La MaldiciÓn Del Valle Negro

EL CAMINO OCULTO

A veces la única salida es el camino que nadie se atreve a mirar.
📖 CAPÍTULO 7:

El humo ya nos llenaba la garganta y ardía en los ojos. Las llamas lamían las estanterías de libros viejos, convirtiendo páginas de historia en cenizas en segundos. El ruido de la piedra cediendo detrás de la chimenea sonó como un trueno en medio del caos. Damian no dudó ni un instante: se lanzó hacia allá, empujó con fuerza la pesada losa de roca y se abrió un hueco lo suficientemente amplio para pasar.
—¡Es ahora! —me gritó, tomándome de la mano—. ¡No te sueltes por nada!
El aire que salía de ahí era frío y húmedo, un alivio inmediato contra el calor abrasador de la habitación. Nos metimos despacio, y en cuanto cruzamos, Damian empujó la piedra de nuevo justo cuando una viga del techo se desplomaba sobre el lugar donde habíamos estado segundos antes. Quedamos en total oscuridad, pero escuchamos el eco lejano de la risa de Mara mezclándose con el crepitar del fuego:
—¡No hay salida! ¡Es solo una tumba más para ustedes!
Caminamos agachados, tanteando las paredes rugosas de piedra. Yo aún sostenía con fuerza las dos llaves unidas y el diario contra mi pecho.
—¿A dónde lleva esto? —pregunté, sintiendo el corazón aún a mil por hora.
—Es el camino que conecta la mansión con el corazón del pueblo —respondió Damian, su voz seria cerca de mí—. Lo construyeron nuestros antepasados para protegerse cuando la traición llegó. Nadie más sabe de él. Ni siquiera Mara.
Seguimos avanzando durante minutos que parecieron horas. El suelo bajaba suavemente, y al final del pasadizo apareció una luz tenue. Al salir, nos encontramos en una cripta antigua bajo la plaza principal de Valle Negro. Había estatuas cubiertas de polvo y una mesa de piedra en el centro. Sobre ella, grabada en el mármol, había una marca que reconocí al instante: el mismo lobo que tenía mi llave.
—Aquí es donde todo empezó —dijo Damian, acercándose a la mesa—. Y aquí es donde tenemos que terminarlo.
Me acerqué y vi que había dos orificios perfectos en la piedra. Con manos temblorosas, coloqué ambas llaves en su lugar. Encajaron con un clic profundo y sonoro. La mesa de piedra se abrió por la mitad, revelando un cofre de madera oscura reforzado con hierro. Al abrirlo, no encontramos oro ni joyas, sino pergaminos amarillentos y un medallón de plata dividido en dos mitades.
—Estos documentos —dijo Damian, tomando uno con cuidado— prueban que la tierra y la protección del pueblo pertenecen a ambas familias por igual. Mara quemó las copias que había en la superficie para quedarse con todo el poder y cobrar tributos a los vecinos aterrorizados. La "maldición" no era más que su codicia.
En ese momento, escuchamos pasos encima de nosotros, en la plaza. Eran muchos, y hablaban en voz alta:
—La señora Mara dice que aparezcan. Si no están en las cenizas, los buscaremos hasta bajo tierra.
Damian cerró el cofre y me tomó del brazo con urgencia.
—Saben que escapamos. Ahora no nos queda más remedio que enfrentarla. Pero no podemos hacerlo solos. Necesitamos que la gente sepa la verdad.
Salimos sigilosamente por una salida trasera que daba al bosque, y nos escondimos entre los árboles. Desde ahí vimos cómo la casa de mi abuela ardía aún a lo lejos, y cómo varios hombres caminaban por las calles con antorchas, obedeciendo ciegamente a Mara.
—¿A quién podemos creerle? —pregunté, sintiendo el peso de la soledad—. Todo el mundo parece estar de su lado.
Damian miró hacia la ladera donde vivía el viejo que me recogió en el autobús.
—A él —dijo con firmeza—. Se llama Tobías. Es el único que siempre supo la verdad y se quedó callado por miedo a que lo mataran. Pero si le mostramos esto... si le demostramos que no estamos solos, él nos ayudará.
Caminamos bajo la luz de la luna, siempre ocultos, hasta llegar a su pequeña cabaña al borde del río. Al tocar la puerta con el ritmo secreto que Elvira me había enseñado, esta se abrió casi de inmediato. Pero no fue Tobías quien nos recibió.
Era una mujer mayor, con el rostro surcado de cicatrices y una mirada tan dura como el granito. Sostenía una escopeta apuntándonos directamente al pecho.
—Llegaron tarde —dijo con voz rasposa—. Tobías ya está con ellos. Y yo esperaba para saber si realmente valían la pena o si debía acabar con esto ahora mismo.
Detrás de ella, en la penumbra, vi una foto en la pared: era ella misma de joven, junto a Elvira y junto a la madre de Damian. Eran inseparables. ¿Era una aliada... o la traición iba más allá de lo que imaginábamos?



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En el texto hay: misterio, suspenso, romance +16

Editado: 18.07.2026

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