La mansión de los condenados

La última heredera

La construcción se alzaba sobre una colina, rodeada de árboles retorcidos y una verja de hierro cubierta de hiedra. Sus torres parecían arañar el cielo, y una luz rojiza brillaba detrás de una ventana del tercer piso.

Isabella sintió un escalofrío.

Su abuela había muerto hacía tres días y le había dejado aquella propiedad junto con una carta que contenía una sola advertencia:

«Puedes heredar mi fortuna, Isabella. Puedes heredar mi apellido. Pero, por favor, no heredes mi condena».

Al entrar, encontró un vestíbulo cubierto de retratos antiguos. Todos representaban a miembros de su familia. Hombres severos, mujeres pálidas y niños de ojos tristes.

Debajo, una inscripción decía:

Elizabeth Blackwood, fallecida el 31 de octubre de 1899.

—Qué extraño… —murmuró Isabella.

—No debería haber venido, señorita.

La voz surgió de las sombras. Una anciana vestida de negro apareció junto a la escalera.

—¿Quién es usted?

—Margaret. He servido a su familia durante cuarenta años. Y le suplico que se marche antes de medianoche.

Isabella sonrió con incredulidad.

—¿Por qué? ¿La casa está embrujada?

Margaret no respondió. Se limitó a señalar el retrato de Elizabeth.

«Para salvar nuestra fortuna, ofrecimos siete almas al señor de las sombras. La mansión será nuestra mientras una de nuestras descendientes permanezca en ella cada Halloween. Si la última heredera abandona estas paredes, todos los condenados quedarán libres».

Isabella dejó caer el diario.

Un golpe resonó en algún lugar de la casa.

Después otro.

Y otro más.

—¿Qué significa el diario? ¿Qué son los condenados?

Su abuela inclinó la cabeza.

—Tu familia no hizo un pacto para conservar su fortuna. Lo hizo para evitar que algo escapara de esta casa. Y ahora que has entrado, la prisión ha reconocido a su última heredera.

El reloj del vestíbulo comenzó a sonar.

Las doce.

Los retratos se estremecieron. Las paredes gimieron como si algo gigantesco respirara detrás de ellas. Desde las habitaciones cerradas surgieron lamentos, y decenas de figuras espectrales comenzaron a descender por las escaleras.

Isabella corrió hacia la entrada.

Tiró del picaporte.

La puerta no se movió.

No heredes mi condena.

—¿Qué le hiciste?

La figura se inclinó hacia ella.

—Le ofrecí una elección. Su alma o la tuya.

Un grito atravesó el vestíbulo.

Margaret apareció en lo alto de la escalera, sosteniendo una lámpara encendida.

—¡Isabella, el diario! ¡Busca la última página!

La joven regresó desesperadamente al dormitorio, mientras las sombras se deslizaban por el techo. Abrió el diario y encontró unas palabras escritas con tinta roja:

Por primera vez, tenía miedo.

—Si me destruyes, tendrás que quedarte aquí para siempre.

Isabella miró los retratos de sus antepasados. Pensó en todas las vidas que su familia había sacrificado para conservar su riqueza. Pensó en su abuela, que había muerto intentando salvarla.

Y tomó la lámpara de Margaret.

—Entonces esta será la última noche de los Blackwood.

Arrojó la lámpara contra el gran retrato familiar.

Las llamas envolvieron el lienzo. Los gritos llenaron la mansión mientras los rostros pintados se retorcían. Las paredes comenzaron a derrumbarse y la criatura se deshizo en una nube de humo negro.

Margaret estaba a su lado, llorando de alivio.

—Lo consiguió, señorita.

Isabella sonrió débilmente.

Entonces vio algo entre las cenizas.

Un pequeño anillo negro.

Al tocarlo, escuchó una voz que le susurró al oído:

—El pacto está roto, Isabella… pero el hambre permanece.

La joven soltó el anillo.

Demasiado tarde.

Una sombra se extendió bajo sus pies, aunque el sol brillaba sobre ella.

Y, a kilómetros de distancia, en una casa abandonada que llevaba décadas vacía, siete relojes comenzaron a marcar las doce.




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