Me dije que Elena podía marcharse al otro extremo del castillo y no volver a dirigirle la palabra. Que, a partir de aquella noche, la trataría con la distancia que correspondía a una alianza política. Nada de discusiones innecesarias. Nada de provocaciones. Nada de permitir que una mujer incapaz de mantener la boca cerrada alterara mis decisiones.
Regresé a mis aposentos.
No conseguí trabajar.
Cada vez que bajaba la mirada hacia los mapas, escuchaba su voz.
Apreté la mandíbula y aparté el pergamino de un manotazo. No tenía tiempo para recordar una discusión estúpida, mucho menos para repetir mentalmente palabras de una princesa que parecía haber nacido con el único propósito de poner a prueba mi paciencia.
Me serví otra copa, aunque apenas bebí la mitad. El vino me pesaba en el estómago y la cabeza empezaba a latirme con una intensidad molesta. Cerré los informes, aparté los pergaminos y me acerqué al ventanal.
Desde allí podía ver las antorchas del patio y las siluetas de los hombres que se preparaban para abandonar la fortaleza en unos minutos. Algunos ajustaban las correas de sus armaduras; otros cargaban provisiones en los carros. Los herreros trabajaban bajo la luz de sus hornos, reparando las últimas piezas de metal que se habían agrietado durante los entrenamientos. En las caballerizas, los animales pateaban el suelo, inquietos por el movimiento que recorría la fortaleza.
Quinientos hombres.
Quinientos hombres que abandonarían sus hogares porque yo se lo ordenaba. Algunos regresarían con heridas. Otros no regresarían jamás.
Esa era la realidad que importaba.
No la princesa de las Altas Cumbres. No su orgullo ni el mío. Mucho menos la irritación que me provocaba cada vez que abría la boca.
Si fracasaba, no sería Elena quien pagara el precio. Serían las familias de los soldados, los campesinos que dependían de las rutas comerciales y los habitantes de las aldeas fronterizas que llevaban semanas durmiendo con las puertas atrancadas.
Mi reino no podía permitirse que yo cometiera errores por asuntos personales.
Y, sin embargo, allí estaba, perdiendo el tiempo.
— Maldita sea —murmuré.
Dejé la copa sobre el alféizar y me pasé una mano por la cara. Después recogí el informe de Kael y volví a la mesa. Leí la distribución de las tropas enemigas, revisé las cifras de nuestros suministros y marqué con tinta roja los puntos donde la coalición del norte podría intentar abrirse paso.
Había pasado buena parte de mi vida aprendiendo a reconocer los puntos débiles de mis enemigos. En el campo de batalla, esa capacidad me había salvado la vida más veces de las que podía contar. Sabía dónde golpear, cuándo presionar y qué palabras utilizar para hacer que un hombre perdiera la paciencia y cometiera un error.
Pero me hizo pensar en el rostro de Elena cuando mencioné a su padre y a Elizabet. Había esperado que respondiera con otra de sus burlas, que me insultara o que intentara demostrar que mis acusaciones no la afectaban. En cambio, su expresión había cambiado durante un instante. No había sido miedo. Tampoco una súplica.
Había sido rabia.
Una rabia tan profunda que me había dado una oportunidad perfecta para hacerle daño.
Y yo la había aprovechado.
No me arrepentía. No tenía intención de disculparme. Pero tampoco podía negar que había conseguido exactamente lo que buscaba: hacerla enfurecer sin obtener nada útil a cambio.
Golpeé la mesa con dos dedos.
— Concéntrate, Kyrian.
Unos nudillos sonaron contra la puerta.
— Adelante.
Kael entró con un pergamino enrollado entre los dedos y una expresión que me hizo sospechar que no traía buenas noticias.
— Los exploradores del este han regresado, majestad.
Me incorporé de inmediato.
— ¿Cuántos?
— Tres. El cuarto sigue desaparecido.
— ¿Heridos?
— Uno tiene una flecha clavada en el hombro. El sanador está atendiéndolo. Los otros dos pueden hablar.
Extendí la mano para recibir el informe.
— Entonces, que hablen.
Kael se acercó a la mesa. No hizo comentarios sobre la copa ni sobre los papeles que había apartado de mala manera. Era una de las razones por las que seguía siendo mi general de confianza: sabía distinguir cuándo una observación resultaba útil y cuándo podía costarle el puesto.
Las primeras líneas del pergamino describían el movimiento de una pequeña unidad enemiga al otro lado del río. Después aparecían las cifras de los jinetes vistos cerca de la garganta oriental. No era una fuerza suficiente para iniciar un ataque frontal, pero sí para vigilar nuestras posiciones y comprobar cuánto tardábamos en responder.
— Están midiendo nuestros tiempos —dije.
— Eso parece.
—¿ Y la ruta junto al río?
Kael señaló una anotación.