Nuestros labios quedaron a una respiración de distancia.
Elena seguía mirándome.
No había cerrado los ojos. No había bajado la cabeza ni retrocedido. Me sostenía la mirada con esa maldita obstinación suya, como si incluso en aquella situación estuviera dispuesta a desafiarme a que cometiera el primer error.
Y eso, precisamente, fue lo que terminó de convencerme.
No iba a darle el gusto.
No iba a permitir que aquella mujer creyera, ni por un solo instante, que tenía algún poder sobre mí.
Incliné un poco más la cabeza.
Elena se quedó inmóvil y por primera vez desde que la conocía, no tuvo una respuesta preparada. No soltó uno de sus comentarios insolentes ni encontró la manera de convertir la situación en otra discusión. Sus ojos se movieron de los míos a mi boca, y aquel pequeño gesto fue suficiente para que una sonrisa comenzara a formarse en mi rostro.
Ahí estaba.
La princesa de las Altas Cumbres, la mujer que preferiría arrancarse la lengua antes que admitir que se había equivocado, había perdido las palabras.
Qué espectáculo tan extraordinario.
— ¿Qué sucede, princesa? —murmuré.
Su expresión se endureció inmediatamente.
— Como vuelvas a llamarme así con ese tono, te juro que...
— ¿Qué harás? —pregunté, acercándome apenas un poco más—. ¿Golpearme?
— Podría.
— Lo sé. Tienes una imaginación admirable cuando se trata de amenazarme.
— Y tú tienes una habilidad extraordinaria para seguir respirando cuando deberías aprender a callarte.
Solté una risa baja.
Seguía siendo ella. Malhumorada, insolente y absolutamente incapaz de reconocer cuándo debía guardar silencio.
Sin embargo, no se había apartado y yo todavía no había terminado.
Levanté la mano y aparté de su rostro un mechón que ni siquiera necesitaba apartar. Fue un gesto deliberado, calculado hasta el último movimiento. Quería comprobar cuánto tardaría en comprender que aquella cercanía no significaba nada.
— Dime algo, Elena.
— Preferiría que te ahogaras con tu propia lengua.
— Qué romántico.
Su mirada se volvió asesina.
— ¿Acabas de llamarme romántica?
— No. He dicho que tu deseo de verme muerto resulta conmovedor.
— Puedo hacer que deje de ser un deseo.
— Estoy seguro.
Me incliné de nuevo.
Esta vez, Elena dejó de hablar.
Su respiración se detuvo durante una fracción de segundo. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa y su barbilla se elevó, como si se negara a concederme la satisfacción de verla vacilar.
No había ternura en aquello. Tampoco había confianza.
Solo dos personas que se detestaban demasiado como para soportar la posibilidad de que la otra creyera haber ganado.
Y yo estaba a punto de ganar.
— ¿Sabes cuál es tu problema? —susurré.
— Que no te he empujado por una ventana cuando tuve la oportunidad.
Sonreí.
— No. Tu problema es que te crees capaz de intimidarme.
— No necesito intimidarte. Eres perfectamente capaz de hacer el ridículo por tu cuenta.
Aquello me recordó la zanja.
El barro
El dolor punzante de mi hombro.
Y, sobre todo, su risa mientras se alejaba, dejándome allí como si yo fuera un campesino borracho y no el hombre que gobernaba Sicarias.
Mi sonrisa se ensanchó.
Ah, princesa.
Acababas de darme una idea.
— Tienes razón —dije.
Elena parpadeó.
— ¿Perdón?
— He dicho que tienes razón.
Me aparté de ella de golpe, como si acabara de recordar algo extraordinariamente divertido. Después recogí el pergamino de la mesa, lo enrollé con una tranquilidad deliberada y lo dejé bajo mi brazo.
Elena me observó, desconcertada.
— ¿Qué demonios estás haciendo?
— Marchándome. ¿No era eso lo que llevabas varios minutos exigiendo?
— Hace un momento estabas...
Se interrumpió.
Y entonces lo comprendió.
No del todo, todavía. Pero vi cómo sus ojos se estrechaban, cómo su expresión comenzaba a transformarse y cómo la sospecha sustituía a la incertidumbre.
No pude contener la carcajada.
— Por todos Sicarias —murmuré—. No me digas que realmente creíste que iba a besarte.