La noche cayó sobre Sicarias sin conseguir apagar el ruido de la guerra que se aproximaba. Desde mis aposentos podía escuchar a los soldados cruzando el patio, el rechinar de las ruedas de los carros de suministros y las órdenes de los capitanes que se preparaban para marchar al amanecer. Cada sonido me recordaba que, en unas pocas horas, estaría al frente de quinientos hombres, enfrentándome a un enemigo que conocía nuestras debilidades mejor de lo que me gustaba admitir.
Debería haber estado revisando los últimos informes de Kael. En cambio, llevaba casi media hora mirando el mismo punto del mapa sin conseguir concentrarme.
Todo por culpa de Elena.
La maldita mujer había conseguido meterse en mi cabeza durante la reunión del consejo, después en la sala de entrenamiento y, por alguna razón que me irritaba todavía más, seguía allí incluso cuando ya no tenía delante su rostro insoportable. Podía recordar perfectamente la expresión que había puesto al descubrir que conocía el terreno mejor que mis propios generales. También la manera en que había apretado la mandíbula cuando le ordené que se quedara en el castillo.
Y, sobre todo, recordaba sus últimas palabras.
Si mueres en esa frontera, no te preocupes. Prometo organizarte un funeral precioso.
Solté una risa seca y dejé la pluma sobre la mesa.
— Maldita sea, Elena.
— ¿Se refiere al mapa, mi señor?
Levanté la cabeza. Kael estaba junto a la puerta, con un pergamino enrollado entre los dedos y la expresión cautelosa de un hombre que acababa de escuchar algo que prefería no comentar.
— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
— Lo suficiente para saber que el mapa no tiene la culpa de nada.
Lo miré fijamente.
— Empiezo a comprender por qué tantos generales mueren jóvenes.
Kael sonrió, aunque tuvo la prudencia de hacerlo mirando hacia otro lado. Se acercó a la mesa y extendió el informe que llevaba consigo. Durante los siguientes minutos hablamos de las posiciones enemigas, de los suministros y de los exploradores que regresarían antes del amanecer. Todo lo que debía ocupar mis pensamientos estaba allí, perfectamente ordenado sobre el pergamino.
Sin embargo, cuando Kael terminó de explicar las últimas novedades, cometí el error de hacer una pregunta que no tenía ninguna relación con la guerra.
— ¿Sabes dónde está Elena?
Mi general alzó lentamente la mirada.
— ¿La princesa?
— No, Kael. El fantasma de mi abuela. Por supuesto que me refiero a la princesa.
— La vi salir de la biblioteca hace un rato. Creo que se dirigía al ala este.
Asentí, fingiendo que aquella información me resultaba completamente indiferente.
— Bien. Puedes retirarte.
Kael recogió los documentos sobrantes, pero se detuvo antes de llegar a la puerta.
— Mi señor, si me permite una observación…
— No.
— Ni siquiera la he hecho.
— Y quiero que sigas conservando esa costumbre.
El general inclinó la cabeza, aunque la sonrisa que intentaba ocultar me indicó que no pensaba obedecer del todo.
— Solo iba a decir que la princesa parece conocer bastante bien las rutas del norte. Tal vez convendría escucharla antes de salir.
— Ya la escuché.
— Entonces todo está en orden.
— Kael.
— Mi señor.
— Lárgate.
Esta vez sí se marchó, cerrando la puerta con una rapidez sospechosa.
Me quedé solo con el mapa, las velas y una irritación que empezaba a parecerme ridícula. Elena no era asunto mío más allá de lo que exigía nuestra alianza. Era una princesa extranjera, mi futura esposa por razones políticas y una mujer con una habilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación en una disputa. No tenía por qué saber dónde estaba, qué hacía ni si había cenado.
Mucho menos tenía por qué importarme.
Me serví una copa de vino y bebí un trago largo. El líquido me calentó la garganta, pero no consiguió mejorar mi humor. Afuera, los preparativos continuaban. Pensé en los hombres que marcharían conmigo, en las aldeas destruidas y en la posibilidad de que la coalición estuviera preparando una emboscada en el río. Había demasiadas vidas dependiendo de mis decisiones como para perder el tiempo pensando en una mujer que parecía disfrutar poniéndolas a prueba.
Volví al mapa.
Cinco minutos después, cerré los ojos con fastidio.
No podía seguir así.
Tomé la copa y salí de mis aposentos, diciéndome que solo necesitaba caminar un poco antes de volver al trabajo. No buscaba a Elena. Si terminaba encontrándomela, sería una coincidencia desafortunada, nada más.
El corredor estaba casi vacío. Las antorchas iluminaban las paredes de piedra y, a lo lejos, llegaban las voces amortiguadas de los sirvientes que preparaban las últimas provisiones para la marcha. Pasé junto a la biblioteca, recorrí el ala este y estuve a punto de regresar cuando escuché una voz procedente de una galería lateral.