La Maldición Del Rey

Capitulo 7 | Kyrian ✔

La estancia estaba iluminada por dos lámparas de aceite. Había estanterías hasta el techo, un escritorio cubierto de libros y una mesa estrecha junto a la ventana. Elena se acercó a uno de los armarios y comenzó a buscar entre varios pergaminos, como si hubiera olvidado por completo que minutos antes había estado a punto de dejarme solo en el corredor.

— La ruta de los contrabandistas no aparece en los mapas oficiales —explicó—. Mi padre ordenó que se retirara de los registros hace años, después de que varios comerciantes empezaran a utilizarla para evadir los peajes de las montañas.

— ¿Y tú cómo la conoces?

— Porque no todos los mapas útiles están guardados donde los generales esperan encontrarlos.

Sacó un pergamino envejecido y lo extendió sobre la mesa. Me acerqué para observarlo. La tinta estaba descolorida, pero las líneas de los pasos montañosos seguían siendo visibles. Elena señaló un tramo estrecho que bordeaba el río y después otro que ascendía hacia una garganta cubierta de pinos.

— Si la coalición conoce este camino, puede dividir sus fuerzas sin que nuestros exploradores lo adviertan a tiempo. Pero el terreno tiene una desventaja: en esta época del año, las lluvias vuelven inestable la ladera oriental.

Me incliné sobre el mapa. Ella se colocó a mi lado y señaló una marca apenas visible cerca de la garganta.

— Aquí. Si consigues mantener una pequeña unidad oculta en este punto, podrás observar el paso sin revelar su posición. Pero no envíes demasiados hombres. El terreno no permite una retirada rápida.

Estudié la ruta y luego la miré.

— ¿Por qué no mencionaste esto en la sala de mapas?

— Porque no tenía el documento conmigo y no iba a pedirte que confiaras en mi palabra cuando podía demostrarlo.

No supe qué responder.

Elena volvió a inclinarse sobre el pergamino. Un mechón de cabello se deslizó sobre su mejilla y ella intentó apartarlo sin dejar de señalar el mapa. El gesto era tan cotidiano, tan ajeno a la mujer que había pasado el día entero desafiándome, que me sorprendí observándola más tiempo del necesario.

— ¿Qué? —preguntó sin levantar la cabeza.

Aparté la mirada hacia el pergamino.

— Nada.

— Llevas un rato mirándome.

— Estoy intentando comprender cómo puedes ser tan insoportable y, al mismo tiempo, resultar útil.

Elena alzó la cabeza despacio.

— Y yo estoy intentando comprender cómo puedes ser tan arrogante y, al mismo tiempo, tener la capacidad de escuchar una explicación sin interrumpirla. Parece que ambos estamos descubriendo cosas nuevas esta noche.

— No te acostumbres.

— No pensaba hacerlo.

Su boca se curvó en una sonrisa pequeña, casi involuntaria. Fue tan breve que podría haber imaginado que había ocurrido.

Pero la vi.

Y ella debió de advertir que la había visto, porque su expresión cambió enseguida. Se apartó de la mesa y comenzó a enrollar el pergamino con más brusquedad de la necesaria.

— Ya tienes la información que necesitabas. Será mejor que regreses a tus aposentos.

— ¿Me estás echando?

— No. Estoy sugiriendo que te vayas antes de que el vino termine de destruir lo poco que queda de tu sentido común.

Miré la copa que había dejado junto a la puerta.

— He bebido dos copas, Elena. No estoy borracho.

— No recuerdo haberte preguntado.

— Y tú no tienes por qué preocuparte por mí.

—Créeme, no lo hago.

Lo dijo demasiado rápido.

La miré con una sonrisa que no pude evitar.

— Por supuesto que no.

— No sonrías así.

— ¿Así cómo?

— Como si creyeras haber descubierto algo interesante.

— Tal vez lo haya hecho.

Elena dejó el pergamino sobre la mesa y cruzó los brazos.

— Te lo advierto, Kyrian. No estoy de humor para otra de tus provocaciones.

— Qué curioso. Hace unos minutos parecías bastante dispuesta a provocarme.

— Porque eres extraordinariamente fácil de provocar.

— Y tú eres extraordinariamente fácil de enfadar.

— Entonces será mejor que te marches antes de que compruebes cuánto.

No me moví.

Ella tampoco.

La tensión regresó poco a poco, instalándose entre nosotros como una tercera presencia. Ya no era la rabia abierta de la sala de mapas ni la herida que habíamos dejado expuesta en el corredor. Era algo más silencioso, más difícil de nombrar y, por eso mismo, mucho más peligroso.

Estábamos demasiado cerca de la mesa para fingir que solo nos interesaban los pergaminos. La luz de las lámparas dibujaba sombras suaves sobre su rostro y hacía que sus ojos parecieran más oscuros. Podía distinguir la pequeña marca que tenía junto a la ceja, una cicatriz fina que no había notado durante el día. Me pregunté cómo se la habría hecho. Me pregunté demasiadas cosas.




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