Capítulo 18: Rendimiento de Pérdidas
Antes del amanecer en el ala de fundición no se medían por el tañido de las campanas litúrgicas, sino por la purga automática de los eyectores de condensado. Un silbido prolongado, cargado con el olor agrio del agua estancada y el hollín de coque, recorrió las tuberías principales del pasillo técnico hasta morir en el umbral del despacho de hierro.
Elizabeth no se había quitado los lentes de lectura micrométrica. Permanecía sentada ante la mesa de roble, cuya superficie estaba casi oculta bajo tres capas de mapas geodésicos y los estados de cuenta corrientes de la Unión Bancaria de Amberes. A su derecha, Felipe mantenía las manos entrelazadas sobre el pomo de su bastón de mando, con la vista fija en la rejilla de ventilación por donde ascendía el latido sordo de las calderas de la planta baja. La presión nominal del palacio se había estabilizado en doce atmósferas, pero el aire en el habitáculo poseía la densidad inmóvil de una cripta de mampostería.
La puerta de doble hoja se abrió sin previo aviso, registrando el peso exacto de los pasos del capitán de la guardia de corps. Jhon cruzó el umbral portando el capote todavía rígido por la escarcha de las Altas Rutas. No realizó el saludo de ordenanza; caminó directamente hacia el centro de la mesa, extrajo de sus bolsillos interiores dos objetos y los depositó sobre el plano de la frontera con la parsimonia de un tasador judicial.
El primer objeto fue el engaste de plata del broche de zafiro. El metal, forjado originalmente por los plateros de la corte para el duodécimo ramal dinástico, aparecía aplastado y retorcido por la transferencia de energía cinética de un proyectil de setenta granos; las garras de sujeción estaban abiertas, desprovistas de la joya azul que el plomo había reducido a polvo mineral. El segundo objeto era un fragmento irregular de lana gris, desprendido del cuello de la capa de viaje de Blanca. El tejido se presentaba acartonado, endurecido por la solidificación de la albúmina densa y el óxido de hierro disuelto, mostrando un cerco fluorescente de bario que brillaba con una tonalidad purpúrea bajo la luz de las lámparas de carburo.
—El Teatro de la Sangre ha concluido según el diseño dinámico, Majestades —informó Jhon, con una voz que carecía de cualquier modulación afectiva—. El observador principal del Norte certificó el impacto en el centro de masa a las diecisiete horas y doce minutos. El código cifrado de baja frecuencia fue despachado a los muelles de Amberes cuatro segundos después. La defunción biológica de la princesa ya consta en los registros analíticos de la legación.
Felipe no extendió la mano hacia los restos de la vestimenta de su hija de inmediato. Sus dedos se cerraron con tal fuerza sobre el puño de bronce de su bastón que los nudillos adquirieron la misma coloración blanquecina de la cal viva. Aunque su mente de gobernante había participado en la calibración de cada variable de la farsa —desde el volumen exacto del reactivo químico hasta la trayectoria parabólica de la carabina de Jhon—, la visión física del tejido ensangrentado operó en sus centros neurológicos con la violencia de un impacto real.
—¿Sufrió alguna desviación el vector de caída, capitán? —preguntó Felipe. Su voz, habitualmente profunda y templada en los consejos de minería, sonó esta vez como el roce de dos planchas de hierro oxidadas.
—Ninguna, Señor —respondió Jhon, manteniendo la mirada fija en la línea de fuga del mapa—. La princesa ejecutó la relajación muscular en la cota mil ciento cincuenta, exactamente en el punto de la repisa de basalto donde la masa forestal amortiguaba el impacto secundario. El margen de error biológico se mantuvo dentro del cuatro por ciento previsto. El hematoma en el esternón será extenso debido a la transferencia de energía, pero las estructuras óseas permanecen intactas.
Elizabeth alzó la vista de los balances, retirándose los lentes con un movimiento seco. Sus ojos grises escanearon el rostro de su esposo, detectando la contracción milimétrica de los músculos maceteros y el temblor casi imperceptible en la comisura de sus labios. Para la Reina de Hierro, cualquier manifestación de dolor filial en este punto de la ecuación no era más que un residuo ineficiente, un factor de fricción que ponía en riesgo el cierre del segundo libro contable.
—Guarde esos componentes en el cofre de contingencia, Jhon —ordenó la madrastra, señalando con la punta de su pluma de acero un cajón reforzado situado en la base de la estantería de los archivos—. Ya no son reliquias dinásticas; ahora son activos de auditoría. Erick se presentará en este despacho antes de que la nieve bloquee el puente térmico de la subestación tres, y necesito que el escenario del Sur registre el luto exacto que exige su manual de especulación. Felipe, enderece los hombros. El Norte no compra la debilidad si sospecha que es un diseño estructural.
El rey cerró los ojos un instante, respirando el vaho de grasa de ballena que aún desprendía el capote del verdugo. Sabía que Blanca estaba viva, moviéndose entre las balizas de piedra de la fosa, pero el peso del metal retorcido sobre la mesa le recordaba que, para el resto del mundo conocido, su estirpe había quedado reducida a una mancha de bario en un muro de basalto. La farsa exigía que él muriera un poco con ella, y esa parte del contrato no figuraba en las hojas de balance de Elizabeth.
Con los primeros rayos de la luz del sol el crujido de los neumáticos de hierro del carruaje de la legación del Norte anunció la llegada del cobrador. Erick no entró al despacho con la cautela de un diplomático que visita un palacio extranjero en mitad de una crisis de presión; cruzó el pasillo técnico con la zancada ruidosa y triunfal de un liquidador judicial que acude a tomar posesión de una fábrica en quiebra.
El príncipe del Norte vestía un abrigo de piel de marta negra que contrastaba con la sobriedad gris de los uniformes del Sur. Tras él, dos secretarios de la Unión Bancaria de Amberes cargaban pesados maletines de hule alquitranado, cuyos herrajes de latón repicaban con un sonido monetario a cada paso. Erick no esperó a que Jhon le abriera la puerta de doble hoja; empujó los batientes con ambas manos, dejando que el frío del corredor invadiera el despacho de la regencia.