La máquina del tiempo y la habitación maldita

CAPÍTULO 11: EL UMBRAL DEL TIEMPO (PRIMERA PARTE)

Las palabras de Isabella me taladraban la cabeza.

—Tienes que encontrar el dispositivo de transición. Debe ser capaz de manipular un umbral y tensar el tejido temporal.

Miré el reloj de pared.
Era un objeto común, de madera marrón oscura, pero en aquel instante dejó de parecerme un simple reloj.

Tal vez el tiempo no necesitaba ser detenido.

Tal vez podía ser manipulado.
No tenía un laboratorio. Solo una habitación rectangular llena de libros de matemáticas y tratados de física. Cerré la puerta, bajé la persiana y decidí convertir aquel lugar en mi taller clandestino.

Extendí un cuaderno sobre la mesa de caoba.

No comencé con ecuaciones.

Primero dibujé.

Un cilindro. Bobinas. Resonadores. Un péndulo en el centro. Campos que entraban y salían de la estructura.

Necesitaba construir algo capaz de producir una región donde el tiempo pudiera comportarse de manera diferente.

Y todo comenzaría con aquel reloj.
Lo descolgué de la pared y retiré el vidrio protector. Saqué las agujas, desmonté parte del mecanismo y extraje el péndulo dorado.

Lo sostuve entre los dedos.

Durante años había servido para medir el paso del tiempo.

Ahora quería utilizarlo para alterarlo.
Anoté en mi cuaderno lo que tenía y lo que necesitaba conseguir.

Cobre esmaltado. Bobinas. Una batería. Válvulas termoiónicas. Galvanómetros. Relés. Un oscilógrafo.
Cuarzo. Una bomba de vacío. Un frasco Dewar. Metales para la estructura.

Y algo mucho más difícil de conseguir: un sistema capaz de producir el patrón de radiación que necesitaba.
No sabía todavía cómo construirlo.
Tendría que inventarlo.

Al día siguiente salí temprano.

Recorrí las tiendas de la ciudad buscando piezas que, por separado, parecían completamente normales. Compré alambres y bobinas en la ferretería de siempre. En un taller de radio conseguí cuarzo pulido, condensadores de mica y algunas cajas que podrían servir para los resonadores.

La bomba de vacío fue más complicada.

Finalmente conseguí ayuda en la universidad. Un colega del departamento de física experimental me prestó un frasco Dewar y parte del equipo que utilizaban para experimentos de enfriamiento.

—¿Para qué lo necesitas? —preguntó.

—Para unos sensores.

No hizo más preguntas.

También recuperé un viejo oscilógrafo de una escuela técnica. No era perfecto, pero podía registrar las variaciones que necesitaba.

Regresé a mi habitación con las manos ocupadas y la cabeza llena de posibilidades.

Comencé a construir.

El cilindro de cobre tomó forma lentamente. Alrededor coloqué las bobinas y, después, los soportes para los resonadores de cuarzo.

En el centro instalé el mecanismo del reloj.

El péndulo debía producir un contacto magnético.

El contacto activaría los relés.
Los relés controlarían las bobinas.
Y los instrumentos registrarían cualquier alteración.

Era una cadena de elementos conocidos destinada a producir un fenómeno que nadie había conseguido demostrar.

Pasaron las horas.

Soldé conexiones. Reemplacé cables. Ajusté contactos. Rompí una pieza y tuve que fabricar otra.

La primera versión quedó horrible.
Parecía un cilindro cubierto de cables construido por un hombre que había perdido la razón.

Me senté frente a ella. Pero funcionaba. Al menos eso creía. Conecté el oscilógrafo. Una señal representaría el movimiento del péndulo. La otra mostraría la respuesta del sistema.

Dejé oscilar el péndulo.

Tic.
Un impulso.

Tac.
Otro.

Las válvulas comenzaron a trabajar y las bobinas produjeron un zumbido tenue.

Miré la pantalla. Las dos señales coincidían.

Por primera vez sentí que aquello podía funcionar.

Aumenté lentamente la amplitud.
El zumbido se hizo más profundo.
Entonces ocurrió algo.

Las líneas de la pantalla comenzaron a separarse.

Muy poco. Un desfase.
Parpadeé. Volví a mirar. Seguía allí.

No sabía si era un error del instrumento o algo real.

Repetí la prueba.

El mismo resultado.

Una pequeña desviación aparecía cada vez que aumentaba la resonancia.

Me acerqué a la pantalla. No puede ser...

Apagué el sistema. Esperé unos minutos. Luego volví a encenderlo.

Esta vez añadí una pequeña cámara metálica alrededor del conjunto para reducir las interferencias. La máquina volvió a emitir aquel zumbido grave. El péndulo osciló.

Las válvulas respondieron.

El oscilógrafo comenzó a dibujar nuevamente.

Y entonces escuché un clic seco.
La pantalla parpadeó.

El galvanómetro se disparó durante una fracción de segundo.

Después percibí un olor desagradable.
Aislante quemado. Apagué todo de inmediato. Abrí la cámara.

Uno de los cristales de cuarzo estaba roto. No completamente. Una fina fisura en forma de espiral atravesaba su superficie.

Lo tomé entre mis dedos.
Había soportado la prueba hasta que algo dentro del sistema había cambiado.

Me quedé observándolo durante varios segundos.

Aquello podía ser simplemente calor.
Una mala disipación.

Un error de diseño.

Pero entonces miré el oscilógrafo. La marca seguía allí.

Una oscilación distinta de todas las anteriores.

Una respuesta que no había programado. Me senté lentamente.

No había construido una máquina del tiempo.

Todavía no.

Pero había conseguido algo que no podía explicar.

Tomé el lápiz y escribí:
«Primera prueba.
El sistema responde.
Existe un desfase.
Causa desconocida».

Miré nuevamente el cristal fisurado.
Quizá había cometido un error.
O quizá acababa de encontrar la
primera señal de que Isabella tenía razón.

Cerré el cuaderno.

La máquina todavía no podía abrir ningún umbral.

Pero por primera vez sentí que el tiempo había respondido.




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