Capítulo 16: El Factor de Conversión
El segundero del cronómetro de escape del panel este no avanzaba con un deslizamiento continuo; golpeaba el dial de bronce con un chasquido seco, una vibración imperceptible que Blanca sentía directamente en el hueso de la mandíbula cada vez que apoyaba la cabeza sobre la mesa de nogal. Setenta y dos horas. En el lenguaje de las fundiciones del Sur, setenta y dos horas eran el tiempo requerido para que un alto horno completara un ciclo térmico completo desde el encendido hasta la primera colada de escoria. En la Torre del Norte, sin embargo, el plazo se medía en la dosificación exacta de un reactivo.
Blanca mantenía el vial de vidrio ámbar oculto bajo el forro deshilachado de su bota izquierda. Cada doce horas, coincidiendo con el cambio de guardia en la pasarela exterior, extraía exactamente tres gotas del compuesto estabilizado y las vertía en el cuenco de caldo de avena que el servicio le dejaba junto al umbral. El reactivo no poseía sabor, pero al entrar en contacto con los fluidos de su mucosa gástrica, iniciaba una secuencia de oxidación simulada.
A las tres de la madrugada, el primer ataque de tos rompió el silencio hermético de la alcoba. No fue un acto teatral; el compuesto de Elizabeth alteraba el quimismo de los cilios pulmonares de forma real, provocando un espasmo bronquial que forzaba el aire hacia fuera con un sonido áspero, metálico, como el escape de una válvula de seguridad defectuosa. Blanca se llevó el pañuelo de lino a los labios, conteniendo la respiración durante cuatro segundos antes de permitir que la expectoración manchara el tejido.
Al encender la lámpara de gas de baja intensidad, examinó el resultado. Bajo el espectro pálido del carburo, las manchas en el lino no mostraban el rojo brillante de una hemorragia arterial común; exhibían una tonalidad purpúrea, ligeramente fluorescente en los bordes debido a los trazadores lumínicos de bario que Jhon había disuelto en la base de glucosa. Era una firma biológica perfecta. Si los espías de la legación del Norte, camuflados en las tuberías de ventilación desmanteladas, retiraban los pañuelos del cesto de la ropa sucia para someterlos a los reactivos de yodo que portaban en sus maletines de viaje, el dictamen clínico sería inapelable: tisis galopante en fase de necrosis tisular. El veneno de la Reina de Hierro estaba consumiendo el motor de la heredera.
Desde la ventana alta, la cuadrícula de acero forjado recortaba un plano fijo del patio de los embajadores. Erick permanecía allí, inmóvil bajo la llovizna que caía de las tejas de la armería. No vestía su capa de gala del Norte; llevaba un capote de oficial de intendencia, de lana cruda sin tratar, que absorbía el agua hasta volver la silueta pesada y roma. Sostenía su bastón de paseo con ambas manos, pero el pomo de plata no apuntaba hacia el suelo; descansaba contra su cadera, un punto de apoyo que delataba la tensión de los tendones de sus piernas. Estaba esperando el informe técnico de sus enlaces en los muelles.
Blanca dejó caer el pañuelo manchado exactamente en el ángulo de visión de la mirilla de la puerta, doblado de izquierda a derecha según el protocolo de descarte que Elizabeth utilizaba para los documentos clasificados de baja prioridad. Sabía que cada movimiento era registrado por los secretarios norteños desde el conducto adyacente. La acústica de la torre había sido modificada durante los primeros años de regencia de Elizabeth para que cualquier murmullo en la alcoba principal reverberara en la oficina de descifrado del piso inferior; un diseño original destinado a vigilar a las consortes que ahora Blanca utilizaba como amplificador de su propia farsa.
—Tres días —susurró Blanca hacia la madera fría de la mesa, asegurándose de que la modulación de su voz portara el temblor exacto de un diafragma que pierde presión—. Tres días antes de que el hierro se enfríe del todo. Dile que no queda tiempo, Jhon... Dile que el aire quema.
El silencio que siguió fue la respuesta del palacio. Un siseo distante en las tuberías de retorno indicó que las subestaciones de vapor de la base estaban operando a media carga, un ahorro energético decretado por Elizabeth para acumular reservas de carbón en los depósitos de la frontera norte. Para Erick, aquel descenso en la temperatura general del ala residencial era la confirmación de que el Sur carecía de combustible para mantener activos sus propios servicios de confort; una lectura de escasez que aceleraba el segundero de su propia insolvencia.
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A las seis de la mañana, el cambio de guardia se ejecutó con la brusquedad habitual de los relevos de invierno. El rechinar de los pasadores de tres puntos anunció que la entrada quedaba bajo la responsabilidad directa de la guardia de corps de Jhon. Sin embargo, antes de que las botas del capitán cruzaran el umbral de la alcoba de la princesa, una silueta se interpuso en la galería de las armas, el corredor técnico que conectaba la torre residencial con los talleres de cartografía.
Erick se movió con la fluidez del aceite de husillo entre las columnas de granito. No había guardias del Sur en ese tramo específico; Elizabeth había ordenado un despeje perimetral de veinte metros alrededor de la línea de tránsito de la legación extranjera para "evitar incidentes de fricción diplomática". Una sutileza administrativa que Erick había interpretado como un síntoma de debilidad militar.
—Capitán —pronunció Erick. Su voz barítona no buscaba la resonancia del patio de armas; se mantuvo en una frecuencia baja, diseñada para morir en los tapices de paño grueso que cubrían las paredes.
Jhon no detuvo su marcha de inmediato. Dio medio paso más, bloqueando con su volumen corporal el acceso directo a la escalera de caracol. Su mano izquierda permaneció apoyada sobre el guardamonte de su carabina reglamentaria, un modelo de repetición con cierre de palanca fabricado en las fundiciones de la frontera. Su semblante no portaba emoción alguna; era la misma superficie roma y grisácea que exhibían las planchas de blindaje tras el baño de sosa.