La MaldiciÓn Del Valle Negro

LA ÚLTIMA PIEZA DEL ROMPECABEZAS

El mayor tesoro no se guarda en cofres, se defiende con el corazón.
📖 CAPÍTULO 15:

No dudé ni un segundo. Dejé el grupo asombrado frente al muro abierto de la iglesia y salí corriendo tras aquella figura que se desvanecía entre las sombras. Damian vio mi movimiento y me siguió de inmediato, sin preguntar, sabiendo que algo andaba muy mal.
—¡Espera! —me gritó mientras corríamos—. ¡No vayas sola!
Pero mis piernas no se detenían. Esa persona se llevaba la última pieza, y si lograba escapar, todo lo que habíamos luchado hasta ahora podría venirse abajo de nuevo. La figura corría con una agilidad extraña, conocía cada rincón, cada curva del camino que subía hacia la mansión. El objeto que llevaba en la mano brillaba cada vez más fuerte, como si reaccionara a la energía que habíamos desatado en el pueblo.
Al llegar a las puertas viejas y destrozadas de la mansión Blackwood, la figura se detuvo un instante, se giró hacia nosotros y vi, entre la penumbra, que no era un extraño: era el hombre que había guiado a Mara todo este tiempo, el que siempre había estado en las sombras dando las órdenes que ella ejecutaba.
—Llegaron tarde —dijo con voz seca—. Esto me pertenece por derecho. Yo soy el último guardián verdadero, no ustedes, unos niños que apenas conocen la historia.
—Nadie tiene derecho a llevarse lo que pertenece a todos —respondí deteniéndome frente a él, con el pecho agitado por la carrera—. El legado no se hereda solo por la sangre, se gana actuando con honor. Tú has usado el miedo y la mentira, y eso no te hace digno de nada.
—¡¿Digno?! —soltó una risa amarga—. He pasado toda mi vida cuidando este lugar en silencio, viendo cómo todo se destruía. ¡Merezco tener el poder para arreglarlo a mi manera!
Levantó el objeto: era un pequeño medallón que encajaba perfectamente con las dos mitades que ya teníamos nosotros. Lo levantó hacia el cielo y empezó a recitar unas palabras antiguas, pero esta vez con tono de mando y violencia. De inmediato, el viento empezó a soplar con fuerza, las ramas de los árboles se azotaban contra el suelo y desde la tierra salieron raíces y piedras que intentaban bloquearnos el paso.
Damian me tomó de la mano y juntos avanzamos a pesar de la fuerza que nos empujaba hacia atrás.
—¡No lo hagas! —le gritó Damian al hombre—. Si lo usas con odio, destruirás este valle entero. ¡El poder solo sirve si se entrega!
El hombre dudó un segundo, pero la codicia y el resentimiento eran más fuertes. Estaba a punto de completar el ritual cuando de repente escuchamos una voz que todos reconocimos:
—Te equivocaste de camino, hijo mío.
Mara apareció entre los escombros. No huía, había vuelto. Caminó despacio hacia él, con la mirada firme y tranquila.
—Yo fui tu instrumento —le dijo—. Tú me enseñaste a odiar, me enseñaste a querer dominar todo, pero la verdad me la enseñaron ellos. El poder no se exige, se acepta con humildad. Mira lo que hemos causado por querer tenerlo todo solos.
El hombre se quedó inmóvil, el medallón dejó de brillar en su mano. Por primera vez vimos que sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo... solo quería que se nos reconociera —murmuró—. Sentí que nos habían olvidado.
—Nadie los olvidó —le dije yo acercándome despacio—. Pero el reconocimiento se gana protegiendo, no destruyendo.
Bajó lentamente el brazo y nos entregó el medallón con manos temblorosas. Al unir las tres piezas en una sola, una luz suave y cálida envolvió todo el lugar. El viento se calmó al instante, el suelo dejó de temblar y una paz profunda bajó sobre nosotros.
Pero en ese momento, vimos que al fondo del salón principal una última llama permanecía encendida: el fuego que Mara había iniciado antes aún no se había apagado y amenazaba con consumir las vigas principales que sostenían la estructura.
—¡Tenemos que salir de aquí ya! —gritó Damian—. ¡Se va a derrumbar!
Ayudamos al hombre y a Mara a salir rápido, pero justo cuando yo iba a cruzar el umbral, vi que el diario original, el que mi abuela había guardado toda su vida, había quedado olvidado sobre una mesa en medio del humo. No podía dejarlo ahí, era la memoria de todo el pueblo. Me solté de la mano de Damian y corrí de nuevo hacia adentro, ignorando sus gritos. Lo alcancé justo cuando una viga enorme se desprendía del techo y caía bloqueando completamente la salida por la que había entrado.
Estaba atrapada. El fuego me rodeaba por todos lados, y escuchaba cómo Damian y los demás golpeaban la madera desde afuera, pero no podían abrir paso. Miré el diario contra mi pecho y pensé en todo lo que había pasado desde que llegué. No me arrepentía, pero sentí que aún tenía muchas cosas por hacer. Entonces, el medallón completo que llevaba en el cuello empezó a brillar con una intensidad nunca antes vista, y entre las llamas apareció una figura luminosa y conocida: era mi abuela Elvira, que me extendía la mano con una sonrisa tranquila.
—No tengas miedo, mi niña —me dijo con suavidad—. Tu camino apenas comienza.



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En el texto hay: misterio, suspenso, romance +16

Editado: 18.07.2026

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