura mirar por dónde vas.

Se dio la vuelta.

— No vaya a ser que te vuelvas a caer

Me obligué a no responder.

Ella volvió el rostro por encima del hombro.




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