La manzana envenenada

Capítulo 17

Capítulo 17: La Balística del Cazador

Cuando el sol ya caía dando paso a la noche, el furgón de carga militar detuvo su tracción en la cota de nivel mil doscientos, el último nodo de abastecimiento donde la presión del carbón de la frontera permitía operar a las locomotoras de cremallera. A partir de ese punto, el relieve del Sur dejaba de ser una cuadrícula de fundiciones, chimeneas y esclusas automatizadas para convertirse en una fractura de basalto y hielo perpetuo: las Altas Rutas.

Jhon descendió del pescante con la parsimonia de un agrimensor que se dispone a certificar un límite de propiedad. Sus botas, reforzadas con clavos de acero de cabeza piramidal, mordieron la costra de nieve sucia que cubría la plataforma de la estación de paso. No había personal civil en las inmediaciones; Elizabeth había decretado la suspensión del tránsito de mercancías por la vía alta a causa del "riesgo de fallo estructural en los puentes térmicos". Otra mentira de ordenanza que el Norte había asimilado como un síntoma de parálisis logística.

El capitán caminó hacia la parte posterior del furgón, destrabando los cerrojos de tres puntos con un golpe seco de su maza de hierro. Al abrirse las compuertas, la penumbra del habitáculo liberó un vaho denso, cargado con el olor residual a grasa de ballena y trazadores químicos. Blanca permanecía sentada sobre el cajón de repuestos, con las manos apoyadas en las rodillas y los ojos fijos en la boca del desfiladero que se abría trescientos metros más arriba, entre dos paredes de roca que cortaban el cielo gris como las mandíbulas de una cizalla hidráulica.

—La temperatura exterior registra cinco grados bajo cero, princesa —informó Jhon, ofreciéndole una mano enguantada que ella ignoró al ponerse en pie por sus propios medios—. El viento del noroeste avanza a veinticuatro nudos. Una velocidad de dispersión ideal para el polvo de bario, pero un factor de deriva complejo para un proyectil de punta blanda. Necesito que mantenga una velocidad constante una vez que cruce la primera línea de miras.

Blanca ajustó el ceñidor de su capa de viaje, asegurándose de que el broche de zafiro quedara expuesto sobre el reborde del cuello de lana, exactamente en el centro de su esternón. Bajo la luz pálida de la tarde de montaña, el reactivo lumínico que aún impregnaba los poros de su piel le otorgaba una palidez casi cerámica, un espectro biológico que contrastaba con la oscuridad del basalto.

—¿Dónde están los batidores de Erick? —preguntó la joven, modulando su voz con la sequedad que había aprendido de su madrastra, su corazón se contraía con el dolor que aún quedaba del amor que había estado cultivando por años aún sabiendo que esto podría pasar. El temblor provocado por el frío real de la cordillera no alteraba la precisión de su diagnóstico.

Jhon extrajo de su cinturón un colimador óptico de mano, un tubo de latón bruñido con lentes talladas en los talleres ópticos de la armada, y apuntó hacia la cresta de la aguja oeste, un promontorio de roca desnudada por el viento que dominaba todo el desfiladero de paso.

—En la cota mil trescientos cuarenta —respondió el soldado, sin desviar la lente del objetivo—. Dos binoculares de campaña de fabricación alemana, modelo Carl Zeiss de seis aumentos. Están utilizando filtros de densidad neutra para compensar el reflejo de la nieve. Erick ha invertido bien sus fondos de Amberes; esos hombres no son mercenarios comunes de las llanuras, son observadores de tiro de la artillería del Norte. Saben medir la velocidad de caída de un cuerpo y calcular el coeficiente de arrastre. Si usted tropieza antes de tiempo o si simula el impacto con una aceleración que no corresponda a la gravedad, registrarán la anomalía en sus diarios de bitácora en menos de tres segundos.

Blanca dio un paso fuera del carruaje, sintiendo cómo el aire gélido de las alturas le quemaba los cilios pulmonares, todavía sensibles por la acción del reactivo de la torre. Miró hacia arriba, midiendo la pendiente del corredor de piedra. El suelo estaba compuesto por una mezcla inestable de canchal de pizarra y placas de hielo negro, una superficie donde la velocidad que Jhon le exigía rozaba el límite de la tolerancia biológica.

—Un error milimétrico en vuestra elevación, Jhon, y el plomo real cizallará mi columna vertebral —observó Blanca, volviendo la vista hacia la carabina de repetición que el capitán llevaba suspendida del hombro mediante una correa de cuero engrasado.

Jhon bajó el colimador óptico y la miró con la misma superficie roma que exhibían las planchas de blindaje tras el baño de sosa.

—La carabina tiene una velocidad inicial de setecientos veinte metros por segundo, princesa. A una distancia de doscientos metros, la trayectoria de la bala describe una parábola con una flecha máxima de doce centímetros. Conozco la densidad del aire de esta cordillera y el desgaste de estrías de este cañón desde hace catorce inviernos. Si el viento no supera los treinta nudos, el proyectil impactará a exactamente cuatro centímetros del borde exterior de vuestro broche de zafiro, rompiendo la cápsula del reactivo sin tocar el tejido de la chaqueta.

—¿Y si el viento supera los treinta nudos? —insistió la joven, dando el primer paso hacia la boca del corredor.

—En ese caso —sentenció Jhon, cerrando las puertas del furgón con un chasquido metálico que selló la última línea de retirada—, la regencia del Sur habrá concluido cinco años antes de lo previsto en los planos del rey Arturo. Camine, princesa. Los objetivos ópticos del Norte ya han corregido el paralaje. La cacería ha entrado en el registro analítico.

—Espero la reina te enseñara a bailar tan preciso como a mí —murmuró sin mover los labios de manera significativa mientras empezaba un conteo en su cabeza, tal y como le habían enseñado en su clase de danza y esgrima.

**

El primer disparo no buscó la farsa; buscó establecer el plano de la violencia real. A los cien metros de progresión por el canchal, cuando Blanca ya sentía que el ritmo de su corazón superaba las ciento cuarenta pulsaciones por minuto debido a la falta de oxígeno y la pendiente, un trueno seco rasgó la acústica del desfiladero.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 07.10.2026

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