No volvería a ver a mi querida Elena hasta el viernes por la noche. Me habían concedido quince días de vacaciones en la universidad y otro maestro ocuparía temporalmente mi puesto, así que por primera vez en mucho tiempo disponía de varios días para dedicarme por completo a la máquina.
Mis encuentros con Elena no tenían lugar en nuestros respectivos hogares. Ambos entendíamos que, antes del matrimonio, debíamos respetar ciertos límites. Aun así, yo hablaba de nuestro futuro con una confianza que quizá no me correspondía. ¿Quién podía asegurarme que Elena seguiría pensando mañana lo mismo que pensaba hoy? Tal vez algún día se cansaría de mí o descubriría alguna imperfección que hasta entonces hubiera pasado inadvertida.
Los hombres cometemos con frecuencia ese error: confundimos la esperanza con una certeza y le damos al futuro la forma que nuestros deseos quieren.
Aparté aquellos pensamientos y regresé al trabajo.
La primera prueba me había dejado claro que la corona de resonadores no funcionaba como esperaba. El cuarzo se había fisurado y el campo se había vuelto inestable, así que desmonté todo y comencé nuevamente. Después de varias horas cambiando la posición de las bobinas y reforzando las conexiones comprendí que el problema estaba en la manera en que la energía se concentraba dentro de la estructura.
Necesitaba repartirla.
Redibujé la máquina y sustituí la corona por una esfera.
Construí el nuevo armazón, coloqué los resonadores alrededor y dejé el péndulo en el centro. Las bobinas quedaron distribuidas alrededor de la estructura y volví a conectar las válvulas, los relés y el oscilógrafo.
Cuando terminé, me senté frente a ella durante unos segundos.
Era muy distinta de la primera. Encendí el aparato.
El péndulo comenzó a oscilar y las válvulas respondieron. El oscilógrafo empezó a dibujar las señales. Durante los primeros minutos no vi nada fuera de lo normal, hasta que las dos líneas comenzaron a separarse.
Me acerqué.
La diferencia era mínima, pero estaba allí.
Apagué la máquina y repetí la prueba.
Volvió a suceder.
Por primera vez había conseguido producir un pequeño desfase que no parecía provenir de un error del instrumento. No sabía todavía qué significaba, pero aquello fue suficiente para que continuara.
Durante los días siguientes fui descubriendo qué toleraba la máquina y qué la hacía fallar. Los impulsos demasiado fuertes provocaban problemas, mientras que las secuencias más largas permitían que el campo permaneciera activo.
También comprendí que no tenía sentido comenzar con objetos grandes. Antes debía probar con algo mucho más sencillo.
Utilicé un haz de luz.
Las primeras pruebas no mostraron nada. En una de ellas, sin embargo, apareció una pequeña diferencia en el registro. Pensé que podía ser un error, así que repetí el experimento.
La diferencia volvió a aparecer.
La luz estaba llegando con un retraso.
Anoté el resultado y continué trabajando.
Cada día encontraba un problema distinto. Cambiaba una conexión, sustituía una pieza, enfriaba determinados componentes y volvía a calibrar los resonadores. A veces todo parecía funcionar y, de repente, algún fusible saltaba o una pieza se calentaba demasiado.
Una tarde decidí probar con un pequeño fragmento de metal.
Lo coloqué en el centro de la esfera y activé el sistema.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después el metal comenzó a vibrar. Pensé que finalmente había encontrado la manera de hacer pasar la materia por el campo.
Pero me equivoqué. El fragmento se deshizo.
No hubo explosión. Simplemente perdió su forma y terminó convertido en partículas diminutas suspendidas dentro de la esfera.
Apagué la máquina y observé lo que quedaba.
La luz podía atravesar el campo, pero la materia todavía no.
Aquello me obligó a cambiar nuevamente de estrategia. Durante dos días apenas salí de la habitación.
Comía junto a la mesa de trabajo y dormía unas pocas horas. Finalmente comprendí que no necesitaba aumentar la energía. Necesitaba preparar el campo antes de introducir cualquier objeto.
Modifiqué el generador de impulsos y utilicé los resonadores de cuarzo para establecer una señal de referencia. El péndulo proporcionaría el ritmo y las válvulas controlarían la entrada de energía.
La primera prueba fracasó.
La segunda también.
En la tercera conseguí que el campo permaneciera activo durante más tiempo.
Volví a probar con la luz y el desfase apareció nuevamente.
Esta vez permaneció durante toda la secuencia.
Aquello me animó a intentar algo diferente. Utilicé una pequeña descarga para producir una partícula y la hice pasar por el centro de la esfera.
La señal desapareció del registro.
Esperé. Y volvió a aparecer.
La había desplazado.
No se había destruido ni había desaparecido. Había atravesado el campo y regresado.
Me quedé mirando el oscilógrafo. Había pasado varios días intentando conseguir aquello y ahora tenía delante de mí una prueba que todavía me costaba comprender.
La máquina podía alterar el intervalo temporal de una partícula.
La idea de Isabella comenzaba a dejar de parecer imposible.
Todavía estaba muy lejos de conseguir que una persona atravesara un umbral, pero ya tenía algo que antes no poseía: una evidencia.
A partir de entonces cambié nuevamente la estructura de la esfera, añadí anillos alrededor del armazón y coloqué los resonadores sobre soportes que redujeran las vibraciones.
Las pruebas comenzaron a durar más.
Y fue entonces, cuando ya creía conocer cada sonido de aquella máquina, que escuché algo diferente.
Había dejado el aparato funcionando durante varios minutos cuando un sonido con ondas sonoras comenzó a generar ecos dentro de la habitación.
Tun... tun... tun...
El sonido que salía de la máquina continuó de manera constante, sin detenerse.
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Editado: 06.10.2026