El verdadero valor no está en no tener miedo, sino en actuar a pesar de él.
📖 CAPÍTULO 10:
Grité su nombre una y otra vez, pero solo el eco de mi propia voz y el ruido furioso del agua me respondían. El nivel seguía subiendo rápidamente, ya cubría los últimos peldaños de piedra y yo sabía que tenía segundos antes de que también me arrastrara. Pero no podía irme. No podía dejarlo ahí.
Me incliné todo lo que pude, metiendo los brazos hasta el hombro en la corriente helada, buscando a ciegas entre la oscuridad. Las manos me dolían por el frío y por el roce de la piedra, pero seguí buscando, con los ojos llenos de lágrimas y de agua. De repente, sentí un tirón fuerte en mi muñeca: una mano helada se aferraba a mí con todas sus fuerzas.
—¡Aquí estoy! —jadeó Damian, casi sin aire—. ¡Saca la rejilla!
Con un esfuerzo desesperado logré mover la pesada rejilla de hierro, y entre los dos, empujando y tirando con lo último que nos quedaba de fuerzas, logramos salir al exterior justo cuando el agua alcanzaba el borde. Caímos sobre la hierba húmeda, tosiendo y recuperando el aire, empapados hasta los huesos, temblando de frío pero vivos.
Miré a Damian: tenía un corte profundo en la frente y la ropa hecha jirones, pero me devolvió la mirada y sonrió débilmente. Eso bastó. Sabía que no estábamos solos en esto.
Nos levantamos con dificultad y miramos a nuestro alrededor: habíamos salido cerca de la vieja iglesia, tal como nos había dicho Carmen. El lugar estaba en absoluto silencio, envuelto en la niebla. Entramos con cuidado y encontramos a nuestra aliada esperándonos, con una linterna y mantas preparadas. Al vernos entrar así, se llevó una mano a la boca.
—Pensé que los había perdido —dijo acercándose rápido para cubrirnos—. Mara dijo que el agua se había llevado a quienes se atrevieron a entrar en el canal.
—Casi lo logra —respondí sacando el libro de mis ropas con mucho cuidado; milagrosamente, había quedado seco al llevarlo levantado—. Pero se le olvidó que no nos rendimos tan fácil.
Al poner el libro sobre la mesa de madera del altar, abrimos las hojas antiguas junto con los pergaminos que ya teníamos. Ahí estaba la verdad completa, escrita con tinta imborrable: Mara no solo quería el poder, quería despertar una antigua fuerza oculta bajo el pueblo, un secreto que si se liberaba traería desgracia y destrucción para todos. Todo lo que llamaban "maldición" era en realidad un poder que solo se podía mantener seguro si ambas familias trabajaban juntas en paz.
—Mañana es la noche de la luna menguante —dijo Carmen con voz grave—. Es el momento exacto en que ella planea realizar el ritual y apoderarse de todo. Tenemos que detenerla antes del amanecer. Pero no podemos llegar solos a la mansión: necesitamos que el pueblo sepa la verdad. Tienen que ver con sus propios ojos que han vivido engañados todo este tiempo.
Pasamos el resto de la noche preparando todo: copiamos los datos más importantes, arreglamos lo que pudimos y planeamos cada paso. Cuando empezó a clarear el día, nos preparamos para salir. Pero justo al llegar a la puerta de la iglesia, vimos a lo lejos que las campanas del pueblo empezaron a sonar desesperadas. Y no eran una buena señal: estaban llamando a todos los habitantes a reunirse frente a la casa de Mara.
—Se nos adelantó —dijo Damian apretando los puños—. Va a decir que nosotros somos los culpables de todo, que somos quienes traen la desgracia.
—Entonces no nos escondamos —dije con voz firme, mirándolos a los dos—. Vamos a ir ahí. Vamos a pararnos frente a todos. Y les diremos la verdad cara a cara.
Salimos de la iglesia y caminamos hacia la plaza principal. Cuanto más nos acercábamos, más gente veíamos reunida, todos mirando hacia el balcón donde apareció Mara vestida de negro, con una expresión de dolor fingida. En cuanto nos vio llegar, señaló hacia nosotros y gritó para que todos escucharan:
—¡Ahí están! ¡Los extraños que traicionan nuestra tierra y han venido a destruirnos! ¡Cúbranles el paso y no dejen que se acerquen!
Cientos de ojos se giraron hacia nosotros. Muchos miraban con rabia, otros con duda, pero todos nos bloqueaban el camino. Y justo en ese momento, vi que junto a ella, atado y con aspecto muy débil, estaba Tobías. Él nos miró y movió apenas la cabeza dándonos una señal que solo nosotros entendimos: tienen que probarlo ahora o nunca.